Al pellizco por todos los medios

Noche Blanca del Flamenco 2018 | TONI BLANCO

En la biografía de Joaquín Rodrigo, cuya obra El Concierto de Aranjuez ha interpretado el guitarrista malagueño Daniel Casares en el pistoletazo de salida de la undécima edición de La Noche Blanca del Flamenco, se cuenta cómo el maestro se enfadó muchísimo al conocer que un trompetista afroamericano llamado Miles Davis había perpetrado una versión de su pieza para trompeta en clave de jazz. Rodrigo no entendía, nunca lo hizo, que alguien pudiera coger su partitura sin pedir permiso y llevarla a un registro tan alejado de lo que él había imaginado.

La historia de siempre. Al flamenco le ocurre lo mismo. Tiene numerosos guardianes que no consienten que nadie, ni siquiera los suyos -Morente o Camarón-, se lo lleven a registros que lo priven de la pureza con la que -a su juicio- fue concebido este arte. Y el flamenco, erre que erre, sigue su ritmo imparable de reivindicarse en la mezcla con todas las músicas habidas y por haber.

Hablamos de un arte que impregnó el llamado rock andaluz, este sábado también presente en La Noche Blanca en el repertorio que Alba Molina ha cogido “prestado” de su padre Manuel Molina; que se fusionó con los sonidos negros en los años 70; que acogió con gusto sonoridades africanas o étnicas en los 80 y los 90; que abrazó el ruidismo punk con el cambio de milenio -el impacto de Omega fue tardío- y que, en los últimos tiempos, no ha tenido más remedio que abrazar a la música electrónica, que, lo queramos o no, es el sonido de esta época.

Y el buen flamenco, como todo buen arte, aunque atemporal, siempre es un reflejo de su tiempo. Eso ha sido exactamente la undécima edición de La Noche Blanca del Flamenco, una visión de todos los senderos que puede transitar el arte flamenco para llegar al pellizco. Que, para quien esto escribe, no es otra cosa que la capacidad de tocar a alguien sin rozarlo y sin renunciar a ser uno mismo en el camino. Canto igual que siento. Siento igual que soy.

Ese pellizco lo ha tenido esta noche Casares, un guitarrista joven que se ha atrevido con el maestro Rodrigo y también con su propia obra La Luna de Alejandría, que ha sonado a flamenco sinfónico en manos de la Orquesta de Córdoba en una Plaza de las Tendillas que este año no ha tenido fuente para mitigar el calor. El verano estaba invitado a esta cita desde que se puso en marcha en 2008 y no ha habido año que haya fallado.

Lo que se ha notado por segunda vez es un mejor tránsito por algunas zonas de la ciudad durante el festival. Es una buena idea la de hacer coincidir varios espectáculos y que la muchedumbre se reparta. Mejora la experiencia, mejora la escucha y mejora el flamenco. En todos los sitios, salvo en una atestada Plaza de la Corredera y en el Patio de Los Naranjos, donde han sonado respectivamente los cantes de José Mercé y Rocío Márquez, se ha podido disfrutar con absoluta comodidad de los espectáculos. Incluso en estos dos también, aunque no ha habido respiro ni silencio, y especialmente en la Corredera, no se ha respetado el tempo.

Quizá el más fresco de todos los conciertos, por ubicación y por el discurso, ha sido el que ha ofrecido Niño de Elche en el Centro de Creación Contemporánea. Francisco Contreras y su pianista, Susana Hernández, venían directamente de triunfar en una plaza tan poco flamenca con el Festival Sonar, lo que, por un lado, aportaba coherencia a su elección y su incursión en el C3A; y, por otro, daba el empujón definitivo a los prejuicios de los puristas, que tienen que lidiar con estas nuevas formas de arte que, sin querer ser flamencas, lo son.

A su concierto, todo sea dicho, no han faltado los de siempre, ese gran reducto de fans que no falla cada vez que pisa Córdoba, bien sea a cantar o para recitar extractos de su libro -editado por Bandaaparte- en Cosmopoética. También había muchos otros curiosos y dispuestos a penetrar en su mundo. Milagrosamente, no ha habido silbidos para el arte contemporáneo, y Contreras y su banda han sabido imponerse a los problemas técnicos previsibles salvo al final, cuando se han quedado sin sonido exterior y se han despedido de forma un tanto fría. Aún así, han ofrecido un recital de cante fracturado en un primer tramo y de caos controlado y libertad absoluta en la segunda mitad. Por encima de los gustos, está el riesgo. Contreras lo asume y lo ejecuta como pocos.

Casi al mismo tiempo, la onubense Rocío Márquez, que ha demostrado sobradamente sus inquietudes vanguardistas en sus dos últimos discos -El Niño y Firmamento-, aparecía en el Patio de Los Naranjos con una visión más tradicional pero también muy suya del Romance a Córdoba de Pepe Marchena, otro visionario del flamenco. Con su voz clara, Márquez tenía todo para enamorar a la ciudad en una cita para la que parecía estar hecha. Cumplió sobradamente. Quizá éste sea el inicio de un idilio entre Córdoba y la cantaora, que este miércoles confesaba que tenía muchas ganas de debutar en una cita a la que ha asistido varias veces de público.

El mismo idilio que tiene este festival con el arte jerezano y con uno de sus maestros, José Mercé. Tercera vez que viene a la Noche Blanca y tercera vez que llena la plaza que toca. Mercé está en buena forma artística y va tan sobrado que ha optado por recuperar el formato de toda la vida -guitarra, palmas y cantaor-. Sale ganando. A unos metros, en la Plaza del Potro, Diego Carrasco iba más allá con su fiesta flamenca de 50 aniversario. No M'arrecojo se llama el disco que le ha juntado con la plana mayor de la música española, y que en Córdoba ha traído rodeado de sus familiares en un concierto irregular en el que se ha echado en falta más empuje.

El fin de fiesta ha sido una vuelta al principio de esta crónica. Una de las voces del nuevo flamenco, Alba Molina, cantando por su padre, por su madre, y por la madre que los parió a todos. Al contrario que el maestro Rodrigo, el maestro Manuel Molina estaría encantado con que le quitaran lo suyo y lo llevaran donde a cada uno le de la gana. Su figura se va agigantando con los años, paso a paso, y a ello contribuye sin duda Alba Molina, que sabe que el legado de su padre es pura dinamita en sus entrañas y en su garganta. Otro repizco cuando la Noche Blanca estaba llegando a su fin.

“Que nadie vaya a llorar el día que yo me muera”, decía también Molina. A quienes sostienen que el flamenco tiene que ser puro e inerte, Córdoba les ha deseado una muerte a pellizcos en la undécima Noche Blanca.

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