Calvo Poyato: “No escribiría una novela de la Guerra Civil por las pasiones que aún levanta”

José Calvo Poyato | MADERO CUBERO

¿Sabían que Guarrazar, un pueblecito de Toledo, ha guardado durante centurias un gran tesoro visigodo? Nadie sabe todavía quién lo escondió a las puertas de la invasión musulmana en el 711. Ni el historiador y novelista José Calvo Poyato (Cabra, 1951), que plasma en su última publicación, El último tesoro visigodo, todo un trabajo de documentación esbozado a través de un thriller cuyo trasfondo deja al lector el amargo desdén que la sociedad española ha tenido con su patrimonio.

Calvo Poyato recibe a CORDÓPOLIS en su pueblo natal sólo un día después del 80 aniversario del bombardeo de las tropas republicanas durante la Guerra Civil. “Aquello también fue historia”, puntualiza el también columnista de ABC, mientras recuerda su etapa como exparlamentario andaluz. “¿Volvería?”. Ríe. “Ni loco”, responde, aunque añade: “Sólo lo haría si se diera una situación muy muy particular”. Asegura que la política “de hoy no es la de antes” y añora los debate serios entre dirigentes. “Ahora ya no hay adversarios, sino enemigos, y eso es muy peligroso”.

Cuando hace apenas unos meses que ha publicado El último tesoro visigodo, el escritor acaba de recibir el premio de novela histórica Cerros de Úbeda 2018 por El espía del rey. Con su protagonista, Jorge Juan, empieza esta entrevista, a la que no vino a hablar de política, pero de la que es imposible escapar.

PREGUNTA (P). ¿Hay muchos Jorge Juan en la historia de España?

RESPUESTA (R). Sólo uno. El que se dé un hombre de ciencia en la España del siglo XVIII, un militar que sea capaz de poner en riesgo su vida y poder perderla con deshonor... Hoy el honor es una cosa que tiene un valor relativo, pero para la gente del siglo XVIII perder la honorabilidad era muy importante y Jorge Juan es consciente de que en el momento en que espía en Londres corre el peligro de que lo descubran y muera sin honor. Ahorcado o como se ejecutaba a los espías. Creo que se produce una combinación de momentos en su perfil biográfico que no es muy corriente. El Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, es otro personaje de nuestra historia que ha mostrado esa lealtad. Él fue leal con quien no fue leal con él. Mantiene una lealtad a todo transe con el rey Fernando, que se comporta con él de manera desleal. El Gran Capitán ha sido virrey de Nápoles, el cargo más importante de la corona de Aragón en aquel momento. Cuando regresa a España, Fernando El Católico lo manda de alcaide a Loja. Esto sería como pasar a sargento del puesto de la Guardia Civil a alguien que ha sido vicepresidente del Gobierno. Obedeció y se fue a Loja. Da muestra de una lealtad extraordinaria y constante que el rey no le correspondió.

P. ¿Qué le dice la novela histórica actual?

R. Que vive un momento extraordinario y que es uno de los fenómenos de pervivencia literaria, no supervivencia, que no se ha dado con ningún otro género. La primera novela histórica moderna es la que escribe Walter Scott, Beverly, en el año 1814. La novela histórica no ha dejado de interesar al lector en más de 200 años. No hay otro género igual. La novela social y costumbrista pasó. El realismo en la novela, también. El boom de la novela hispanoamericana pasó. Todo tuvo su éxito e, incluso, la novela negra ahora ha repuntado, pero durante muchísimo tiempo no se escribía. Esto no ha ocurrido con la novela histórica. Es un curiosísimo fenómeno de pervivencia literaria que alguien quiso ligar al romanticismo. Pero murió el romanticismo y la novela histórica siguió. Por cierto, hubo un debate muy curioso entre Emilia Pardo Bazán y Don Juan Valera. Pardo sostenía, en su obra La cuestión palpitante, que la novela histórica moriría con el romanticismo. Sin embargo, Valera dijo su obra El arte nuevo de escribir novelas que este género no moriría nunca. Valera llevaba razón y no porque fuera de Cabra, sino porque ahí están los hechos.

