Rodrigo Cortés: “Twitter se divide entre quienes la han cagado y quienes la van a cagar”

Rodrigo Cortés | MADERO CUBERO

Nos espera en la plaza de la Corredera, en la última terraza con sol. Rodrigo Cortés (Orense, 1973) toma café con su editor, Fabio de la Flor. Visitan Córdoba para presentar en la Fundación Gala A las 3 son las 2, el libro publicado por Delirio que recopila los tuits que el director de cine comenzó a escribir cuando estrenó Buried. Una promoción que duró más bien poco, pues de la cabeza de Cortés comenzaron a bullir todo tipo de ideas, reflexiones, sentencias, aforismos y greguerías. Delirios y aerolitos, como dice el autor. O, directamente, tontás.

Un libro que puede leerse al azar, saltando de página en página, o empezando por el principio y terminando por el final, como cualquier novela. En la edición se han cuidado los ritmos y las subidas y bajadas de una narración que, a pesar de ser desestructurada y fragmentaria, guarda una cadencia que otorga cierto sentido al conjunto, con sus sorpresas, trampas y giros inesperados.

La entrevista se centra en este mundo encerrado en 140 caracteres y deja para otra ocasión las preguntas acerca de cómo ha sido para Cortés rodar con Robert de Niro en su última película, Luces Rojas. Y el titular escogido procede de una de las sentencias de Cortés, de la misma forma que lo es el título de su libro.

PREGUNTA. Tu cuenta de Twitter empezó siendo una cuenta promocional que se llamaba Buried-Película pero en muy pocos días se acabó convirtiendo en otra cosa.

RESPUESTA. Porque era incapaz de usarla como un hombre anuncio. Y cuando digo que era incapaz, quiero decir que carecía de la capacitación objetiva para saber hacerlo. Muy pronto se convirtió en una herramienta expresiva más, una forma de transmitir una visión delirante en pequeñas dosis, para, al cabo de un año, ser directamente un laboratorio pseudoliterario en el que ensayar pellizcos de diálogos, antiaforismos, bombas de mano y breverías prescindibles en general.

P. Antes de que usaras Twitter, ¿dónde iban a parar esos chispazos, esos momentos de inspiración? O eres de los que te sientas y dices: hoy voy a hacer un buen tuit.

R. Suceden las dos cosas. En general escribes —o escribo— en esos ratos muertos en los que esperas por algo, lo que sea, puede ser en el dentista o mientras haces una descarga en el ordenador. Pero surgen con presupuestos muy diversos; a veces, efectivamente, se trata de pequeños chispazos que se disparan en la mesa de un café, otras veces escuchas algo e inmediatamente se te ocurre una versión mejorada o una que la contradiga o la lleve a otro contexto y la estropee. Y otras veces se trata directamente de gimnasia mental, como sugieres; momentos en los que aprovechas esos siete minutos libres que tienes y dices: «Vamos a intentar hacer un microcuento de no más de 15 palabras». Empiezas, quizá, a partir de una frase que tenga una determinada sonoridad, pero sin saber siquiera adónde vas; y poco a poco juegas con ese contexto hasta contradecirlo, reafirmarlo o llevarlo a una dirección diferente a la que sugiere la premisa. Y acabas inventando algo. Como mero ejercicio.

Llega un momento en que consigues decir aquello que los que tienes alrededor no quieren escuchar

P. ¿Ya habías visto en Twitter otros ejemplos de esa generación de escritura cerrada en 140 caracteres, esos pensamientos?

R. No, los descubrí después. Tus decisiones, en parte, imagino que también tienen que ver con esa criba inconsciente cuando asistes a lo que otros hacen y de forma inevitable acabas determinando lo que te resulta atractivo o te genera rechazo (y, por tanto, tratas de evitar). Pero muy pronto se acabó pareciendo a tener una viñeta en el periódico, o algo parecido. Un canal expresivo más que resultaba estimulante por su carácter necesariamente restrictivo. Porque los obstáculos acaban siendo un estímulo natural para la creación, mientras que la libertad absoluta, por lo general, la mata. Y la obligación de tratar de crear algo, en sí misma, supone un pequeño reto mental que resulta relajante. Incluso saludable. Llega un momento en que consigues decir aquello que los que tienes alrededor no quieren escuchar.

