La Orquesta de Córdoba debuta en Medina Azahara a los 27 años

Concierto de la Orquesta de Córdoba en Medina Azahara | MADERO CUBERO

Veintisiete años. Es el tiempo que ha tardado la Orquesta de Córdoba en encontrar el momento para ofrecer un recital en la ciudad califal de Medina Azahara. Casi tres décadas antes de que los músicos del conjunto tocaran como protagonistas en el yacimiento arqueológico patrimonio de la Humanidad.

Ha tenido que llegar una pandemia que empujara a los responsables culturales a buscar espacios abiertos al aire libre para concretar un encuentro que, en realidad, estaba destinado a ocurrir. Al menos desde hace dos años, cuando justo se dieron dos efemérides: Medina Azahara consiguió el título de la Unesco y comenzó a programar conciertos con regularidad; al tiempo que la Orquesta celebraba sus 25 años.

El director del yacimiento, Antonio Vallejo, fue quien confirmaba este miércoles la curiosidad de la efeméride. Nunca antes se había producido este encuentro, según recordaba quien ha dirigido el yacimiento durante 28 años y que acaba de volver a tomar las riendas. Así, tardío o en su momento justo, el concierto se ha producido finalmente una noche de julio.

Ha sido en el Salón Basilical y con todas las entradas vendidas. Con todas las medidas de seguridad ante la pandemia también presentes -esto es, distancia entre espectadores y mascarilla presente en todo el espectáculo-, y con la suerte de que, en mitad de los avisos por altas temperaturas, la de este jueves ha sido la jornada más agradable climáticamente hablando de los últimos días.

De todo eso se han beneficiado los espectadores y el conjunto, que se ha presentado en el yacimiento con un espectáculo llamado Los sonidos de Medina Azahara. Bajo la dirección de Carlos Domínguez Nieto, el recital ha tenido dos partes diferenciadas.

En la primera, una orquesta de cuerdas ha abordado las obras Vistas al mar de Eduardo Toldrá, Instante de Igmar Alderete Acosta, y la Serenata para cuerdas de Joaquín Turina.

La segunda parte ha sido para los vientos, que han tenido que distanciarse también por motivos sanitarios -soplar fuerte hoy en día no está demasiado bien visto-. La obra escogida ha sido una de las grandes obras escritas para los vientos de una orquesta como es la Serenata de Antonin Dvorák.

Una función sobria y estimulante que ha marcado por fin un encuentro largamente acariciado.

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