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Con la mirada perdida bajo el implacable sol de Córdoba

Aficionados en las gradas de El Arcángel. FOTO: MADERO CUBERO

Rafael Ávalos

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El Córdoba deja escapar el triunfo ante el Zaragoza y las gradas vuelven a conocer la sensación de una felicidad esquiva mientras el sol aprieta

Su semblante es distinto, ahora que prueba el trago amargo de la derrota. Está mucho más seria. Habla sin pronunciar palabra. Calla pero lo dice todo. Sus ojos rompen el silencio, reflejan lo que siente. Quizá se pregunte cómo pudo suceder, qué ocurrió en apenas unos segundos para que todo se derrumbara. Aún quedan futbolistas sobre el césped. Están abatidos. Pero no los mira. Atiende a un horizonte vacío en que sólo hay aficionados que andan igual que ella. Baja las escaleras lentamente. Le preceden muchos rostros huecos de felicidad, labios que se abren y cierran con explicaciones que se quieren entender. Quiere caminar más rápido y no le es posible. Cuando llega al vomitorio suspira. Busca la salida. Es urgente. Ansía abandonar el calor del estadio y padecer el calor de una inmensa explanada que dibuja poco a poco días de fiesta. Esa fiesta que hoy no es posible. Observa vendedores que recogen sus puestos, los últimos de un mercadillo que también encuentra su final.

“Todo pasaba por ganar en casa”, asegura a la nada. Le rodean decenas de personas que opinan igual. Unos son más optimistas, otros menos; todos tienen mala cara. No existen sonrisas. No se dan diálogos vivos. Los que miran más allá de lo que en este instante les ocasiona una enorme desazón y los que creen que la historia se acaba a cada paso caminan de la misma manera. Es cansino el trayecto, más si el sol no da el más mínimo respiro. Hace calor, aunque por dentro sienten frío. Marchan abatidos. Y ella se asfixia en su tristeza. Piensa en lo que pudo ser y no es. Es hora de comer y, sin embargo, no tiene apetito. Alcanza la Puerta 00 y desvía su mirada hacia ella. Gira levemente el cuello y su semblante cambia nuevamente. El pesar es mucho más profundo. Quiere comprender, pero no consigue hacerlo.

El tiempo no se detiene. Los periodistas se dirigen, rápido, a la zona de prensa. Los trabajadores del club terminan de hacer todo cuanto deben y a cuentagotas salen del estadio. Todo en esa misma puerta. Ella levanta la cabeza y mira la efigie de San Rafael. Cierra los ojos. Cuando los abre ha de esquivar con presteza a otro aficionado que anda igual de aturdido. Respira profundamente y gana fuerzas para marchar a mayor ritmo. Avanza hacia no sabe muy dónde. El calor aprieta, encima. En las gradas ya vacías se mantiene la pregunta. ¿Cómo pudo suceder? ¿Qué ocurrió? Sólo unos segundos lo cambian todo. Un gol en el último suspiro arrebata el triunfo al Córdoba. El conjunto blanquiverde vuelve a permitir que se le escape una ventaja en su casa, ésa en que parece sentirse extraño. La misma que vibra cuando Pedro muestra la senda a seguir. El Zaragoza golpea duro. Se lleva los tres puntos. Y ella llega a un semáforo. Está en rojo para los peatones.

Quizá sea la metáfora perfecta para describir todo cuanto siente en este justo instante. Se encuentra con una amiga, que le saluda con rostro serio. Le extraña, porque Felicidad siempre sonríe. Hoy no lo hace. Las dos toman el mismo rumbo. Buscan sus destinos. Caminan una junto a otra, pero no pronuncian palabra. Probablemente no sepan qué comentar. Cuando se despiden, los ojos vuelven a hablar. Algunos esperan el autobús, otros toman un refrigerio en la terraza de un bar y ella abre la puerta del portal. La temperatura se rebaja y está más cómoda. Parece descansar. Está en casa, en la que hace su vida diaria y no en la que deja atrás. Ilusión quiere regresar a El Arcángel, pero recuerda cómo lo abandona por el vomitorio después de un varapalo más. “Otra vez tiene que ser”, piensa. No cada partido puede terminar igual. Y le cambia el semblante. Tiene mejor cara. Aún restan estaciones para soñar.

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