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Salvador Ruiz: “En Córdoba hay una exclusión social que nada tiene que 'envidiar' a Calcuta”

Salvador Ruiz | MADERO CUBERO

Manuel J. Albert

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Salvador Ruiz (Montilla, 1983) guarda en su vocabulario de cabecera varias palabras que se repetirán a lo largo de esta entrevista: acompañar, persona, justicia y, por supuesto, Cáritas, organización diocesana de la que es secretario general en Córdoba desde 2009. Desde su puesto ha visto cómo la crisis económica abría el suelo de buena parte de la sociedad de la provincia bajo sus pies. Y también desde su cargo de responsabilidad, Ruiz fue consciente de que la organización que ayuda a coordinar se convertía inexorablemente en la última esperanza para las más de 20.000 familias que atienden diariamente desde hace años.

El secretario general de Cáritas atiende a CORDÓPOLIS en Tabgha, el restaurante escuela que la organización abrió en pleno centro de la ciudad y que sirve para formar e integrar laboralmente a hombres y mujeres en exclusión social. Durante cerca de una hora, Ruiz esbozará de palabra y con un carboncillo muy oscuro el estado de las cosas. Con la crudeza desapasionada con la que Cáritas suele reflejar la realidad, la charla dibuja el paisaje asolador de la exclusión social, de los problemas de la integración laboral, o el cambio de paradigma económico en el que, ni siquiera teniendo un empleo, el sistema garantiza que se pueda vivir plenamente integrado en la sociedad.

Una hora en la que Ruiz -que además de licenciado en Derecho por la Universidad de Córdoba, es doctor en Derecho Romano y profesor de la misma materia- explica la relación de Cáritas con la Iglesia de Córdoba y su compromiso con la entidad religiosa. Un ejercicio que realiza, además, desde su puesto como delegado diocesano de Apostolado Seglar.

PREGUNTA. ¿Imaginas un mundo en el que Cáritas no sea necesaria?

RESPUESTA. Lo imagino y lo sueño, sobre todo en cuanto a que no sea necesaria para atender a todas las personas como las atendemos hoy en día. No obstante, aunque toda la pobreza del mundo se hubiese acabado y no existiese exclusión, Cáritas seguiría siendo necesaria. Siempre va a hacer falta para atender y acompañar a las personas en su soledad, en las necesidades. La vida es hermosa porque también tiene este tipo de disquisiciones. Y Cáritas siempre va a ser necesaria para ese acompañamiento.

P. Si Cáritas, tal y como es hoy deja de ser necesaria, ¿será porque el Estado logra asumir plenamente sus funciones sociales o porque hemos logrado una mejor redistribución de la riqueza?

R. Eso pasa por una conversión personal de cada uno, eso pasa por una sociedad más justa, por un cambio de modelo en el que la persona esté en el centro en vez del mercado y el capital. En el centro de todo tiene que estar la persona, el ser humano, el hombre y la mujer. Cuando eso ocurra, el mundo será más solidario y más fraterno. Pero mientras eso no ocurra, pasará una crisis, vendrá otra y, quizás, sea peor la que esté por venir que la que acaba de pasar.

Aunque no existiese exclusión, Cáritas seguiría siendo necesaria

P. ¿Qué hacemos mal como sociedad para que Cáritas tenga que estar atendiendo ahora mismo a más de 20.000 familias?

R. No estamos poniendo en el centro a las personas. Estamos descartando, como dice el Papa Francisco: estamos descartando a los jóvenes, estamos descartando a los mayores, a los que sufren. Estamos excluyendo en general y cambiar eso pasa por un cambio de mirada. Hay que mirar a las personas a la cara, a los pobres, a los que sufren, mirarlos en su integridad y saber devolverles precisamente eso, su integridad. Eso no es algo que les corresponda solo a los poderes públicos, nos corresponde a todos.

P. ¿Caridad o solidaridad?

R. Caridad. La caridad es más amplia, la caridad que presupone la justicia y trasciende la justicia. Caridad, siempre caridad.

