El fútbol es calor

Casi catorce mil seguidores se reunieron en El Arcángel. FOTO: LARREA
La victoria no se debía escapar y así, parapetados con inteligencia emocional, lo hicieron ver los futbolistas blanquiverdes hasta el final

El fútbol es calor. Fuego, sangre ardiente en las venas que conduce -diligente- el aire a las gargantas y acomete insensateces, en la mayoría de las ocasiones sanas y muy dignas. En las gradas de El Arcángel, iluminadas en abril por un sol de julio, no había este domingo casi hueco para el reproche ni para el castigo. Tampoco lo había casi para otros cordobeses que quisieran aprovechar las entradas rebajadas. A tres euros, un partido de Liga Profesional. Casi un regalo.

En estas tesituras, los aficionados de pedigrí se dividen. Los hay que prefieren el llenazo aún a riesgo de apreturas y de agravios comparativos sobre el precio del abono. Otros, por el contrario, más puristas, entienden que quien desee ver un espectáculo se debe convertir antes a la causa blanquiverde y no sumarse al carro en los días señaladitos. Unos y otros tienen su parte de razón, pero es evidente que en estas fechas es cuando se vive en todo su esplendor sociológico la esencia de este circo de masas.

Cada vez que suena el videomarcador un señor afirma: “Ha sido el Valencia”. No. No es. La primera vez puede resultar singular su interés, salvo que sea aficionado ché. Pero no. Cada vez que suena el pitido y el estadio mira al cielo el mismo caballero afirma que hubo gol en Mestalla. Llegó a comentarlo en todos y cada uno de los que sonaron durante los noventa minutos. Acertó, cuestión de estadística, tres veces nada más. Otro insulta a diestro y siniestro. Sin ton ni son. “Carvo, carvo, ya no se les dice carvos a los árbitros en el fútbol”. Se intuye que hacía tiempo que no olía el verde.

Burlaba el dios del balón un merecido triunfo a los locales en la primera mitad. El del Valencia, a lo suyo; el faltón, a lo suyo y el común de El Arcángel levanta brazos, puños y cuerpos cuando se comete un claro penalti en el área rival sobre el mejor del encuentro, Pedro. Arcediano Monescillo no tiene más remedio que verlo. Gol de Abel poco antes del descanso. Se abre el debate mientras se quita los polvos del traseros. Hay esperanzas: “Hoy veo al equipo mejor, pero falta...”.

Faltaba rematar la faena y el Alcorcón, sabiéndose vivo cuando podría estar sepultado tras lo visto en el primer acto, afronta el encuentro con brío renovado tras el descanso. Merece más, pero prueba de su medicina. Arturo se pone las gafas de ver tras marcar. Se funden los quince mil -pero los doscientos eméritos del Alcorcón- en otro grito liberador. La victoria no se debía escapar y así, parapetados con inteligencia emocional, lo hicieron ver los futbolistas blanquiverdes hasta el final. Un final extrañamente plácido. Un final que devuelve, por fin, las buenas sensaciones al estadio.

Y un detalle postrero que demuestra que en el fútbol, amparados en su calor, la opinión como la libertad no es -ni debe ser- propiedad de una sola mente. Aplausos al gol del Alavés que empata el del Castilla (una vez más, el señor insiste con que había marcado el Valencia. No), conjunto que marca la frontera del descenso. Justo en ese mismo momento una paloma sobrevuela el campo y alguien -el señor que tantos improperios lanzaba en la primera mitad- exclama: “Una paloma blanca, una buena señal, este año ascendemos”.

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