Caballero, poco oxígeno en mitad de la asfixia

Carlos Caballero, en un lance del partido ante el Huesca | MADERO CUBERO

El Córdoba CF parece condenado al desastre. Por lo civil o por lo penal. No se vislumbra otro camino. En una mañana de ambiente gris, y en la que las condiciones meteorológicas eran lo de menos, los blanquiverdes volvieron a hundirse en su paupérrima dinámica. Como si Murphy se hubiera colado en el cuerpo del Arcángel San Rafael en los aledaños del estadio. Si algo puede salir mal, probablemente saldrá mal. Carrión movió de nuevo fichas en el once inicial, dando entrada a un Carlos Caballero, que llevaba sin salir de inicio desde el encuentro de ida en la Copa frente al Alcorcón (sus últimos minutos fueron en casa ante el UCAM). El mediocentro madrileño cumplió, en cierta medida, con las exigencias impuestas sobre él.

Caballero se mantuvo correcto en la medular, logrando dar estabilidad a su equipo en la zona defensiva, y haciendo llegar con frecuencia el balón a los pies de Javi Lara, por el cual pasaron prácticamente todas las buenas acciones ofensivas del Córdoba CF. Incluso tuvo cierto protagonismo en el área del Huesca como un balón servido a Piovaccari en la primera mitad, o un disparo completamente solo ante el portero en el 39. No obstante, la pólvora seguía mojada. Además, también estaría contagiado de la inestabilidad atrás. El nerviosismo por la situación y la necesidad de puntuar provoca, a veces, el descuido. Un despiste que dejó un balón franco para Samu Sáiz, pero que, para fortuna de los de Carrión, éste golpeó alto.

Con sus respectivos matices, el centrocampista protagonizó una actuación correcta. Una bocanada de oxígeno insuficiente en mitad de la asfixia crónica que parece atravesar la plantilla. Caballero condujo bien la sangre blanquiverde del cerebro al corazón, algo de lo que se impregnó practicante todo el equipo, pero las piernas volvieron a quedar muy lejos. Inoperancia, y algo de mala fortuna arriba, auspiciadas por un gol que deshizo del todo los hilos construidos. El segundo tan solo sirvió para rematar a un moribundo. Su imagen tras el pitido final, exhausto y solo en el banquillo, refleja a la perfección la atmósfera que se vive en la entidad califal.

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