Crónica de la infelicidad

El melodrama es una tragedia hervida. Se coge un suceso lamentable, se mete en agua, se le pone fuego hasta que bulla estrepitosamente, se saca, se escurre sin complejos y se sirve lo más vistoso posible. O sea, que la tragedia, algo crudo, seco, sin cocinar, asqueroso de tragar, se convierte tras la acción purificadora del agua hervida en un comestible melodrama. No siempre esto fue así; funciona sólo con los grandes aguadores de tragedias. El mejor, sin duda, fue Douglas Sirk (en el diccionario cinéfilo de frases hechas se puede encontrar como sinónimo. Melodrama: Douglas Sirk), y de los muchos que cocinó, Escrito sobre el viento es quizá el mejor. Ya en las primeras imágenes, mientras los títulos de crédito desvelan los nombres y las personalidades de los protagonistas, el viento se apodera de la historia: abre el portalón de la casa; cuela en ella la hojarasca de otoño y a Kyle Hadley (Robert Stack); suena un disparo; sale Kyle y se desploma; su mujer (Lauren Bacall), se desmaya, y el viento hojea hacia atrás un calendario para que nosotros conozcamos la historia desde el principio. Este es el comienzo de Escrito sobre el viento y no se puede escribir mejor.

La tragedia es la propia vida de Kyle Hadley, el hijo mayor de un hombre más rico de lo que la sensatez aconseja. Kyle se quita el aburrimiento de su exceso de dinero y ocio a golpe de lingotazo y de capricho. La tragedia es también la de su padre, creador de un imperio que su hijo está dispuesto a beberse, y su hija, Mary Lee (interpretada por Dorothy Malone, una de las actrices más explosivas de las historia del cine), a poner en manos del primer ropa suelta que le alquile un guiño. El melodrama es Mitch Wayne (Rock Hudson), el mejor amigo de Kyle, el eterno amor de Mary Lee y la esperanza del padre, que ve en él su única carencia, alguien capaz de seguir sorbiendo petróleo de su imperio. Y el melodrama es también Lucy Moore (Lauren Bacall), esposa de Kyle y amor prohibido de su amigo Mitch.

Douglas Sirk tenía dos opciones: o hurgar en la tragedia de los Hadley, unos muñecos rotos a los que la vida acaba quitando de los pies sus zapatos mágicos, o colar en ella el hervor melodramático de los dos personajes no trágicos, el amigo enamorado de la esposa y la esposa fuerte que intenta devolver a Kyle la espuma de los días. Lo que hace Sirk es no amedrentarse, dejar sin complejos que lo suave de la vida ponga emplaste a sus roturas (la vida suele ser, si se mira bien, más melodramática que trágica), por grandes que sean. Lo que hace Sirk es no escamotear diálogos reales: un "…siempre te he querido"; o un "…te esperaré toda la vida" son frases que alguien con buen oído puede escuchar en cualquier esquina de su ciudad. Lo que hace Sirk es no mirar más el technicolor, ideal para el melodrama, ideal para las pasiones excesivas. Lo que hace Sirk es dejar que suene la música, porque también la realidad tiene siempre preparada para las grandes escenas una ráfaga musical, sólo hay que saber escucharla. Lo que hace Sirk, en definitiva, es hervir la tragedia y rehogarla.

Escrito sobre el viento es una gran obra de director que cuenta con pasión una historia apasionada, que mueve los hilos de sus personajes y que procura para ellos una interpretación tan excesiva como efectiva. Sacar ese punto de exceso a un tronco como Rock Hudson tiene verdadero mérito, y Sirk lo hizo en muchas ocasiones (sin él, Hudson no habría pasado de ser el nombre de un río). Robert Stack consigue algo nada fácil, la credibilidad. Lauren Bacall está genial, y sin su mirada de gata nada de lo que ocurre acabaría de entenderse. Y Dorothy Malone es, sin exagerar, el dibujo que hoy copian (o deberían copiar), Scarlett Johansson o Keira Knightley.

En fin, que ese ejercicio cada vez más inusual de "ir al cine" se dignifica y toma sentido si al otro lado del trayecto te espera una película como Escrito sobre el viento.

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Publicado el
26 de octubre de 2013 - 00:42 h
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