En este momento, España vive una época extraordinaria. Decía Manuel Alvar, exdirector de la Real Academia Española, que la novela histórica contemporánea se ha convertido en el género de mayor proyección internacional de los escritores españoles. Y es cierto. Quién me iba a decir a mí, cuando escribí El hechizo del rey, que me iban a traducir a lenguas como el ruso, el inglés, el francés, el italiano, el alemán, el polaco. No me lo podía decir nadie. Mi caso no es excepcional sino que ocurre con muchos escritores, que estamos siendo traducidos a muchos idiomas. Eso no ocurre con otros géneros.

La novela histórica vive un momento extraordinario

P. Estáis exportando parte de la historia de España a otros países.

R. Sí. Esto es un mensaje para el Instituto Cervantes [entidad dependiente del ministerio de Asuntos Exteriores dedicada a la promoción de la cultura española]. Si tiene como objetivo fundamental difundir la lengua y la cultura españolas, en una novela histórica se dan las dos cosas. Estamos haciendo literatura pero, además, estamos difundiendo nuestra cultura, a ver si se enteran.

P. Pero no es igual difundir que divulgar la historia, donde entra la cuestión de hacerla más accesible a la sociedad.

R. No son términos exactos pero sí pueden tener similitudes. Pero creo que uno de los males de los historiadores españoles ha sido que hemos despreciado durante muchísimo tiempo la divulgación. Es decir, hacer accesible la historia al gran público. Hemos estado demasiado preocupados en hacer algo muy importante, como es la investigación o escribir para los propios historiadores. Pero es que también hay que escribir para la gente que está interesada. Esto lo aprendieron los anglosajones muy pronto y muy bien. Ahora parece que empieza a haber menos rechazo a divulgar la historia. Divulgar no es vulgarizar. Todas las ciencias tienen un metalenguaje específico que no tiene por qué conocerlo todo aquel que no trata esas ciencias día a día. Tenemos que aprender a utilizar una terminología que sea accesible para la gente.

P. ¿En las aulas se divulga bien la historia?

R. Yo creo que sí. En una facultad, cuando hay que enseñar bien el oficio de historiador, se hace muy bien. Creo que no se ha divulgado bien cuando hay una demanda de historia. Hay muchos aficionados. La gente quiere conocer el pasado, que se lo expliquen de la mejor manera posible. Ahí es donde creo que nos hemos equivocado mucho tiempo. Hemos estado pendientes de otras cuestiones y ésta la hemos dejado un poco al lado. Al gran público le interesan cosas más sencillas que un volumen de 1.000 páginas sobre las alcabalas de Sevilla en el reinado de Alfonso X El Sabio. Eso le interesa a varias docenas de historiadores y es muy importante que se escriba para que la ciencia avance, pero eso no le interesa al gran público. Ahí tenemos que seguir dando la batalla para conseguirlo. Creo que, en parte, el éxito de la novela histórica está relacionado con eso: convierte en asequibles aspectos históricos que desde la perspectiva estrictamente histórica no se le ofrecen a la gente.

Ahora bien, un lector de novela histórica debe saber que lo que tiene en sus manos es una novela, que es una obra de ficción. Debe saber que todo lo que se dice en una novela no tiene por qué ser verdad. Por otro lado, un escritor  de una buena novela histórica sabe que no puede alterar los hechos. Ya me hubiera gustado a mí haber salvado a Mariana de Pineda del cadalso, pero en la realidad la ejecutaron y así debe quedar reflejado en la novela. Lo que al novelista le pedía el cuerpo era salvarla.

Los historiadores hemos despreciado la divulgación

P. Al final del libro El último tesoro visigodo añade esa nota aclaratoria.

R. Suelo colocar una nota de autor para que nadie se llame a engaño y para que quien compre el libro vea que determinadas cuestiones no son verdad y que forman parte de una trama que construyo para mantener enganchado al lector.