P. ¿Decir las cosas en solo un número determinado de palabras es también una bendición?

R. En realidad, facilita las cosas, porque nada hace más compleja la creación que el lienzo en blanco, o un número infinito de posibilidades frente a ti. Cuando te sometes a un cinturón de castidad, entras en un código que ya ha tomado varias decisiones por ti. Intentar ser brillante en pocos caracteres es, de forma paradójica, más sencillo, por más que se suela decir lo contrario —aún me pregunto por qué—. Idear una novela compleja, con un desarrollo determinado, inesperado, brillantez expresiva, voluntad de estilo y hondura en los personajes, tratando de mantener el nivel y creando una compactación precisa es, indiscutiblemente, más complejo que jugar con un universo restringido y darle una o dos vueltas hasta que algo haga clic y acabe por funcionar.

P. Pues creo que le has jodido la vida a un montón de tuiteros que estaban convencidos de ser referentes literarios.

R. Acabo de confirmar sus temores, nada más.

P. Una persona como tú está mucho más expuesta a poder cagarla en Twitter.

R. Uno de los delirios del libro dice algo así como: "Twitter se divide en dos tipos de personas: los que la han cagado y los que la van a cagar".

P. Yo creo pertenecer a los que la van a cagar. Tú no la has cagado, por lo que parece...

R. Así que soy de los que la van a cagar.

P. Se puede estar en los dos, imagino.

R. Se puede estar en los dos: ser de los que han cagado y de los que la van a cagar. Y pensándolo bien, posiblemente ése sea mi grupo.

P. ¿Has hablado con Nacho Vigalondo al respecto?

R. No, no he tenido esta conversación con él.

P. Da la impresión de que Twitter lo carga el diablo. Sueltas algo y pierdes el control sobre sus interpretaciones de una forma más violenta que una novela o una película.

R. Tengo la impresión de que lo verdaderamente virulento en una situación así surge sólo si lo defiendes o sigues alimentándolo. Tengo la impresión de que, si alguien dice algo que es medianamente interpretable o malinterpretable, lo peor que puede hacer es entrar en el intercambio de golpes, porque cualquier cosa que escriba, en el fondo, no le importa a nadie. Y cuando alguien, durante un instante, presta atención a alguien con ganas de bronca, es sólo porque considera que eso, hinchado de forma conveniente, podría rellenar un par de páginas del medio en que trabaje durante un par de días. Así que, con sólo no echar leña al fuego, en general, ese tipo de polémicas se mueren con la misma falta de fuerza con la que posiblemente fueron generadas.

Intentar ser brillante en pocos caracteres es, de forma paradójica, más sencillo, por más que se suela decir lo contrario

En lo personal, me muevo en dos niveles que en el fondo son paradójicos. Por un lado, mi cuenta de Twitter es indiscutiblemente inútil. No hay ningún tipo de exposición personal porque a través de ella es imposible saber si estoy reunido con alguien o si estoy en mitad de un proyecto o me he tomado un capuchino o un salmorejo con foto adjunta. Sin embargo, considero que, de todas las cosas que he hecho, este pequeño libro es la que más se parece a mí y mejor permite conocerme. Supone un acceso directo a mi inconsciente, a todas las caras posibles de ese poliedro más o menos complejo que cualquier ser humano es. Por ejemplo, cuando escribes una película, eliges un tono, unos personajes, un mundo determinado y, en el mejor de los casos, si todo va bien, esa película acaba pareciéndose a una parte de lo que eres. O a determinadas partes tuyas que resuenan en ese universo concreto. Pero en Twitter, dada su naturaleza fragmentaria y al hecho de que cada uno de los pequeños delirios surjan por presupuestos variados, intenciones diversas, objetivos distintos y métodos y técnicas diferentes, al final se acaba filtrando tu parte más payasa, la más reflexiva, la divertida, la filosófica, la grave, la prescindible, la pesada y… Ya está. Pesada y punto. Y la pesada.

