Aquel regate imposible de Pineda

Pineda.

El regate de Pineda. El vídeo sigue dando vueltas por Youtube y no hay aficionado del Extremadura al que no le aflore una sonrisa al recordar aquella jugada. Han pasado más de 21 años, pero aquel giro pisando la pelota del cordobés ante un burlado Iván de la Peña pasa por ser la imagen más emblemática del modesto club de Almendralejo en el fútbol nacional. Fue en una visita al Francisco de la Hera de un Barcelona temible, con Bobby Robson en el banquillo y un plantel de estrellas sensacional en la temporada 96-97. Allí estaban Figo, Ronaldo, Guardiola, Luis Enrique, Sergi, Ferrer... Una noche grande en el pueblo extremeño, que no llenaría con todos sus habitantes ni la mitad del Camp Nou. Y allí estuvo un cordobés, Pineda, para firmar una obra de arte con la pelota en los pies. Se deshizo en el pico del área de De la Peña y luego lanzó un disparo en globo que estuvo a punto de sorprender al meta Vitor Baia. Se escucha al público corear su nombre.

Pineda solía hacer ese tipo de cosas desde que empezó a pelotear en el Enrique Puga con la camiseta del Séneca, en el que se forjó. Luego se fue al Sevilla y jugó en un legendario equipo al lado de Davor Suker, Diego Simeone y el mismísimo Diego Armando Maradona, que le piropeaba por sus malabarismos. Pinedita siempre fue un futbolista especial, de esos a los que un sector de la grada siempre critica porque no se sacrifica en el campo. O eso les parece. Él no corría un metro sin que tuviera un sentido, no le pagaban por kilometraje o por litro de sudor. A Pineda le querían porque era capaz de encontrar soluciones imaginativas y de una extraordinaria belleza. Como aquel regate imposible ante el Barcelona en la jornada 36 de una Liga en la que, al final, ninguno cumplió su objetivo. El cuadro culé se quedó segundo, detrás del Real Madrid, y los extremeños acabaron desciendo. El partido terminó con 1-3, con un gol de Ronaldo -el brasileño, que ahora es uno de los propietarios del Real Valladolid- y dos de Luis Enrique, actual seleccionador nacional. En el banquillo azulgrana contempló la jugada como privilegiado espectador un tal Julen Lopetegui.

El talentoso jugador cordobés ya no militó más en Primera después de aquella campaña con el Extremadura de Ortuondo. Después de cuatro años en el Sevilla y la experiencia en Almendralejo dirigió su trayectoria hacia Madrid. Disputaría cuatro campañas en Segunda en las filas del Rayo y el Getafe, llegando incluso a conseguir un ascenso a Primera en la temporada 98/99 en las filas del conjunto de Vallecas, con Juande Ramos en el banquillo. Tras un descenso a Segunda B con los azulinos en 2001, entró en la espiral de las categorías menores. Estuvo en el Montilla, de Tercera, antes de probar suerte en el Chaves, de la segunda liga portuguesa. El Orihuela y el Carolinense fueron sus últimos destinos antes de cerrar su carrera como futbolista. Pasó por los banquillos del Lucena -como segundo de Rafa Berges-, Villa del Río y los juveniles del Córdoba. Jamás vistió la camiseta blanquiverde en ninguna categoría.

A todos los que se cruzaron en su camino futbolístico se le quedó grabada alguna de sus cabriolas con el balón, esos gestos de indescriptible belleza que enamoran a los aficionados y desquician a los entrenadores. A él, que siempre jugó con esa aparente desidia de los genios, no hubo quien lo domara. Quizás por eso se quedó en el camino y el que pudo ser uno de los más grandes devino en una leyenda de barrio. Pregunten por Pineda y escuchen con atención. Algunos cuentan sus hazañas, protagonizadas frecuentemente en escenarios insólitos y casi anónimos, como quien relata la visión de un ovni o una aparición mariana. Aquel día en Almendralejo estaba, por fortuna para el fútbol, la televisión nacional.

La acción de Pineda sigue siendo una imagen recurrente cada vez que se produce algún gesto técnico de alto calibre en el campeonato español. Hace unos años, un medio deportivo nacional llegó a calificarlo como el mejor regate de la historia en Primera División.

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