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ENTREVISTA

Moreno Calderón reivindica a los clásicos frente a la ignorancia del pasado pianístico: “Vivimos en la superficie”

Entrevista a Juan Miguel Moreno Calderón

Juan Velasco

29 de marzo de 2026 19:56 h

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Cuenta Juan Miguel Moreno Calderón que el nuevo libro que ha publicado Los pianistas que dejaron huella, nace tanto como homenaje a una época dorada, como en respuesta a un presente difuso, en el que, aunque tengamos acceso a toda la información en nuestra mano, a menudo desconocemos el pasado. Eso venía atisbando entre los intérpretes jóvenes y estudiantes del Conservatorio este catedrático de piano, que también es el coordinador general de Políticas Culturales del Ayuntamiento de Córdoba.

Aunque hoy toca aparcar la política para hablar de Los pianistas que dejaron huella, un recorrido apasionado y riguroso por el pianismo del siglo XX, algo así como la época dorada, rescatando a 42 intérpretes que transformaron para siempre la manera de entender el instrumento y la soledad del escenario. El libro, publicado por Berenice (integrada en el grupo Almuzara) a finales de 2025, combina memoria personal, vocación pedagógica y un profundo respeto por la tradición interpretativa.

Es una lectura amena, a medio camino entre el ensayo divulgativo y el homenaje, y en la que ya estaba inmerso cuando retomó su rol político en el Ayuntamiento. Se le ve satisfecho con ella: Moreno Calderón cuenta que ha intentado conectar la historia del pianismo moderno y reivindicar figuras esenciales cuya influencia sigue resonando hoy. Y ha escrito el libro que le gustaría haber leído a él cuando era un joven ávido de saberes pianísticos y no existían esos dispositivos que, a golpe de dedo, daban acceso a más conocimiento del que uno puede absorber.

No soy un destructor de mitos: el morbo distrae del verdadero legado musical

PREGUNTA. ¿Dónde nace la necesidad vital de escribir este libro sobre los grandes pianistas del siglo XX?

RESPUESTA. Nace de un componente personal inmenso y de mi propia historia. Tuve la suerte de nacer en una familia donde la música clásica estaba muy presente; mi madre era profesora y mi padre, aunque era funcionario y abogado, era un gran melómano. Desde muy pequeño crecí escuchando a Maria Callas y discos de 78 revoluciones, por lo que para mí estos pianistas son presencias familiares que me han acompañado toda mi vida. Además, como profesor en el conservatorio, sentí una enorme necesidad de transmitir esta pasión a las nuevas generaciones. Me causaba cierto estupor ver a jóvenes que llevaban doce años estudiando piano y que hoy te hablan de Lang Lang, pero desconocen por completo quiénes fueron Alfred Cortot o Artur Schnabel. Porque la cosa es que aunque vivimos en la sociedad del conocimiento, paradójicamente nos quedamos en la superficie. Y este libro es un acto de amor a la música, pero también de rebeldía ante el olvido, buscando que los más jóvenes se sumerjan en un siglo entero de fonografía.

P. El libro de Harold C. Schonberg fue un referente para ti en el pasado. ¿Buscabas llenar un vacío similar en la literatura musical actual en español?

R. Totalmente. Yo recuerdo que en mi juventud devoraba revistas, discos y cualquier información que pudiera nutrirme. El libro de Schonberg, cuya versión original es de 1967 aunque llegó a España traducido a finales de los 80, me impresionó muchísimo porque me permitió conocer a los intérpretes más allá de sus grabaciones. En español no existía un libro de esta naturaleza centrado exclusivamente en los pianistas del siglo XX. Hay textos menores en francés o la obra del italiano Piero Rattalino, pero hacía falta algo así en nuestro idioma para divulgar esta cultura.

P. Seleccionar a los protagonistas debe haber sido una tarea titánica. ¿Cómo decidiste quién entraba y quién se quedaba fuera?

R. Fue verdaderamente un sufrimiento, porque el límite me lo marcó la editorial en 400 páginas. Aunque, a decir verdad, aunque me hubiera gustado llegar a 600, aún así me habría quedado corto. Al final, he seleccionado a 42 pianistas basándome también en un componente personal y subjetivo, abarcando distintas nacionalidades y estilos, pero sí centrado en una etapa histórica concreta como es el siglo XX. Buscaba equilibrar generaciones, desde los nacidos en los años 20 hasta la extraordinaria generación de los años 40, que es verdaderamente irrepetible e incluye a monstruos como Daniel Barenboim, Maurizio Pollini, Radu Lupu, Martha Argerich y Murray Perahia.

Entrevista a Juan Miguel Moreno Calderón

P. Con esa selección, por tanto: ¿A qué ha sonado el siglo XX en lo que a pianismo se refiere?

R. El siglo XIX fue el siglo de oro del piano impulsado por la burguesía y coronado por la gran tradición romántica de Liszt, donde las funciones del compositor y del intérprete no estaban separadas. El siglo XX, sin embargo, es el de la dispersión estilística, el surgimiento de las grandes escuelas estadounidense y soviética, y la especialización definitiva del intérprete. Fundamentalmente, el sonido del siglo XX es el paso de la subjetividad romántica al objetivismo filológico y el respeto absoluto a la partitura. Si escuchas a Ignacy Jan Paderewski, notarás que toca la pieza a su propia manera romántica; Arthur Rubinstein marcaría luego el canon de la modernidad equilibrada, y finalmente Maurizio Pollini representaría el máximo respeto al texto del compositor por encima del ego del intérprete. Hoy en día, en cualquier concurso internacional, salir a tocar con las libertades licenciosas del siglo XIX supondría ser desautorizado de inmediato.