P. ¿Os sentís como Sísifo subiendo la piedra una y otra vez?

R. A veces sí. Pero somos conscientes de que muchas veces, acompañar procesos como estos, supone creer en las personas, creer también en sus capacidades y en sus potencialidades; siendo conscientes de que a veces las personas, en el uso de su libertad, pueden también dar pasos hacia atrás. Eso forma parte del ser de Cáritas: acompañar a las personas y ponerlas en el centro supone también andar con ellas hacia adelante, pero a veces hacia atrás.

P. ¿Cómo empezaste en Cáritas?

R. Entré en el servicio de ayuda a transeúntes cuando el Lobby Social empezó hacia 2006 o 2007. Tenía yo entre 22 y 23 años, con la carrera recién acabada, aunque antes había ayudado en algunas cuestiones puntuales. Cuando llevaba un tiempo, pasé al equipo de formación, siguiendo con el equipo de atención a transeúntes y en 2009 me propusieron como secretario general. Y en ese puesto he seguido hasta hoy.

P. 2009, el año en que todo se fue a pique. ¿Estabas preparado para lo que iba a llegar a partir de entonces?

R. Cáritas España llevaba desde 2007 anunciando en sus informes que algo venía porque se veía a personas que empezaban a acudir a las sedes de las parroquias. En 2009 fue un año en el que todo se disparó. Aumentamos las atenciones pero también comenzamos a hacer servicios que llevábamos años sin necesidad de atender, como repartir bolsas de alimentos. Es decir, se desplomó una gran cantidad de gente en esos años. Y Cáritas y la Iglesia tuvimos que estar cercanos a todos los que sufrían. Como lo ha hecho siempre.

P. ¿Tuvisteis la sensación de ser la única red que le restaba a esta población por la falta de atención de las entidades y organismos públicos?

R. La única red no porque la crisis también ha llevado a que muchas de las redes del Tercer Sector se hayan puesto manos a la obra en un trabajo muy colaborativo. Nosotros, junto a otras instituciones como la Fundación Prolibertas y otras instituciones de la Iglesia como San Vicente de Paul o la Cruz Roja siempre hemos hecho un trabajo en red. Sí es verdad que todos estos años, en los que Cáritas ha tenido que hacer un sobresfuerzo, han coincidido con una retirada de prestaciones públicas a muchas de esas personas que dejaron de recibir ningún tipo de prestación pública. Eso nos obligó a hacer ese sobresfuerzo. Aunque también es verdad que fue un empeño de todos, de toda la red del Tercer Sector, no solo de Cáritas. Y dentro de nuestra organización, se logró gracias al gran apoyo social de muchos donantes y socios. Y, sobre todo, de muchos voluntarios. Fíjate que pasamos de tener 900 en 2009 a 1.800 en la actualidad.

La crisis es la consecuencia de un modelo económico y social desigual

P. ¿Qué te llevó a ti a ser voluntario primero y luego implicarte más?

R. Yo sigo siendo un voluntario de Cáritas. Mi trabajo no está aquí, yo soy profesor universitario y sigo siendo un voluntario, aunque con un cometido distinto. Yo di el paso porque, primero, quería acercarme a esas realidades de las personas. Cuando uno prueba por primera vez puede llegar a enganchar.

