Futuro en negro

Para los que desdeñamos las escalas valorativas generales, a los que nos mueven razones más oscuras y posiblemente más frívolas, Blade Runner es un título absolutamente imprescindible. Un amigo del alma (está equivocado), tiene una opinión opuesta a la mía (estoy en lo cierto). Creo que no corro peligro alguno de patinar. En esta  película, cualquier fotograma que impacta y llama poderosamente la atención, dentro del desarrollo que imaginas en tu cabeza cuando sabes de qué va el argumento o cualquier referencia anterior, es más importante que lo más trascendental del film. En éste, la sorpresa previsible partía del suspense que había creado el director de Alien, la ambientación que se le hubiese ocurrido a un visionario como Syd Mead, los efectos de Douglas Trumbull o la duda sobre cómo se desenvolvería Han Solo persiguiendo a tenebrosos robots.

La primera vez que la vi me sentí agobiado, confuso, desbordado por el exceso de ambientación. No sabía si había asistido a una farsa ampulosa o a una pesadilla justificada. La prueba irrefutable de que una película te afecta es que durante un tiempo te sigan bailando las imágenes en la cabeza. La segunda vez que la visioné me confirmó que se trataba de un espectáculo tan depresivo como hermoso. Después de la tercera entendí que Blade Runner no está hecha para gozar, sino para perturbar, para el desasosiego inquietante. No sé si el futuro será tan asqueroso como lo presenta Ridley Scott, pero la exposición me deja alucinado. No por ninguna conclusión moralista, no por las pretensiones adivinatorias que algunos le señalan, sino por la fuerza de sus imágenes.

Las sombras, la contaminación, el abotargamiento de la fauna heterogénea que se mueve en las calles fantasmales, la desolación y el olor a carroña reflejado en rostros cadavéricos, los interiores fríos como témpanos, totalmente despersonalizados y la ausencia de cualquier vestigio de humanidad forman el armazón de este cómic sombrío. La automatización cruel del entorno se contagia a los protagonistas de la fábula. No hay mitificación. El policía desganado no es un inadaptado rebelde con un pasado glorioso, sino un ratón asustado y eficaz que sólo sabe seguir pistas rutinarias y disparar con ventaja al desarmado. Su jefe y el sicario que le acompaña son oficinistas siniestros y repulsivos. El inventor de los autómatas, un tecnócrata tan hábil como deshumanizado. El personaje más simpático, encarnado en el creador de muñecos aquejado de envejecimiento precoz, arrastra una desesperación blanda, una soledad somnolienta. Los replicantes, los auténticos héroes, son máquinas sensibles que escapan al control, que desean tener recuerdos, que se rebelan contra el dominio de su supervivencia. Su implacabilidad contra los monstruos que los han creado es comprensible.

Ridley Scott dosifica con astucia cualquier concesión durante la mayor parte del metraje para volcarse al final con una conclusión inesperada y grandiosa: la muerte de la máquina regalando la vida al perseguidor embrutecido, sensibilizándose hasta el delirio con un atrevimiento que bordea la frontera entre lo ridículo y lo poético. Yo me lo creo.

Todo el planteamiento responde a los cánones clásicos del cine negro. Desde la voz en off del narrador hasta la imaginería del género. El director está más preocupado por crear un clima que por dotar de acción vertiginosa al relato. La lentitud expositiva no fatiga, sino que marca el tono triste de la película. Al igual que los viejos esquemas del mejor cine de Hollywood, se apuesta por la combinación de varios talentos. El esfuerzo y la imaginación de un diseñador de efector como Trumbull consiguen una espectacularidad y una verosimilitud admirables. La música de Vangelis ayuda lo justo. Harrison Ford se desmitifica en un papel que no permite brillantez, en el que están ausentes la vitalidad y el desenfado de los personajes que le encasillaron (la película se rodó entre En busca del arca perdida y El retorno del Jedi). Y, por supuesto, el realizador de Los duelistas no sólo se muestra como un esteticista de lujo, sino también como un riguroso conductor de imágenes. Imágenes que, por supuesto, sirven para transmitir sensaciones. De eso trata esto tan intrascendente que es el cine.

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30 de noviembre de 2013 - 03:14 h