P. ¿La polarización actual pone en riesgo la difusión de una historia ideológica?

R. Por supuesto. Hay personas que están escribiendo una historia ideologizada donde sigue habiendo buenos y malos. No voy a decir que esto lo hagan historiadores porque, para mí, esa palabra es muy grande. Me parece un poco lamentable que lo que hicieron los franquistas durante muchísimo tiempo, que fue explicar una historia según sus planteamientos y donde aparecían unos buenos y unos malos, ahora se quiera escribir en el sentido contrario: los malos son los buenos y los buenos son los malos. Lo que hay que pensar es que en ambos bandos de la Guerra Civil hubo buenos y malos.

P. ¿Un historiador deja de serlo cuando al hablar del Descubrimiento de América no señala que ese día se conmemora también el Día de la Resistencia Indígena?

R. Creo que una cosa no tiene por qué ocultar la otra. Claro que hubo una resistencia indígena, pero cuando hablamos del Descubrimiento de América tenemos que pensar que es un hecho que ocurre en el siglo XV. La presencia de los españoles en América arranca desde finales del siglo XV o principios del siglo XVI y aquella gente respondía a unas escalas de valores muy diferentes a las nuestras. Por lo tanto, cuando lo juzgamos con la mentalidad de nuestro tiempo nos estamos equivocando. Eso se llama hacer presentismo histórico. Los hombres del siglo XVI responden a unos parámetros muy diferentes a los nuestros. No se puede pretender que los conquistadores españoles fueran miembros de una ONG. Eran hombres extraordinariamente duros. Antes de que Magallanes descubriese el paso del Atlántico al Índico, ¿qué hicieron algunos españoles? Desmontar un barco en la Costa del Caribe, echarlo al hombro y volver a montarlo en el otro lado del mar para poder navegar aquellas aguas. Eso era aquella gente. Muy dura. En sus comportamientos eran duros, no había blandenguería y si algo le estorbaba, lo quitaban de en medio. Pero es que eran así. Pretender juzgarlos con la mentalidad del siglo XXI donde hay mucha tolerancia, no puede ser. Nos estamos equivocando. Es muy peligroso porque, además, se deforma la historia. Es que hay quien dice que Hernán Cortés era un genocida. No puede ser. Un personaje histórico, donde cobra su verdadera dimensión, es enmarcándolo en el tiempo en el que vive. Si no lo hacemos así, nos estamos equivocando. Recuerdo que Josep Pérez, que le dieron el Premio Hispanista a las Ciencias Sociales, me decía en Santander: “Cisneros es el político más importante de la primera mitad del siglo XVI en toda Europa”. Me llamó mucho la atención esa apreciación sobre todo porque la imagen de Cisneros podía estar tergiversada. Cuando me da una explicaciones de por qué piensa eso, empiezo a darme cuenta de que no podemos hacer ese revisionismo.

Se esta escribiendo una historia ideologizada donde sigue habiendo buenos y malos

P. Quien lea El último tesoro visigodo puede llevarse la impresión de que es un vehículo para denunciar la poca preocupación que ha experimentado España por su patrimonio.

R. Una de las cuestiones que quería que el lector captara era el poco interés que hemos tenido con nuestro patrimonio histórico-artístico durante muchísimo tiempo. El descubrimiento de Guarrazar puso en evidencia el poco interés que había. En aquel momento, en 1858, España no tenía un Museo Arqueológico Nacional. Podemos decir que, bueno, eran aquellos años. Pero lo había en Francia, en Gran Bretaña, en Alemania y en los Países Bajos. Lo tenían aquellos países con los que nosotros tenemos que medirnos. Creo que lo que ocurre con las piezas de Guarrazar impulsó la creación del Museo Arqueológico Nacional. La prueba está en que en 1858 se produce el descubrimiento y al año siguiente se organiza el follón cuando sale a la luz que esas piezas se habían vendido a los franceses. Aquello organiza un escándalo enorme en el Congreso de los Diputados. Es en 1862 cuando se toma la decisión de crear este museo y que empieza a funcionar en el 1867. Creo que el escándalo que la prensa organiza a cuenta de esto tuvo su influencia en que hubiera en España este tipo de museo.