P. ¿Por qué?

R. Sientes que realmente estamos aquí para echar una mano a los demás. En ese sentido, mi labor forma parte de mi compromiso cristiano y de mi ser Iglesia; forma parte de mi fe en Jesucristo pero, sobre todo, forma parte de un compromiso que va más allá de lo profesional y de lo laboral. Supone sentirse útil de verdad. Recuerdo que cuando empecé a salir con Cáritas fue la misma época en la que fui a Calcuta con las Misiones de la Caridad. Allí, en el primero de los tres veranos que estuve, sentí algo que fue demoledor para mí: ver toda esa cantidad de pobreza, extendida y enorme. Pero saqué una reflexión que también nos repetían las misioneras: “Calcuta está en Córdoba”. Y efectivamente, cuando volví de mi primera experiencia de voluntariado, recuerdo cómo veía la pobreza de aquí y no tenía nada que envidiar a la de Calcuta. Tenemos situaciones de pobreza y de exclusión en Córdoba tan graves como las que hay allí. Eso me lleva a pensar que en Cáritas todos y cada uno de nosotros tenemos que ser útiles. Y eso forma parte de un compromiso social para lograr un cambio de modelo, un cambio de mentalidad, un cambio de mirada a través de una conversión personal.

P. Por la experiencia de décadas de trabajo y la red tan tupida de asistencia, Cáritas puede ser muy interesante para muchas personas que quieran acercarse y colaborar en ese cambio. ¿Se puede participar en Cáritas sin ser parte de la Iglesia, sin ser creyente o sin tener fe católica?

R. Se puede y se hace. Tenemos voluntarios que tienen un mayor compromiso eclesial y otros que no lo tienen. E incluso otros que están en un proceso de búsqueda personal. Y también tenemos sedes de Cáritas parroquiales en las que personas de otras confesiones religiosas que fueron atendidas siguieron colaborando después como voluntarios o simplemente están echando una mano.

P. ¿Cuál es el perfil del voluntario?

R. Cuando nos referimos a Cáritas parroquiales hablamos de una persona mayor que lleva toda su vida echando una mano en esto.

P. No parece muy esperanzador...

R. Estamos ahora en una fase de renovación, se acerca siempre gente joven pero nos gusta resaltar esa conexión. En Cáritas, donde predicamos la integración y la justicia, creemos que no se puede menospreciar la experiencia de estos voluntarios mayores. Me da mucha alegría cuando tenemos una asamblea y vemos que la mayoría de voluntarios que entran nuevos son jóvenes o de edades de franjas medias pero tenemos en la asamblea mucha gente mayor por encima de los 65 años que llevan mucho ayudando y que son la voz de la experiencia. Ellos son los que nos enseñan a ayudar, escuchar a las personas. Es una experiencia muy importante. Junto a esos voluntarios de toda la vida que nos conocen desde que entramos, que nos esperan en las Cáritas parroquiales cuando hacemos las visitas por toda la provincia, tenemos un nuevo perfil de voluntariado que es mucho más joven, de gente universitaria que empieza a echar una mano en los programas diocesanos en las Cáritas parroquiales; gente con mucha formación que también nos viene muy bien en materia de contabilidad porque, aunque no tengamos mucho dinero, también hay que gestionarlo. Tenemos esos dos perfiles, el tradicional y también el más joven.

En el centro de todo hemos puesto a la economía, el poder, el capital. Eso está mal

P. ¿Nos estamos acostumbrando a la miseria?

R. Sí, porque contemplamos los datos como números y no como personas, sin ver la historia humana que hay detrás. Pero los datos están ahí y son demoledores. En el último informe Foessa [sobre exclusión y desarrollo social] de 2014 ya se hablaba de que un cuarto de la población española estaba en riesgo de caer, o directamente había caído, en exclusión social. Y dentro de ese cuarto, cinco millones de personas estaban en situación de pobreza severa. Un millón de ellos eran andaluces. Es decir, un quinto de la totalidad de la población española en pobreza severa era andaluza. Un 35% de la población forma, además, parte de un nuevo perfil: el de aquella persona que aún trabajando y teniendo empleo no sale de su situación de exclusión porque no ganan lo suficiente. Son datos estremecedores. Es verdad que ante tales cifras, por un motivo de seguridad tal vez -aunque no soy psicólogo-, nos acorazamos y preferimos verlos solo como números, contentándonos en que pasen de un 6% a un 5% o con porcentajes de apenas el 0,1%.