P. Cuando escribías los tuits ahora publicados, ¿te los imaginabas en un libro?

R. No, claro, pero, con el paso del tiempo, cuando la propia vocación de la cuenta se fue haciendo más expresiva y, entre comillas, literaria, todo se hizo más natural. En el momento en que Fabio de la Flor me hizo esta propuesta, algo encajó sin esfuerzo. No hubo una sensación de sorpresa por parte de ninguno de los dos, sino la extraña sensación de que de algún modo ese libro ya se había ido escribiendo por dosis y encontraba, de alguna forma, su ubicación natural. También su resonancia cambia mucho porque, cuando lanzas algo en Twitter, en el fondo se trata de una especie de aerolito, una piedra caída del cielo que golpea la superficie del agua creando ondas circundantes y devolviendo la calma al estanque inmediatamente después. En un contexto fungible. Sin embargo, cuando los delirios son seleccionados, agrupados y editados con un orden preciso, buscando un ritmo determinado y un diálogo entre ellos que genere una especie de viaje con el que recorrer personajes y paisajes, el modo en que ese mismo material se defiende frente al lector es muy diferente. Permite otra sedimentación, otra reflexión, una mirada que de repente se solidifica de un modo más contundente y encuentra un contexto más noble en cierto sentido, con el riesgo que esto implica. Fue interesante hacer el cambio de lenguaje y trabajar con reglas diferentes.

Cuando alguien, durante un instante, presta atención a alguien con ganas de bronca es sólo porque considera que eso, hinchado de forma conveniente, puede rellenar un par de páginas durante un par de días

P. Hace unos meses La Bella Varsovia publicó Listen to me un libro de las entradas que Manuel Vila ha dejado en Facebook. ¿Las redes sociales tienen un punto de adicción para los creadores? Lo digo por esa respuesta inmediata del público.

R. Sólo si se entregan a esa respuesta. Como materia de reflexión resulta excelente, casi una explicación metafórica de lo que supone estrenar una película. Se puede aprender mucho sobre el funcionamiento del mundo y extraer algunas reflexiones. En el momento en que escribes un tuit, estrenas la película; y cinco minutos después, tienes el box office. Eso te permite conocer cuáles son los tuits taquilleros y cuáles no, para establecer, insisto, una reflexión sobre las posibles causas. Generalmente, tus delirios favoritos no son especialmente taquilleros; para serlo, tienen que tener varias características: generalmente, hablar de algo de plena actualidad, con una resonancia muy popular, no exigir ningún tipo de conocimiento especial previo y hacerlo con un ingenio moderado y comprensible para que en sí mismo no suponga ningún tipo de filtro. De modo que, si te entregas estrictamente a la taquilla, por decirlo de este modo, debes resignarte a ejercer una única forma de actuación, un nivel de reflexión específico…

Oye, estamos hablando de una forma enormemente grave y pedante, ¿no? A ver si lo conseguimos reconducir…

P. Te iba a comentar algo de asesinatos para hacerlo más ligero...

R. …Es que esto al final este es un libro de tontás. Eso es algo que debería quedar claro. Por eso digo que si te entregas a la pura adicción de tratar de conseguir retuits o favoritos, probablemente te veas atrapado en una única forma de expresión que al final tiene las alas muy cortas…

P. Pues te iba a hablar de asesinatos. En la vertiente tuitera y de redes sociales de CORDÓPOLIS, que nos sirve para intuir de algún modo qué seguimiento tienen o no algunas noticias, vemos que son los sucesos luctuosos los que más resonancia consiguen. Y es algo que nos amarga bastante.

