Así eran los enormes jardines de Medina Azahara en el siglo X: más de 9.000 árboles regados por un antiguo acueducto romano
Madinat Al Zahara (o Medina Azahara) no llegó ni al siglo de vida. La ciudad palatina del califa cordobés Abderramán III abrió sus puertas en el año 940. En el 1016 fue arrasada hasta los cimientos por los bereberes. Pero en esos 75 años de vida, Medina Azahara fascinó a Europa Occidental y se convirtió en uno de los cénit de la arquitectura andalusí (junto a la Mezquita, la Alhambra o la Giralda).
Abderramán III proyectó la construcción de la ciudad desde la que decidió gobernar Al Andalus, a un puñado de kilómetros de Qurtuba, como una enorme y lujosa finca de recreo. Medina Azahara fue una almunia, pero a lo grande. Y en este tipo de construcción los jardines ocupan un papel central, tanto a nivel estético como, también, económico. Esa es una de las principales conclusiones del estudio desarrollado por el Instituto Arqueológico Alemán, que a través de un proyecto “no invasivo” ha podido reconstruir cómo eran aquellos admirados y enormes jardines de Medina Azahara, alimentados por el agua milenaria que le aportaba el antiguo acueducto romano del Aqua Vetus, construido en el siglo I para suministrar la saludable agua de Sierra Morena a la ciudad de Corduba.
Esos jardines, de los que en la actualidad solo se ha excavado su parte monumental, un pequeño espacio dividido en dos (Jardín Alto y Jardín Bajo), era a la vez una enorme extensión de terreno en la que no había menos de 9.000 árboles cultivados de forma geométrica. Esos árboles eran principalmente olivos. Pero también encinas o almeces. Y a su sombra crecía (y se cultivaba) una exuberante vegetación que también se utilizaba en el día a día para el funcionamiento de una ciudad en la que cabían ejércitos enteros, la corte de uno de los mayores estados europeos del siglo X (cuando no del mundo) y recibía constantemente la llegada de embajadas del extranjero.
Para reconstruir la fisonomía exacta de este vergel medieval sin dañar el terreno agrícola actual, el equipo científico liderado por el arqueólogo Felix Arnold recurrió a técnicas de teledetección avanzadas entre 2017 y 2018. Por un lado, se realizó un análisis topográfico de alta resolución mediante tecnología LiDAR utilizando las nubes de puntos del Instituto Geográfico Nacional. Por el otro, el geofísico Tomasz Herbich llevó a cabo una prospección geomagnética con magnetómetros de puerta de flujo (fluxgate gradiometers) sobre una superficie de 10 hectáreas.
El resultado fue espectacular: el mapa magnético desveló con total nitidez la ubicación de muros ocultos, andenes peatonales de piedra, balsas de agua y, lo más sorprendente, miles de anomalías magnéticas correspondientes a las zanjas y hoyos de plantación de los árboles que llevaban más de un milenio enterrados bajo los sedimentos.
32 hectáreas
Con una extensión totalizada de 32 hectáreas (320.000 metros cuadrados), el jardín de Medina Azahara no era solo el espacio verde más grande de la Córdoba califal, sino un gigante a escala mundial. El estudio revela que este jardín superaba en tamaño al de los califas fatimíes en El Cairo (de unas 11 hectáreas) y competía directamente con los colosales jardines imperiales de la dinastía abasí en Samarra (Irak).
Esta escala desmesurada respalda una hipótesis fascinante de los investigadores: en su fundación en el año 940, el complejo no fue diseñado como una “ciudad” real. Carecía de mezquita aljama, de mercados y de las infraestructuras necesarias para albergar una población urbana común. En su origen, Abderramán III concibió este espacio como una gigantesca finca de recreo y producción agropecuaria. De hecho, los textos de la época sugieren que su nombre inicial no fue Medina (ciudad), sino Munyat al-Zahrā (la Almunia de la 'Ciudad que brilla').