P. Eso también le pasa a los instituciones públicas, desde el Gobierno hasta los ayuntamientos.

R. Sí porque supone un problema moral importante para ellos el darse cuenta de que detrás de todos esos números hay rostros y personas. Uno de los grandes errores es considerar que la crisis es una causa de la pobreza. Pues no, la crisis es una consecuencia de un modelo desigual donde no se pone a la persona y a su dignidad en el centro del debate. Algo que la doctrina social de la Iglesia predica desde hace más de 100 años. Esta crisis viene precedida de una crisis de valores y compromisos sociales donde los sueldos siguen siendo muy desiguales y donde el sistema de impuestos no cumple su finalidad redistributiva, provocando que las prestaciones sociales -por la bajada de ingresos públicos- hayan sido muy recortadas. Pero tampoco nos engañemos: la crisis no ha afectado a todos por igual.

P. Cada año sacáis los colores a todo el mundo en ruedas de prensa en las que mostráis esas cifras y gráficas sobre la situación social. ¿Cómo reaccionan las instituciones cuando luego os sentáis con ellos y les presentáis esos mismos datos?

R. Generalmente no solemos sentarnos mucho...

P. Lamentablemente.

R. ... dicho sea de paso. No solemos sentarnos mucho a nivel local, sí algo más a nivel regional y a nivel estatal existen aún más relaciones. Generalmente los encuentros suelen ser cordiales porque es verdad que Cáritas refleja cuál es la realidad que necesita conocer un buen gobernante. En ese sentido, no existe mejor informe sobre la realidad social que el Foessa. Un buen servicio al gobierno no consiste en regalar los oídos al que manda, sino en explicar cuál es la verdad.

P. Pero luego, sobre el terreno, ¿veis una respuesta por su parte o dejan que todo siga igual a pesar del oscuro panorama que pintáis?

R. A veces es posible que haya alguna respuesta positiva y otras veces no. En muchas ocasiones, no. También es cierto que de Cáritas se espera muchas veces ese lenguaje duro y ya se han acostumbrado a que emitamos este tipo de informes. Tal vez, simplemente con no leer los periódicos del día siguiente los gobernantes tienen bastante. Sí es verdad que hemos sido escuchados, no podemos decir que no tengamos incidencia política. A veces hemos sido escuchados al formar parte de algunas mesas del Tercer Sector que también han sido escuchadas a nivel regional y nacional.

P. A nivel regional tenemos la rebaja en el IRPF por parte de la Junta de Andalucía, que ha provocado que en Córdoba se hayan dejado de ingresar 180.000 euros.

R. Para nosotros supone un año muy duro en el cual tenemos que reestructurar muchos proyectos, aunque siempre teniendo muy claro en la cabeza que lo primero son las personas a las que acompañamos y su dignidad inalienable. Por lo cual, vamos a seguir acompañándolas a todas.

La inclusión social pasa por la inclusión laboral

P. ¿Cómo?

R. Pues también confiamos en la Providencia y que en lo que hemos dejado de recibir en subvenciones públicas lo recuperemos con un llamamiento social. Hemos visto reducidos algunos proyectos muy importantes como el acompañamiento a mayores y personas discapacitadas, que lo hacemos a través de personal contratado de ayuda a domicilio. Un personal que también está formado por nosotros y que procede de ambientes de exclusión. Lamentablemente habrá trabajadores a los que no vamos a poder contratar. Eso nos va a suponer intentar suplir la falta con voluntariado y otras formas de ayuda. Todo, para que las personas no sufran unos recortes que consideramos una gran injusticia.

P. ¿Hay familias enteras que dependen al 100% de Cáritas?

R. Sí, hay familias enteras sin recursos económicos en los que los sustentadores oficiales de las familias no reciben ningún tipo de ingreso más allá de lo que Cáritas pueda ofrecerles, junto a otras entidades del Tercer Sector. Eso existe. Y existe en una cantidad de familias muy importante dentro de esas más de 20.000 familias que atendemos.