R. Entregarse a las reacciones a corto plazo siempre es arriesgado. La televisión que se hace, se hace como se hace porque existe un control de las reacciones del espectador minuto a minuto. En el momento en que la radio pase de hacer encuestas cada seis meses —por lo demás, tan discutibles como son las del Estudio General de Medios— a conocer la reacción de la audiencia minuto a minuto, la radio estará tan enferma como lo está, a menudo, la televisión. Se emitirá únicamente lo que la reacción inmediata a cada uno de los elementos que componen un programa dicte, y se creará un filtro inmediato que dará como resultado, probablemente, aquello que creamos que deseamos, pero no necesariamente lo que de verdad queremos, y mucho menos lo que necesitamos.

(Una llamada en el móvil del reportero interrumpe la grabación. Tras dos minutos, comprueba que ha vuelto a perder el hilo de la conversación. Para evitar un nuevo momento en blanco, aborda al editor Fabio de la Flor y le pregunta lo primero que se le pasa por la mente. PREGUNTA. ¿Cuándo viste que había un libro en esa lista de mensajes digitales? RESPUESTA. «Siempre he tenido una especial adicción por este género, de hecho, empecé la editorial con un libro de aforismos de Luis Felipe Comendador llamado No pasa nada si a mí no me pasa nada con el que, sin haberlo planeado, sucede lo que con A las 3 son las 2: el mismo aforismo se transforma en el título. Me parece que hay un gran interés por este tipo de literatura fragmentada y, al mismo tiempo, atomizada. Cada vez hay menos tiempo para supuestas cargas intelectuales, profundas teorizaciones y graves lecturas. Y este libro resume perfectamente lo que yo creo que, en cierta manera, está buscando la gente: objetos que en muy poco tiempo, de forma sucinta, abran umbrales de pensamiento desacomplejados y divertidos. Y también profundos, si quieres profundizar").

Al final es un libro de tontás. Eso es algo que debería de quedar claro

P. Rodrigo, cuando te diste cuenta de que ya no estabas en una cuenta de Twitter normal y que la cuenta de Buried había cambiado para ser un lugar en el que estabas jugando con el lenguaje y con las ideas, ¿adivinabas ya que Jonathan Swift, a Baltasar Gracián estaban ahí detrás?

R. Claro, este género es tan viejo como el mundo. Los más grandes literatos lo han practicado desde hace siglos. Los apotegmas, los aforismos, las sentencias… De hecho, si nos ponemos especialmente pedantes, hay autores que ya tenían Twitter. Es obvio que Oscar Wilde era un gran tuitero, que Ambrose Bierce era un gran tuitero; o, indiscutiblemente, Ramón Gómez de la Serna, para cuyas viejas greguerías tendríamos ahora un tapiz nuevo; o Mark Twain, otro tuitero ejemplar. Es indiscutible que no inventas nada, sigues una antigua tradición que inauguró gente en términos mucho más nobles que tú. Lo que aportas es sólo una mirada distinta o una ubicación diferente en el mundo, que traduce una perspectiva perfectamente prescindible, pero propia..

P. ¿Antes de Buried te habías asomado a Twitter?

R. No, ni siquiera sabía lo que era. En la primera reunión en que explicaron qué era Twitter, mi única pregunta era: «Para qué». Cuando me explicaron en qué consistía, preguntaba para qué y cuando me explicaban que funcionaba de tal forma, preguntaba para qué; y cuando me decían que había que meter un hastag que generara un contexto y agrupara los tuits que se estaban escribiendo en todo el mundo, yo me preguntaba para qué. Para qué. Cuál era la necesidad de todo aquello; a quién le resultaba útil. Ahora, con la experiencia, al fin sé que, efectivamente, es rigurosamente inútil.

