La Media de Córdoba: cómo hemos cambiado

Atletas, en la Media Maratón de 2019 a su paso por Las Tendillas | ÁLEX GALLEGOS

Bien pueden servir los dos primeros versos de una de las canciones más exitosas de Presuntos Implicados. "¡Ah! Cómo hemos cambiado, qué lejos ha quedado", comienza el tema precisamente titulado Cómo hemos cambiado. Soledad Giménez, con su voz siempre gustosa, recuerda lo que supone el transcurso de los años. Y la idea sirve a la perfección para recorrer la historia de la Media Maratón de Córdoba. Porque la prueba más importante del atletismo provincial no es ahora como fuera antaño, y viceversa. El paso del tiempo la modifica sustancialmente para bien, con un crecimiento que ya se refleja tan sólo en la diferencia del número de participantes desde 1985 hasta hoy. De apenas 514 atletas en su primera edición llega a los, nada más y nada menos, más de 8.000 de las últimas cuatro. Con todo, no es ésta la única variación que registra una cita que, por la pandemia de Covid-19, queda sin celebrarse por primera vez en 2020.

El domingo es el día que en principio señaló en el calendario el Instituto Municipal de Deportes (Imdeco) para la disputa de una carrera que en los últimos tiempos fue algo más. Se convirtió en una auténtica fiesta del deporte pero también en un reclamo de la capital. No en vano, recientemente fueron muchos los corredores foráneos, y no sólo de España sino de otros países, los que quisieron participar en una Media Maratón de primer nivel. Aun cuando no faltaron a veces los defectos e incluso las polémicas. En cualquier caso, el impulso de la emblemática prueba es fácilmente comprobable con apenas revisar las cifras de deportistas con dorsales desde el inicio hasta las fechas actuales. El 24 de noviembre de 1985, cuando arrancó la aventura, 514 atletas dieron forma al proyecto en el trazado cordobés. Sólo 409 consiguieron completar la distancia de 21 kilómetros.

Si bien poco a poco se elevó el número de corredores no fue hasta el 27 de noviembre de 1994 cuando la Media Maratón contó por vez primera con más de un millar. En su décima edición compitieron 1.141. Casi otra década hubo que esperar para superar la nueva barrera, la de los 2.000. Ocurrió el 30 de noviembre de 2003, con 2.252 en total. Ya en 2009 fueron 2.088 los dorsales repartidos y en 2012 se llegó a los 4.000 -con el cupo completo-. Pero fue a partir de 2014, con la carrera el 30 de noviembre, cuando se produjo la expansión de la prueba hasta alcanzar su récord de 8.750 corredores en 2018. La subida fue paulatina desde entonces, al escalar primero hasta los 6.000, después hasta los 7.000 y en 2016 hasta los 8.000. Este último año es el que terminó de consagrar la competición cordobesa pues ya nunca se bajó de esa cifra.

Aun así, la variación en cuanto a número de participantes no es la única que tuvo lugar a lo largo de las ediciones. Sin ir más lejos, el Imdeco introdujo varias modificaciones en el circuito planteado en la capital. En 1985, con salida también en torno al Paseo de La Victoria, la presencia en el casco urbano y sobre todo en el histórico apenas se dio. Nada tenía que ver ese trazado con el actual, tras el rediseño de hace algo más de un lustro. Para empezar, la línea de meta se trasladó a un marco inigualable como lo es la Puerta del Puente. Esto suponía -y supone- cerrar la carrera con paso junto a la Torre de la Calahorra y con cruce del Puente Romano. También ante la Mezquita Catedral. La decisión fue un acierto, ya que aportó más atractivo si cabe a la Media Maratón. Y además se concedió más tránsito al casco urbano en su centro, con puntos como las plazas de Colón y Las Tendillas o calles como Cruz Conde y Gondomar.

Pero durante estos 35 años no sólo varió de manera clara la prueba. También lo hizo, como es lógico, la propia ciudad. Y la Media Maratón se convierte hoy por hoy en una vía de conocimiento, para saber cómo era Córdoba en 1985 a diferencia de cómo es actualmente. Principalmente en su aspecto. El Puente Romano, por ejemplo, ofrecía una estampa muy distinta a la de ahora, con estrechas aceras junto a los pretiles y una calzada de adoquín viejo para los vehículos. Tampoco era igual la plaza del Triunfo, en la que, entre otras cuestiones, no podía caminarse bajo la Puerta del Puente ni había al descubierto los restos que rodean dicho espacio. La Ronda de Isasa y el Paseo de La Ribera se veían atestados de coches, sin carril bici, entonces ni imaginado. O la plaza de Las Tendillas era también de tránsito motorizado, con el Gran Capitán en el centro pero en una estampa muy diferente. Y, por cierto, el Puente de Miraflores no existía.

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