P. La brecha entre ricos y pobres se hace cada vez más ancha y cada vez más honda. Justo donde se abre, estaba la clase media. ¿Está desapareciendo esta clase social?

R. Sí, la crisis ha polarizado la sociedad también en materia económica. La lógica normal sería que a mayor crecimiento económico se diese menos exclusión y menor desigualdad,. Pero estamos viendo cómo el crecimiento económico –y ya desde antes de la crisis- ha conllevado un crecimiento en exclusión y en pobreza. Porque excluidos y pobres, en números alarmantes, ya había antes del año 2009, es decir, antes de la crisis. Eso nos dice que estamos viviendo en un modelo que sostiene la desigualdad; un modelo donde el centro no se encuentra en el ser humano ni en su dignidad inalienable; es un modelo donde en el centro hemos puesto a la economía, al poder, al capital. Vivimos en un modelo en el que, si podemos contratar a una persona por solo 150 euros al mes, lo hacemos. Sin importarnos si respetamos o no sus derechos o su dignidad. El modelo, como dice el papa Francisco, no puede estar regido por el mercado; el mercado no puede tener una autonomía por encima de la dignidad de las personas. Por eso, siempre recuerdo el lema de Cáritas: trabajamos por la justicia.

Si la crisis se alarga más, las situaciones de exclusión serán mucho más graves

P. ¿Alguna vez has tenido la sensación de que ese sistema injusto y desigual, tanto público como privado, se aprovecha para perpetuarse de los servicios sociales que aportan Cáritas y entidades del Tercer Sector?

R. Puede haber ocurrido, pero Cáritas siempre va a hacer una importante labor de denuncia y de incidencia política. Cáritas denuncia con sus datos y sus mensajes institucionales o el informe Foessa. Denunciamos en el ámbito político y en el de la participación política, porque en parte es una forma de devolver el poder a los sectores más desfavorecidos. No olvidemos que la incidencia política de las personas en exclusión es mínima y también es importante devolvérsela. También denunciamos en el ámbito laboral criticando los recortes salariales, siempre hacia abajo con la crisis. Pero efectivamente, hay quien puede aprovecharse de las instituciones del Tercer Sector para otorgar por caridad lo que no se otorga por justicia. Por eso, Cáritas trabaja por la justicia porque ésta, sin caridad, no es verdadera. La caridad presupone a la justicia, es decir, no se entrega por caridad lo que pertenece a la justicia pero la trasciende. Porque hay veces que se otorgan cosas aunque no se merezcan, que sería lo justo. Y Cáritas también trasciende. El amor trasciende la justicia.

P. Y ahí entra la política de inclusión laboral en la que trabajáis.

R. Estos programas los contemplamos como hechos significativos. Cundo abrimos un programa de empleo como Solemcor [servicio de recogida de papel y cartón], sabemos que no vamos a solucionar el problema del paro, pero prendemos una luz que indica el camino que hay que seguir: dar inclusión laboral a las personas que están en exclusión, pagando salarios dignos y sabiendo que la inclusión social pasa por la inclusión laboral. Eso es lo que pretende Cáritas cuando forma y contrata a una persona para que lleve los camiones de recogida de papel y cartón o para que cocine o sirva en este restaurante: lo que queremos es que esa persona se pueda integrar en el mercado laboral. Enseñamos a esas personas que hay esperanza y que se puede salir. Aunque no vayamos a solucionar el problema global de la pobreza, estas personas en concreto han visto una solución gracias a Cáritas y, sobre todo, a su propio esfuerzo personal. Porque nosotros no servimos desde arriba, nosotros acompañamos desde abajo. Nuestra labor e acompañar. Y cuando la gente dice de Cáritas que solo sirve para acallar conciencias o que es una institución que se dirige desde arriba, como señalando que la caridad debiera estar excluida, es que no la entiende ni sabe cómo funciona. Nuestro modelo es de acompañamiento y, en el mismo, las decisiones las toma siempre la persona. Y su decisión se respeta porque se respeta su esfuerzo y su capacidad. Pero los fracasos, que también pueden venir, son compartidos. Nosotros estamos ahí para acompañar en ese proceso, sea más largo o más corto.