Este libro es un acto de amor a la música, pero también de rebeldía ante el olvido

P. La personalidad de cada intérprete tiene un peso proverbial a lo largo del libro, que muestra que, aunque existan ciertas escuelas cerradas, cada intérprete que se convirtió en figura lo hizo por aportar una mirada propia.

R. Hay pianistas que aportaron visiones radicalmente distintas que desmitificaron las convenciones. Friedrich Gulda, por ejemplo, era un hombre en rebeldía que tocaba jazz, se negaba a vestir de frac y tocaba a Mozart a su manera, demostrando una inteligencia conceptual inmensa detrás de su aparente excentricidad. Luego está el caso de Glenn Gould, que fue un genio absoluto que revolucionó a Bach y retó todas las convenciones posibles. Mucha gente se queda con la anécdota de que tocaba en una silla bajita, destartalada, pero su genialidad era tal que, estando en la cresta de la ola, abandonó los conciertos en directo porque le molestaban los fallos y se encerró a grabar en un estudio. Fue tan único que, antes de interpretar a Brahms en Nueva York, el propio director Leonard Bernstein tuvo que advertir al público que los tiempos que iban a escuchar eran puramente una decisión del solista. También hay casos como el de Sokolov, fascinante por sus manías de no querer salir de Europa o su negativa a grabar discos, o la caída en desgracia de Ivo Pogorelich tras la muerte de su esposa y maestra.

P. ¿Hay alguna figura que te parezca que tiene una vida cinematrográfica?

R. Pues más allá de Glenn Gould, te diría que Barenboim tiene una dimensión en la historia de la música y la cultura de nuestro tiempo como muy pocas existen. No solo nos ha dejado cinco versiones grabadas de las sonatas de Beethoven y ha triunfado dirigiendo a Wagner en Bayreuth, sino que su valentía al programar a Wagner en Israel y su esfuerzo titánico por el diálogo palestino-israelí a través de la orquesta West-Eastern Divan junto a Edward Said, lo hacen, a mi jucio, merecedor del Premio Nobel de la Paz. A pesar de que cuenta con muchos detractores, el tiempo hará justicia y creo que, dentro de cincuenta años, será recordado sin duda como una de las figuras más colosales del pianismo internacional, a caballo entre los dos siglos.

Barenboim tiene una dimensión en la historia de la música y la cultura de nuestro tiempo como muy pocas existen

P. Has evitado deliberadamente el sensacionalismo o los aspectos escabrosos de las vidas privadas de estos artistas. ¿Por qué tomaste esta decisión, prefiriendo un enfoque casi laudatorio?

R. No soy un destructor de mitos y me parece que el morbo es una pequeñez que distrae de su verdadero legado musical. Solo he mencionado aspectos privados cuando han tenido un impacto directo en su carrera, como la trágica enfermedad mental de John Ogdon. Ya me pasó con la biografía de Rafael Orozco, donde preferí omitir que murió de SIDA porque en esa época tenía connotaciones negativas que empañaban su inmenso talento. Sí reflejo, por supuesto, circunstancias históricas insoslayables, como los pianistas que tuvieron que huir de la amenaza nazi o las terribles contradicciones, el férreo control y la falta de libertad que sufrieron los artistas bajo el régimen de la Unión Soviética. En general, mi acercamiento se basa en el respeto, el cariño y la profunda devoción.

P. ¿Algún pianista que te haya dolido mucho dejar fuera?

R. Me ha dolido en el alma dejar fuera a Evgeny Kissin, que nació en 1971 y es mi gran asignatura pendiente. Quizá podría haber un segundo volumen, pero ahora mismo estoy completamente absorbido por mi trabajo en el Ayuntamiento. El alcalde me ha nombrado comisario para preparar la Capitalidad Mediterránea de la Cultura y el Diálogo, y debo centrar mis esfuerzos ahí. Sin embargo, si tengo vida y el tiempo lo permite a medio plazo, me encantaría recuperar a los que no entraron.

P. Ya han pasado algunos meses desde su publicación, ¿cómo ha sido la acogida de la obra entre la crítica y el público?

R. Estoy tremendamente feliz porque ha habido reseñas en varios medios nacionales y todas han sido muy laudatorias, destacando la enorme falta que hacía un libro así en España e incluso sugiriendo su traducción al inglés. La única queja recurrente, achacable a los límites de edición, es que faltó incluir un índice onomástico al final para poder rastrear las múltiples veces que se cruzan los nombres de los artistas a lo largo de los capítulos.

Además, reconozco que una de las satisfacciones de este libro fue la presentación en Córdoba. Fue en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad y fue un lleno absoluto, con gente que se quedó fuera. Además, fue importante porque escogimos presentarlo allí porque precisamente muchos de los pianistas biografiados en el libro tocaron allí en la época dorada de la Sociedad de Conciertos de Córdoba, en los años 50 y 60. Fue un gesto muy bonito. Por lo demás, el interés sigue vivo y pronto estaré presentando el libro y firmando ejemplares en instituciones como el conservatorio de Granada.

El sonido del siglo XX es el paso de la subjetividad romántica al respeto absoluto a la partitura

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