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Nunca hubo una mujer como ella

Luis García

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Gilda conserva intacta su condición de clásico, o tal vez la ha ido adquiriendo con los años, mientras desaparecía del cine americano aquella voluntad de estilo que caracterizó la época dorada. Aunque es posible que el alto reconocimiento de Gilda como clásico sea posterior a su estreno y aun a su leyenda, en el sentido de que hoy es apreciada por motivos ajenos a los que en 1946 le hicieron alcanzar una fama apoteósica.

Para los espectadores de mi generación Gilda ya no es la película inseparable del escándalo, asociado éste inevitablemente a la represión y la censura. Nuestro tiempo nos enseñó a verla como lo que verdaderamente es, un título adscrito a una corriente determinada, el film noir y el triunfo de un mito erótico llamado Rita Hayworth, cuyo poderío ha triunfado ampliamente sobre los estragos del tiempo. De la cuestión del escándalo se prescinde totalmente, lo cual nos hace mucho más viejos, pues indica que más de sesenta y cinco años no han pasado en vano, por suerte para la salud mental de los nuevos espectadores, no sujetos al imperio de curas, censores, flechas y pelayos.

Guante en ristre, Gilda viene a triunfar sobre las prohibiciones de ayer, mientras su protagonista, la centelleante Rita, se instaura como una de las imágenes fílmicas más representativas de la historia del cine, donde su efigie tuvo una importancia mítica mucho mayor que la de cualquier otro producto salido de Hollywood. Esa efigie, tan poderosa, adornó una bomba atómica, pero fue su explosión en las pantallas lo que escandalizó a los puritanos. Naturalmente, ella fue mucho más que eso. Era esplendorosa, uno de los últimos productos de superlujo salido de la fábrica de los sueños. Su esplendor consistió en el reclamo permanente del deseo libre de trabas; en una sexualidad abierta que, sin embargo, no carecía de elegancia.

¿De dónde sale ese nombre convertido en sinónimo de tentación? En toda la historia de las letras, las pinturas y las músicas sólo recuerdo un personaje que se llame igual, la desdichada hija del bufón Rigoletto. Pero mientras la ingenua doncella de Verdi es dulce, abnegada y, además, víctima por partida doble (su seductor, el duque de Mantua, es macho y aristócrata), la vampiresa que encarna Hayworth se presenta turbia, insolente, dominadora y, a poco que la dejen, despótica. Es, en resumen, la representante máxima de la mujer fatal, y la Columbia no ahorró esfuerzos para que el público lo supiese mucho antes de entrar en el cine gracias a un despliegue de frases publicitarias que permanecen únicas en los amplios dominios del melodrama: “Soy una mujer fatal como fatal es mi sino”; “Los hombres, en mis manos, son juguetes”; “Hago lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero”.

Lanzar de golpe tantas declaraciones de principios implica una autoestima que, con el paso de los años, parece lícito poner en duda. ¿Es Gilda una leona tan fiera como se pinta a sí misma? Cierto que llega al casino de su nuevo marido pisando fuerte, pero su osadía se ve rápidamente castigada por un chuloputas  que sabe ponerle los puntos sobre las íes, de modo que la fiera se convierte en un corderillo acaso masoquista. Tanto es así que después de algunos desafíos de la moral, las humillaciones a que la somete el guaperas Johnny Farrell la van acercando progresivamente al martirio espiritual.

Gracias a la forma de esgrimir un guante y a la bofetada que Glenn Ford propina a la protagonista en la celebérrima escena que refrenda al actor como cúspide de la apostura cinematográfica, y gracias a muchas cosas más, Gilda ingresa en el elenco de películas cuya condición de clásico radica en el hecho de haber perturbado el imaginario colectivo para instalarse definitivamente en él, algo que ya ocurrió en su momento, cuando la vampiresa ingresó en el lenguaje de la calle, convirtiéndose en sinónimo de mujer de bandera.

¿Tiene Gilda algo que ver con el cine de autor? Sin bromas, por favor. Al igual que dos maravillas como Casablanca o Lo que el viento se llevó, Gilda representa la perfección del cine de estudio, con directores, técnicos e intérpretes bajo contrato, promoción y exhibición en bloque. La fortuna posterior de estos productos está en estrecha relación con la nostalgia por el tipo de cine que representan, así como su insolencia parar proclamar estereotipos camp. A los amantes malditos de Casablanca siempre nos quedará París; Escarlata O’Hara, aferrada a un portentoso nabo, no volverá a pasar hambre, y Gilda propone un brindis de odio a la mujer que destruyó a Johnny Farrell, sin reparar en que se está destruyendo a sí misma. Pero aún va más allá, revelándose literata cuando afirma: “Si fuese un rancho, me llamaría tierra de nadie”. Magnífico. Ya nadie dice cosas así.

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