P. Pero ya hemos visto que la inclusión laboral tampoco garantiza la social. Muchos usuarios de Cáritas trabajan.

R. Se intenta hacer un acompañamiento posterior a la contratación y también en la inclusión sociolaboral. Tenemos gente que estuvo con nosotros, que luego dejaron de estarlo y que de nuevo trabajaron con nosotros porque no hubo manera de integrarlos en el mercado laboral. No obstante, tienes razón. Entre los nuevos perfiles hay uno que antes era inimaginable encontrar: el de los trabajadores. Hace solo unos años, un joven acababa su proceso de formación y comenzaba su etapa laboral; podía formar una familia o no, pero siempre podía vivir de manera autónoma: podía alimentarse, pagar sus gastos, su casa, sus facturas. Hoy eso casi no ocurre. En el Foessa se dice que solo el 35% de la población española vive plenamente integrada en ese parámetro que te comentaba. Es decir, solo el 35% de la población vive como antes vivíamos todos, de manera plenamente autónoma. Hoy estamos en situaciones en que personas con empleo no tienen dinero para sustentar a su familia. Eso supone que hemos dejado de dar el trabajo laboral su función básica: trabajar para la vida y no vivir para trabajar.

¿Por qué tenemos gente pidiendo en las puertas de las iglesias y no dentro de ellas?

P. La crisis se ha visto mitigada por la ayuda de las familias. Pero eso se acaba.

R. Desde luego, el colchón familiar ha sido la gran salvaguarda de la población española. Las personas que han caído en exclusión han evitado una caída mucho más dura o la exclusión plena porque han tenido un colchón familiar importante. Pero el colchón familiar se desgasta. Por otro lado, tampoco se están promoviendo políticas a favor de la familia, con lo cual la familia a veces se agota. Y si la crisis se alarga más, las situaciones de exclusión serán mucho más graves. No olvides que muchas veces ese colchón familiar que ha amortiguado el drama de este país no ha sido más que la pensión de las abuelas o de las viudas. Y eso también se pierde y se desgasta. Así se entiende que mayoría de las personas que atendemos en la calle tenga familia en la propia Córdoba, tienen hermanos y padres pero la situación personal y familiar se ha deteriorado tanto que están durmiendo en un portal o en un cajero. La pobreza es muy dura, la exclusión es muy dura y ambas desgastan las relaciones y las familias. Súmale también los posibles cuadros de enfermedad mental o de dependencias. La suma de todo termina desestructurando a muchas familias.

P. Y encontramos así un nuevo perfil las personas que mendigan en la calle.

R. El perfil de las personas sin hogar se ha mantenido con los años y aún sigue, pero ha entrado un nuevo modelo de personas bastante jóvenes, parejas incluso, que no tienen grandes dependencias ni problemas de salud. Simplemente han pasado de una situación normalizada a la de no tener ningún tipo de prestación salarial y social. Esto supone para Cáritas, para todas las instituciones del Tercer Sector y la sociedad en general, un cuestionamiento importante: ¿qué pasa para que estas personas estén pidiendo en la puerta de una iglesia? También para la Iglesia eso es importante. ¿Por qué las tenemos a las puertas de las iglesias y no dentro de ellas?

P. ¿Y qué ocurre con la población de gitanos de Europa del Este asentados desde hace años en Córdoba y que se dedican a la mendicidad?

R. Existen algunos proyectos parroquiales también que trabajan con este tipo de población pero es cierto que es de difícil acceso. Hablamos de personas que suelen ser reacias a las ayudas. Y sin que ellos quieran, no se les puede acompañar. También existen prejuicios sociales hacia ellos que son bastante complicados de vencer. Eso nos lleva a pensar que tenemos que trabajar la transformación de nuestra propia como sociedad. La exclusión tiene dos caras: los excluidos o autoexcluidos, pero también el resto de la población que no acompaña, que no incluye y que no integra. Ahí hay un trabajo que hacer. En cualquier caso, las personas que suelen acercarse a nosotros son, en su mayoría, nacionales.