P. ¿Ese desinterés hacia nuestro patrimonio se sigue dando actualmente?

R. Creo que sí. Tenemos tanto patrimonio... Creo que junto con Italia tenemos el mayor número de bienes declarados Patrimonio de la Humanidad. Creo que para mantenerlo se necesita una sociedad rica que peuda drenar recursos improantes al mantenimiento del patrionio. Creo que por un lado, el volumen de nuestro patrimonio histórico-artístico es tal que resulta complicado atenderlo y, por otro lado, no se le dedica la atención que debería. Al fin y al cabo, nuestro patrimonio son las señas de identidad que tenemos. Hoy estamos donde estamos porque hemos recorrido el camino que hemos recorrido. Si hubiésemos hecho otro, estaríamos en un punto diferente. La historia nos enseña qué camino hemos recorrido y qué nos ha llevado al momento presente. El patrimonio son las huellas.

El caso de los visigodos es un período histórico del que tenemos muy pocas señas de identidad porque ha sido un tiempo de nuestra historia que ha tenido mala suerte. Le ha pillado emparedado entre la época romana y la musulmana que, en el caso de Córdoba, fue de un esplendor extraordinario. Los visigodos es una parte de la historia sobre la que se pasa de puntilla. En los programas de Historia de los institutos o colegios, uno teme que ni siquiera se hable de los visigodos o que lo que haya sean dos líneas, y no se puede perder de vista que forman parte de nuestra historia durante más de 200 años. El propio término reconquista significa que hay que recuperar algo. En este caso, la monarquía visigoda, que desparece como consecuencia de la invasión musulmana.

Cuando los cristianos se apoderan de Toledo, en el mundo musulmán se produce una convulsión. De hecho, la invasión de los almorábides es como consecuencia de la conquista de Toledo. ¿Qué tenía esta ciudad que no tenían otras y que los cristianos están recuperando? Que era la vieja capital de los visigodos. Es decir, habían recuperado la capital del viejo estado que había desaparecido como consecuencia de la invasión musulmana. Eso provoca una convulsión. Por lo tanto, es importantísimo el recuerdo de aquella época en la que Toledo era la urbs regia, la ciudad de los reyes. Toledo era un símbolo de los visigodos. Por eso creo que esta etapa histórica merece la pena abordarla más.

No se puede pretender que los conquistadores españoles fueran miembros de una ONG

P. ¿La novela histórica no la ha abordado en profundidad?

R. Muy poco. Se han escrito muchas novelas sobre la hispania romana. Santiago Posteguillo acaba de sacar Yo, Julia y son muy famosos sus tomos. Santiago es... Es que es un buen amigo mío y yo tengo debilidad. Recuerdo que presentando una novela en Córdoba, La legión perdida, me dijo una cosa realmente curiosa. Esta novela iba de dos legionarios romanos cordobeses que están en Siria y que se están quejando del calor. Le dije: “Hombre, Santiago, cómo pones a dos tipos de Córdoba quejándose de calor”. Y me dice: “Imagínate el calor que tenía que hacer” (risas). Él ha recuperado una parte muy importante de nuestra historia. Ha habido mucho movimiento en este terrreno, pero el mundo visigodo ha sido muy poco explotado. Así de pronto sólo recuerdo la novela de Isabel Sansebastián, La visigoda... Ya no me acuerdo de más, no digo que no haya más.

P. A lo largo de la novela leemos cómo el tesoro de Guarrazar fue maltratada hasta llegar al punto de que algunas de sus piezas se fundieron. Recuerdo que en un periódico se publicó el testimonio de mujeres de aquella zona que se habían casado con el oro fundido de este tesoro.

R. No lo sé. Yo he viajado hasta Guadamur. Para escribir una novela, en la medida que uno pueda, debe irse al sitio en el que sucedieron los hechos que vas a contar. Lo que se publica en Internet tiene un valor extraordinario. Pero un escritor debe oler, oír, ver y percibir sensaciones que son las que luego trata de llevar al libro y de transmitírselas al lector. Estuve recorriendo Guadamur, hablando con la gente y entrando en tabernas. En un pueblo tan chiquito te miran como diciendo: “¿Quién será este forastero?”. Y pregunté a la gente. En muchas ocasiones, las personas cuentan detalles que son fantásticos para un novelista. Por ejemplo, allí me enteré que la mujer que descubrió el tesoro, Escolástica, había ido a examinarse de la ultima prueba para obtener el título de maestra de Primeras Letras. Eso es lo que yo sabía. Pero me dice un vecino de Guadamur que la prueba que le pusieron fue bordar un pañuelo. Tomé nota rápidamente porque es un detalle que un escritor puede colocar en su novela y que no viene en ningún sitio, pero que lo recuerda la gente. Como eso, muchísimas cosas. Las novelas atrapan al lector cuando tienen pequeños detalles que invitan a la lectura. Anduve por allí pero claro... ¿Que se fundan piezas y se hagan otras? Que se destrozaron piezas y que se fundieron, claro que sí. Pero que sirviera para el ajuar de algunas mujeres que vivían allí, es posible.

