Un nuevo Guardiola

Sergi Guardiola en la llegada del Córdoba a la estación de Renfe |  MADERO CUBERO

A Sergi Guardiola (Manacor, 1991) le ha cambiado la vida este curso. Todo ha ido a cámara rápida, con secuencias encadenadas que han llevado al jugador a convertirse, seguramente, en alguien distinto a ese futbolista que llegó este verano a El Arcángel sin demasiado ruido, a la sombra de presuntas figuras y con un rol complementario que se le quedó pronto corto. Ahora, este delantero criado en Jumilla es uno de los ídolos del cordobesismo, que le ha colocado en los altares por un expediente goleador lustroso: ha firmado 21 en Liga para sostener al grupo en una batalla que, por fin, parece inclinarse a favor. Después de más de siete meses en posiciones de descenso, el Córdoba está fuera. Su victoria en Reus tuvo un factor determinante en la figura de Sergi Guardiola, que ha vivido un fin de semana extraordinario. Ha sido padre por primera vez -su pareja dio a luz a una niña el sábado- y con esa condición se estrenó en el Estadio Municipal de Reus, donde todo el grupo le quiso dedicar el triunfo. Alguien le contará algún día al recién nacido bebé qué hizo su padre en ese último domingo de mayo.

Este lunes, al regreso de Reus, Guardiola recibió una nueva ración de cariño de los seguidores blanquiverdes. El desconocido en agosto, que llegó desde la Segunda B y que había pasado por la liga de Australia y por el banquillo del Alcorcón durante unas semanas, es ahora alguien importante. En Córdoba ha dado un paso adelante en lo personal y en lo profesional, con episodios cruciales en los últimos días. El viernes pasado recibió permiso del club para abandonar la concentración en Barcelona y poder asistir al parto de su primera hija. Apenas unas horas después, tras un viaje relámpago, regresó con su equipo para ponerse a las órdenes de Sandoval. Salió con una camiseta de titular y fue, una vez más, un elemento referencial en el campo. Los rivales le temen. Esta vez no marcó -le tocó a dos centrales: Quintanilla y Aythami-, pero cumplió su cometido con la entrega habitual.

El jumillano juega desde hace semanas con una presión extra. Se mantiene con cuatro tarjetas desde que le enseñaron la amarilla en El Sadar ante Osasuna el 15 de abril. Desde entonces ha salido al césped con la amenaza latente de la suspensión. ¿Y cómo ha llevado esa presión? Pues francamente bien. Marcó gol en todos los partidos (Sevilla, Leonesa, Huesca, Rayo) y en el último en El Arcángel, ante el Almería, su remate final para el 1-0 tocó en René y el árbitro lo consignó en el acta como tanto en propia puerta del rojiblanco. Dio, además, el pase de gol con el que Quim Araujo abrochó el triunfo por 2-0. En Reus, en un partido caliente, terminó sin ser amonestado y abrazado a sus compañeros en la piña que selló un triunfo clave: el que marcó la puerta de salida del descenso.

El próximo sábado, el Córdoba-Sporting se presenta con la etiqueta de partido de partidos. Y ahí estará Sergi Guardiola, situado en el centro de los focos. Es el goleador de cabecera, el ariete cotizado, el que renovó su contrato en medio de la temporada para adecuarlo a su nueva realidad -hasta 2022 y con 15 millones de cláusula-, el padre primerizo y el futbolista redimido para la causa de su profesión. En agosto no alcanzaba a ser jugador de Segunda y ahora despide aroma a Primera. Acaba de cumplir 27 años. Suceda lo que suceda a partir del 30 de junio, Guardiola ha escrito un capítulo sobresaliente en la historia del Córdoba.

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