Cáritas se siente plenamente Iglesia

P. Usando como medidor los comentarios que se hacen a nuestras noticias sobre situaciones de exclusión y marginalidad, tanto en el periódico como en Facebook, se detecta muy poca solidaridad, muy poca misericordia, mucha desconfianza hacia cualquier ayuda a estas personas.

R. Hay un trabajo que hacer entre nosotros mismos y, además, desde la educación Infantil, Primaria e institutos. Tenemos que educar también desde los sentimientos, porque tenemos una educación, a veces, excesivamente técnica y educamos poco en la empatía. Siempre me pregunto cuál sería hoy mi vida si yo hubiese nacido donde han nacido esas personas, si yo hubiese tenido la educación que ellas han tenido y que en ocasiones fue ninguna; si hubiese tenido todas sus circunstancias vitales, o tenido que tomar las decisiones que ellos tuvieron que tomar. Y mi respuesta es sencilla: desde luego, mi vida no sería mejor que la suya. Muchas veces escuchamos, incluso dentro de Cáritas, quejas porque a una persona por ejemplo se le ha conseguido un trabajo y al tercer día ha dejado de ir. “Es un vago. Es que no quiere trabajar Es que quiere que le demos todo hecho”, se escucha decir. Pues no. Hay que entender cuál es la historia personal de cada uno, cuáles han sido sus pisadas y tenemos que ser capaces de meternos en esos zapatos para hacer esas mismas pisadas. Solo así entenderemos su historia particular. Porque hay quien no tenía padres, o no tenía casa... Muchas veces prejuzgamos sin conocer las historias de las personas. Y eso no puede ser, porque atender y acompañar a las personas supone conocer y formar también parte de su historia.

P. ¿Aun respetando aquellas decisiones que no se entienden, como la de dejar un trabajo?

R. Claro. Hemos tenido a personas ingresadas en la Casa de San Pablo para personas mayores en exclusión social que, tras una estancia y de buenas a primeras, decidieron irse para volver a la calle. Y hemos seguido atendiéndolas, pero de nuevo en la calle, sabiendo que poco antes dormían todos los días en una cama. Eso nos duele, pero respetar la dignidad individual también implica respetar las decisiones de cada cual. Y si esa persona ha decidido volver a la calle, ante todo nos debe llevar a nosotros a pensar por qué ha decidido esa persona estar fuera antes que dentro. Y en segundo lugar, tenemos que seguir acompañando a esa persona ahí fuera, ofreciéndole oportunidades. Porque vivimos en una sociedad en la que, ante todo, faltan oportunidades para la inclusión. Y también somos una sociedad en la que quienes no estamos en situación de exclusión tenemos que aprender a conocer esa otra realidad social; tenemos que aprender a ponernos en los zapatos ajenos.

P. Cáritas es una amalgama heterogénea dentro de una estructura aún más heterogénea: la Iglesia Católica. ¿Os sentís respetados en vuestra autonomía dentro de ese gran engranaje que va desde el Papa de Roma hasta el último conductor voluntario de una furgoneta de reparto?

R. Cáritas se siente plenamente Iglesia en el sentido de que la identidad de cada uno de los que estamos allí se sienta Iglesia. Pero en la Iglesia cabe todo, en la Iglesia cabe todo el mundo y muchas ideas. La Iglesia es muy plural, aunque parezca que no lo es y caben muchas percepciones de la vida y visiones de cómo hacer las cosas. De este modo, tal vez la Cáritas Diocesana de Córdoba tenga poco que ver que con la de Barcelona o la de León a la hora de tomar decisiones. En eso nos sentimos muy autónomos. La Iglesia respeta también nuestra toma de decisiones.