P. ¿Cómo llegó hasta este tesoro?

R. Por pequeños detalles. Me había encontrado con un personaje que es José Navarro, el joyero importante del siglo XIX. Le llamaban El diamantista. Éste fue el que hizo la corona de Isabel II y tuvo un problema gravísimo. El hombre utilizó una gran cantidad de metal precioso para confeccionar la corona y luego no se la pagaban. Tardarono cinco años en pagarle y a partir de ahí empecé a verlo como un personaje atractivo. De pronto me encuentro que está metido en la historia de este tesoro visigodo. Luego encuentro también que hay un francés que también está metido y que tiene una historia muy curiosa. Empiezo a ver cuestiones de cómo se destrozó una parte importantísima de nuestro patrimonio histórico-artístico de una época de la que tenemos muy pocos restos. Dije: “Con todo esto, puedo ir armando una novela”. Así surgió.

Hay quien dice que Hernán Cortés era un genocida y eso no puede ser

P. También es significativo cómo esconden este tesoro pensando, por parte de los cristianos, que la invasión musulmana iba a ser pasajera. Pero no les dio tiempo de volver para recuperarlo.

R. Efectivamente. Hablé con una historiadora amiga mía y le pregunté sobre la historia de la batalla de Guadalete y me dijo que no había nada escrito que contara realmente lo que ocurrió. Así que pensé: “Pues me la puedo inventar entera sin faltar a la verdad”. Si se supiera cómo se movieron los ejércitos y cómo combatieron, tenía que ser fiel a eso. Pero como no se sabía nada, me la podía inventar. Entonces, construyo la batalla que a mí me gusta y la derrota de los visigodos significa el hundimiento del reino. Pero sí me dicen algunos de los especialistas del período que la gente tenía la creencia de que los musulmanes habían venido por aquí para coger todo lo que pillaran y llevarse como esclavas a todas las mujeres que quisieran, pero que se marcharían. Mucha gente, por eso, ocultó sus cosas pensando que podría volver a recogerlas porque llevarlas consigo era un peligro.

Esta novela ha tenido mucho tiempo de documentación. Escribir una novela no es sólo redactar, que es la fase final del proceso de la escritura. Yo estoy escribiendo cuando estoy en Guadamur paseando. Esa fase de documentación es percibir sensaciones y ver cosas. Es muy larga. Meses y meses. Pensar en los personajes, cómo va a ser, si va a cambiar su personalidad... Llega un momento en que cuando tengo todo armado digo: “Ahora toca redactar”. La gente piensa que escribir un libro es sentarse delante del ordenador y decir: “Capítulo 1: Era una mañana fresca...” y a ver qué se me ocurre. No, no, no. Hay mucha documentación previa. Para este último libro estuve cerca de un año viajando a Toledo y hasta me he quedado mucho rato delante de las coronas votivas para ver si me decían algo. Esto suena cursi, pero es así. Y el cuadernito en la mano es esencial. Cuando le dices a alguien que puedes redactar la novela en un par de meses se sorprende. Pero antes has tenido que elaborar sobre qué quieres escribir, al igual que tú has hecho con esta entrevista.