P. (Risas). Pero tiene su paralelismo con la película. Un tuit es una sola sentencia, casi una sola frase, y aquella película era de un personaje en un escenario mínimo con total limitación para la cámara y el actor. Twitter parecería un medio muy adecuado para promocionar una película así.

R. Que es exactamente lo que no hice y, por otro lado, lo que no fui capaz de hacer. A ver, imagino que, como medio de promoción, es, claro, interesante, pero por otro lado, si somos honestos, tener 40 000 seguidores o 200 000 o un millón, no se parece en nada, ni remotamente, a vender 40 000 entradas, 200 000 o un millón, y la realidad lo demuestra. Por otro lado, considerar que el término seguidor significa adepto demuestra también una gran desubicación. Una gran parte de tus seguidores lo harán por pura inercia, otros por curiosidad temporal y otros para poder confirmar su desprecio. También hay gente simplemente agazapada tratando de encontrar a un semifamoso que meta la pata de forma conveniente. Pero, como instrumento de promoción exclusivo, no existe la menor evidencia de que resulte productivo.

P. Escribir tuits es escribir un poco a martillazos. ¿Queda algo de eso cuando escribes un guión?

R. Escribir un guión es siempre un poco escribir a martillazos, porque no se trata de un género literario, es más bien una guía de trabajo en la que tratas de ser muy preciso y a la vez evocar de forma muy directa determinadas imágenes para conseguir que el lector las reconstruya en su cabeza de la forma más eficaz y sucinta posible. No se trata de una obra destinada a ser leída o disfrutada en términos literarios. Pero lo que más ejercitas es algo que en realidad tiene que ver con cualquier otro tipo de escritura, y es la seguridad de que, como se dice en uno de los tuits, reescribir es quitar. Normalmente, empiezas con un guión de 150 páginas que tiene que convertirse en uno de 85 o 90. Normalmente, te das cuenta de que has caído en determinadas redundancias o que a veces, quitando bloques enteros, el ADN de los pasajes excluidos continúa inferido en los presentes en forma de resonancia, aunque de él sólo quede el hueco. Y eso te permite ser mucho más preciso, limar, darte cuenta de que, usando el verbo adecuado, la acción se adjetiva por sí sola y no es necesario emplear ningún adjetivo… Llevando esto a su máxima expresión, tenemos los 140 caracteres, que poseen una vocación casi gimnástica y deportiva, pero en el fondo es lo mismo: se trata de quitar todo aquello que sobra hasta conseguir estrictamente lo que genera significado y, a ser posible, una forma de belleza.

Con la experiencia, al fin sé que Twitter es rigurosamente inútil

P. ¿Alguna de tus películas se puede resumir en un aforismo de 140 caracteres?

R. Todas ellas. Necesitaría un rato para encontrar su ADN, siempre en términos de resonancia. No sería una frase que automáticamente explicara todas las evoluciones de su trama ni, uno por uno, sus personajes, con su complejidad psicológica. Pero si una película tiene un centro emocional o atmosférico, seguro que habría alguna forma de condensarlo en una especie de píldora que concentrara su código genético.

P. Pero las películas tienden a ser cada vez más largas. Ya no son de la hora y media que nos habíamos impuesto.

R. En realidad, hemos llegado a una convención en márgenes muy limitados. Así como una novela puede tener 90 páginas, 220 o 1 200, y un poema puede contener tres versos o suponer un libro entero; del mismo modo que se puede hacer una canción de dos minutos y una sinfonía de 35, en cambio, el cine tiene una limitación que es producto de unas reglas comerciales que todos entendemos, relacionadas con la necesidad de proyectar tres pases diarios y que la gente esté en una butaca el tiempo que la ciencia ha demostrado que un culo puede soportar. Si hiciéramos un paralelismo con la literatura, en realidad debería haber películas de 12 horas y películas de 45 minutos, pero pocos estarían dispuesto a pagar siete euros por una historia de sólo 45 minutos. Y tampoco hay asiento humano que resista ocho horas. Eso ha generado un estándar que, en el fondo, es arbitrario pero que responde a razones de las que no podemos culpar a nadie.