Mantener con vida un bosque geométrico de más de 9.000 árboles en el riguroso verano cordobés requería un esfuerzo de ingeniería monumental. Para ello, Abderramán III rehabilitó el acueducto romano de Valdepuentes (el antiguo Aqua Vetus), construido en el siglo I bajo el mandato del emperador Augusto para abastecer a la Córdoba romana.
El agua del acueducto llegaba por el norte de la finca y se almacenaba en grandes albercas reguladoras antes de ser distribuida por gravedad. El diseño hidráulico andalusí aprovechó la topografía natural de forma magistral: los tres grandes canales principales de irrigación corrían de norte a sur aprovechando ligeras lomas del terreno. De este modo, el agua se desbordaba lateralmente hacia las parcelas cultivadas. Los amplios andenes peatonales, construidos en las depresiones o vaguadas, actuaban como colectores secundarios que canalizaban y evacuaban el agua sobrante hacia el exterior, según detalla este estudio.
La prospección geofísica detectó acequias de tierra secundarias espaciadas a tan solo dos metros de distancia entre sí. Esto demuestra que, bajo la copa protectora de los olivos, encinas, almeces y fresnos, los andalusíes cultivaban un jardín en varios niveles, una técnica agrícola que optimizaba el agua y el espacio, y que todavía hoy es común en los oasis y huertas tradicionales en zonas de Marruecos.
Los análisis de polen han confirmado que en este nivel inferior crecía una exuberante variedad de plantas ornamentales, flores y hierbas aromáticas. Entre ellas destacaban los mirtos (arrayanes), los azufaifos, la lavanda, las adelfas, la albahaca y el apio caballar. Así, el vergel califal fusionaba de manera fluida su función estética y de recreo con una altísima productividad agrícola orientada a abastecer a la enorme corte del califato.
La perspectiva del califa y la geometría del triángulo equilátero
La planificación espacial del vergel seguía el modelo clásico del čahār-bāġ (jardín cuatripartito o jardín crucero de origen persa). Dos grandes avenidas peatonales de entre cinco y diez metros de ancho se cruzaban en el centro dividiendo el jardín en cuatro inmensos cuadrantes.
Sin embargo, el jardín no formaba un cuadrado perfecto; medía 620 metros de longitud de este a oeste y 520 metros de norte a su sur. El estudio desvela que esta proporción corresponde de manera casi exacta a la geometría de un triángulo equilátero. Lejos de ser un error, esta asimetría estaba meticulosamente calculada para adaptarse al campo visual humano. Si el jardín hubiera sido más profundo, los bordes laterales habrían quedado fuera de la vista de un espectador situado en el centro de las terrazas superiores. Gracias a esta proporción áurea, el califa podía contemplar todo su imperio verde de un solo vistazo, sin necesidad de mover la cabeza.
Para disfrutar de esta panorámica privilegiada, en la esquina noroeste, sobre una colina que se elevaba diez metros sobre el jardín, se levantó un gran palacio fortificado de gruesos muros que hacía las veces de gran mirador califal: El Belvedere (manẓar). En el extremo opuesto, en el muro sur, la prospección detectó una gran puerta monumental con entrada en doble recodo. Las intensas anomalías térmicas captadas por los magnetómetros revelan que este edificio fue destruido por un incendio pavoroso, un mudo vestigio arqueológico del trágico saqueo de la ciudad a manos de las tropas bereberes en noviembre de 1009.
Por último, el estudio aclara la posición que ocupaban el Jardín Alto y el Jardín Bajo dentro del conjunto. Estos espacios amurallados e íntimos, que son los únicos excavados arqueológicamente en la actualidad, no pertenecían al plan original del año 940.
Fueron “intrusiones” arquitectónicas posteriores. El Jardín Alto se construyó entre los años 953 y 957 para acompañar la edificación del célebre Salón Rico. Concebidos como auténticos jardines secretos se cerraron al exterior mediante altos muros para aislar visualmente a los cortesanos de la inmensidad del paisaje agrícola exterior. En ellos se practicaba una jardinería mucho más delicada, variada e intensiva, destinada exclusivamente al disfrute íntimo del soberano y las recepciones diplomáticas de mayor rango.
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