La exclusión tiene dos caras: la de los excluidos y la de los que no incluyen

P. ¿Y qué tal con el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández?

R. Nunca hemos tenido ningún problema, al revés, el obispo siempre ha ayudado a Cáritas y ha dejado a la autonomía de Cáritas su toma de decisiones, sobre todo en las cuestiones más técnicas. Pero en general, siempre nos hemos sentido muy apoyados en nuestro ser Iglesia. La Iglesia y su jerarquía, por su parte, tienen una buena percepción de lo que es Cáritas. En eso no nos podemos quejar. Súmale que en el Vaticano llevamos unos años con unos papas con un carácter muy social. No hablo solo de Francisco, sino también de Benedicto XVI, que escribió las grandes encíclicas sociales: Deus caritas est y Caritas in veritate, en las que el papa habla de la desigualdad, de los mercados, de la nueva tiranía del capital. En definitiva, nos sentimos plenamente Iglesia, aunque es verdad que a veces nosotros nos sentimos más en la frontera porque nuestra función es estar al servicio de las personas.

P. Sois la vanguardia de la infantería.

R. A veces nos toca estar ahí pero también es bueno. Ahí han estado también los jesuitas y tenemos un papa jesuita. Estar en la vanguardia nos toca pero siempre sabiéndonos dentro de la Iglesia y en una gran familia donde cada uno tiene una gran función.

P. La Iglesia es también una entidad que maneja mucho dinero. Siempre se recuerda que el dinero de las entradas de la Mezquita Catedral, exento de impuestos, podría ir destinado al trabajo social de Cáritas, por ejemplo.

R. Vivimos en una sociedad plural y está bien que la gente opine, no obstante conviene conocer a veces un poco más. Por ejemplo, nosotros recibimos una ayuda regular muy importante que proviene directamente de esas entradas. La casa de acogida de Cáritas para personas sin hogar es sustentada en una parte muy importante por el Cabildo. De todas formas, es verdad que tal vez la Iglesia tenga que avanzar mucho en comunicación para explicar esa sensibilidad que tiene hacia los pobres. Creo que con el Papa Francisco se está volviendo a eso. Creo que vivimos un periodo en el que la iglesia está volviendo a la centralidad de ese discurso. El Papa Francisco está muy volcado en ello y ha montado una jornada mundial de los pobres que no es para pedir dinero sino para compartir, hablar y mirarles a la cara.

Más que redistribuir su riqueza, lo que hace la Iglesia es redistribuir su pobreza

P. ¿Implica eso que la Iglesia está enfrascada en una labor de redistribuir ella misma su propia riqueza?

R. La Iglesia está en una conversión perpetua. Tampoco podemos decir que la Iglesia solo se ha venido preocupando por las personas en exclusión social desde hace un siglo. Solo hay que mirar la obra de los Trinitarios o la de San Vicente de Paúl. Durante la historia, la Iglesia se ha preocupado por los pobres y los excluidos pero es verdad que el papa Francisco ha insuflado un aire nuevo, un frescor nuevo en el mensaje del nombre que eligió. Un nombre que eligió en la última votación, cuando se dio cuenta de que iba a ser Papa. En ese momento, el cardenal brasileño Claudio Hummes se acercó y le dijo al oído: “No te olvides de los pobres”. Así escogió ese nombre, porque quería volver a una Iglesia pobre y para los pobres. Más que redistribuir su riqueza, lo que hace la Iglesia es redistribuir su pobreza. La Iglesia lo que quiere es volver a la pobreza del Evangelio. El Papa no solo está llamando a la Iglesia, llama a la sociedad, llama a los pueblos, a los Estados y a los gobernantes. A todos les pide que en el centro se pongan a las personas. Y ese llamamiento que Francisco está haciendo con un aire nuevo, yo creo que dará frutos. No sabemos cuándo, pero los dará.

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