Se trata de quitar todo aquello que sobra hasta conseguir estrictamente lo que genera significado y, a ser posible, una forma de belleza

P. Tienes ya un libro preparado.

R. Una novela.

P. Eso.

R. Sí. La respuesta es sí.

P. No se puede contar nada de ella.

R. Estamos decidiendo todavía cómo se va a publicar, quién la va a publicar y, en realidad, tiene un origen muy cinematográfico. Una de mis películas se desarrolló a la vez en forma de novela y guión, y espero que pronto…

P. Se trasladará a novela...

R. No se trata exactamente de trasladarla, no se trata de la adaptación de un guión a posteriori. Es una evolución que se produjo en paralelo. Un guión que se extendía a lo largo de esas 150 páginas imposibles (y que terminaron siendo 80), pero, en paralelo, mientras se llevaban a término sucesivas versiones y se levantaba la financiación, se desarrolló en forma de obra literaria. Que será publicada, espero, en breve.

P. Levantar la financiación es cada vez más complicado. ¿Escribir tuits suple ese hueco creativo que necesitas? No solo es inmediato sino que es gratis.

R. No es algo que cubra huecos mientras levantas algo, simplemente cubre cualquier hueco del día. El alivio se encuentra en que escribes desde la impunidad y la ausencia de presión. A diferencia de cuando levantas una película como Luces rojas, de 12 millones de euros, con inversión de diferentes países con financieros, distribuidores y exhibidores de todo el mundo jugándose el dinero y teniendo expectativas muy concretas, que evidentemente terminan sobre tus espaldas de un modo u otro, en este caso, por motivos obvios, la responsabilidad es nula. Precisamente por eso, lo que menos debe importarte es la taquilla de la que antes hablábamos. Sólo escribir con esa sensación de que nada importa porque, evidentemente, no importa nada.

P. ¿Cómo ha sido tu experiencia de productor?

R. Siempre he producido, desde mis primeros cortometrajes, así que el hecho de tener que hacerme cargo de una idea, responsabilizare de ella y convertirla en algo material, incluyendo todas las consecuencias derivadas de llevarla a cabo es algo que siempre me ha resultado natural. Cuando escribes, piensas en términos de montaje, en términos de ritmo interno, avanzas lo que supondrá el rodaje. Y también en las repercusiones que tendrá en términos de producción. Y cuando produces para otra persona, te ves como alguien que intenta generar un proyecto para un director al que admira. En lo personal, sólo entiendo el cine como la expresión de una voz individual. Aunque se trate de un trabajo de colaboración necesario, debe expresar una voz que no es la del productor, sino la del director. Cuando sólo produzco, intento resultarle útil al director en la transmisión eficiente de su voz. No la mía.

P. ¿Te consideras un director de género?

R. Sí, de género masculino. Y todas mis películas tienen género femenino (Risas). Ni siquiera sé lo que es el género, en realidad. ¿En qué género encajaríamos Buried? ¿Género ataúdes? No es puramente terror. Imagino que lo más cercano es el thriller, pero muy particular. ¿Y Concursante? ¿Es un thriller económico, una comedia negra, un drama ácido? Es complicado. ¿Y Luces rojas? Si tuviésemos que poner una etiqueta, tal vez sería la de thriller, pero mañana podría rodar una historia del Oeste de forma feliz y entusiasta…

P. ¿Por qué no una de la guerra civil...? No la ha hecho nadie...

R... O un musical… Haría una película de la guerra civil con tal de que no fuera de la guerra civil española (Risas), que no hubiera guerra y que se llevaran todos bien, especialmente los hermanos. (Más risas).

Hay que escribir con esa sensación de que nada importa porque, evidentemente, no importa nada

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