P. ¿Escribir esta novela en dos momentos le ha dado mayor profundidad a la historia?

R. Es que los acontecimientos ocurrieron en dos momentos. A ver, es que tuvo que haber alguien que ocultó aquello en un momento determinado. ¿Cuándo? Con toda seguridad, entre el año 711-714 y hay que recrear ese momento histórico, que es un momento de miedo. La gente de Toledo tenía miedo porque había habido una batalla en la que su ejército había sido derrotado. Hay que construir esa derrota, cómo llega la noticia a Toledo y cómo hay alguien que oculta el tesoro para que luego sea encontrado. Si se encuentra mil y pico años después, tienes que situar el momento histórico en el que se dan todos los hechos. Así tratas de decirle al lector eso que decías tú antes: el poco aprecio que desde las instancias públicas y privadas han tenido sobre este patrimonio. Pero, también, el ambiente de la España de Isabel II. Imagínate: ¿Había policía en aquel tiempo?

P. Sí.

R. O no. Habrá que buscar si había policías y cómo funcionaban. ¿Había comisarios? ¿Lo llamaban de otra forma? Porque ahora te sale una persona que sabe que no había comisarios y como tú hayas puesto que los había te dicen: “Éste es un mamarracho que se lo ha inventado”. Entonces, ya encuentro a alguien que es policía, que escribe novela histórica y le pregunto: “Oye, ¿qué información podrías darme de esto?”. Cualquier detalle debe estar amarrado.

 Los visigodos es una parte de la historia sobre la que se pasa de puntilla

P. En este libro pone en el foco, de nuevo, a una mujer. Le da su papel como en otras novelas anteriores. ¿De qué manera se ha silenciado la historia de las mujeres?

R. A mí me encantan las mujeres que sacan los pies del plato. Así de claro. Por eso le dediqué una novela a Caterina Sforza, otra a Hipatia y otra a Mariana. Aquellas mujeres que no se resignan con el rol que la sociedad de su tiempo les asigna. ¿Cuál es el papel de la mujer en una determinada sociedad? Casarse y, si es posible, hacerlo con un buen partido. De pronto te encuentras a Hipatia, una mujer cultísima, que da clases de Matemáticas y que se quedó soltera siempre. Una periodista me preguntó que si murió virgen y le dije que no, que solo soltera (risas). Hombre, lo que se sabe es que nunca se casó, nada más. A mí, esas mujeres me han atraído siempre muchísimo. ¿Qué podría decir la buena sociedad granadina de Mariana de Pineda, dedicada a la política y reuniéndose clandestinamente en lugares apartados, con nocturnidad y escondidos? Pues que era una puta, es así. La tía lo que hace es romper esquemas. La propia Gala terminará rompiendo esquemas.

P. Dar este protagonismo a las mujeres y contar sus historias es una práctica tremendamente feminista.

R. Yo no lo llamaría así. No es ni machista, ni feminista, sino simplemente señalar que el papel de la mujer en muchísimos tiempos y momentos de la historia no ha sido el que los historiadores hemos contado. Estoy seguro. Ha sido muchísimo más importante. Como historiador no me he dedicado a la historia de la mujer, sino a cómo se cambiaban los modelos de estados cuando terminan los Austria y llegan los Borbones, que es un problema que seguimos sin resolver. Ese problema me interesó muchísimo siempre. Pero tengo la sospecha fundamentadísima de que hubo mucho más de lo que se nos ha dicho.

P. Hipatia encarnaba muchísimo el respeto y el diálogo.

R. Hoy se respeta menos al contrario por pensar diferente. Hemos perdido mucho de la tolerancia que caracterizó a determinados tiempos en los que buscábamos más lo que nos unía en vez de lo que nos separaba. Y, sobre todo, respetar el planteamiento del contrario. Creo que hemos polarizado demasiado las actitudes y no me gusta.

P. ¿Pero todas las opiniones o planteamientos deben respetarse?

R. Hombre, podría haber algunos no respetables. Si a mí me dicen que alguien está planteando matar a otra persona, eso no puedo respetarlo. Pero creo que el pensamiento en cuanto a ideas, sea compartido o no, hay que admitirlo y respetar que otras personas pueden pensar de manera distinta. Por ejemplo: me parece que el independentismo catalán es una aberración, pero hay gente que tiene derecho a creer en eso. Otra cosa es que yo piense que se equivocan. ¿Usted quiere ser independentista? Pues muy bien.

El papel de la mujer en la historia ha sido más importante que el que hemos contado los historiadores

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