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Fundido a negro: cierra el vídeoclub más antiguo de Córdoba

Fachada del videoclub Byss Byss en Ciudad Jardín | MADERO CUBERO

Juan Velasco

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Primero fue el Canal +, que llevaba los estrenos a tu casa. Después las plataformas de la televisión digital. Pronto llegaron los Dvd y la piratería, el auténtico virus del negocio. Y la estocada la dieron las plataformas de video bajo demanda: Netflix, HBO, Filmin… En frente de todas ellas ha aguantado como un espartano el Byss Byss, templo cinematográfico del barrio de Ciudad Jardín, y el videoclub más antiguo de la ciudad que finalmente, después de 33 años, ha fundido a negro y ha escrito The End a su historia.

Lo que ha distinguido al Byss Byss del resto de videoclubes de la ciudad ha sido su tamaño y el extenso catálogo que llegó a tener, fruto de la habilidad que tuvieron para comprar películas y catálogos los dos hermanos que lo han regentado durante décadas: Juan Luis -que dejó el establecimiento hace unos años- y Fernando, que ha echado la persiana finalmente esta semana.

Mientras resume en 15 minutos 33 años de historia, con más cabreo que nostalgia, a Fernando le dan el pésame dos clientes, que entran a presentar sus respetos al propietario del Byss Byss, un lugar donde se ha cultivado el paladar cinéfilo de generaciones enteras, desde los que se preocupaban de rebobinar la cinta hasta los que aprovechaban los bonos de fin de semana para hacerse un maratón de cine tarantiniano.

Byss Byss abrió en el año 1986, el año en que Oliver Stone estrenó Platoon, Almodóvar sorprendió con Matador, Ennio Morricone escribió una de sus partituras más bellas para La Misión y Rob Reiner adaptaba Cuenta Conmigo, un relato de Stephen King que, más que de terror, hablaba del miedo a hacerse mayor. Todas ellas, en versión Beta, VHS y DVD acabaron en los estantes del local de la calle Infanta Doña María, donde había hueco para todo tipo de cine.

Tras los ochenta, que fueron una época dura, según Fernando Alcalá, llegó la época dorada. Los años 90, en los que el Byss Byss llegó a tener que instalar un “su turno” y a contratar seis personas. El videoclub de Ciudad Jardín estaba abierto de lunes a domingo, a veces 16 horas diarias, con cientos de clientes rebuscando entre los estantes ese film que compensara el fin de semana en casa, y que después habría de devolver al videoclub.

270.000 clientes en más de 30 años de historia y un catálogo inabarcable

Es la época que Fernando recuerda con mayor nostalgia, y que resume en una cifra: 270.000. Es el número de fichas que obran en la base de datos del Byss Byss. El número de películas, por contra, es incalculable. El éxito del videoclub era tal, que, cuando los hermanos Alcalá descubrieron a un intermediario en Sevilla que les vendía los catálogos más baratos que las distribuidoras oficiales, éstas acabaron amenazando a los intermediarios “por haber tocado al Byss Byss”, un videoclub que apostaba por “catálogos enteros” y que no descuidaba una sección, incluido el porno, una industria muy importante en el vídeo doméstico en aquellos días, mucho antes del advenimiento de la libertad de acceso de Pornhub.

Con un arsenal de clientes, Byss Byss venció su última gran batalla al gigante americano y sobrevivió con dignidad a la instalación de un establecimiento de la cadena norteamericana Blockbuster a apenas cien metros, en la Avenida del Aeropuerto. Apenas se sabía entonces que el enemigo estaba en casa. Fernando no se anda con medias tintas al respecto. “En España las cosas no se están haciendo como en el resto de Europa. Tú te vas a Alemania y no existe el pirateo. Existe el cine online, en páginas legales. Mi hija ha estado en Roma y volvió de allí flipando con la diferencia”, afirma el propietario del Byss Byss, que, aunque no quiere cargar contra el consumidor, reconoce que “lo que más te duele es que al ciudadano le da lo mismo”.

Ante la indiferencia del cliente, seducido por la facilidad del “todo gratis”, el Byss Byss se fue apagando. Sobrevivió, según relata Fernando, reduciendo el horario paulatinamente y porque el local estaba en propiedad, hasta que llegó una oferta de traspaso y Alcalá puso punto y final a una vida dedicada al séptimo arte. Como aquel cine de La última película (Peter Bogdanovich, 1973) al que la televisión amenazaba, el Byss Byss ha acabado capitulando ante las nuevas formas de consumo.

El cierre de este establecimiento deja ya solo dos pequeños videoclubs en Córdoba: El Mary, en Santa Rosa, y el Estrenos, en Fátima. Dos reductos remando a contra corriente en un momento en el que el propio cine tampoco vive un periodo especialmente brillante. Para ello basta con saber que el último alquiler del Byss Byss, después de 30 años abierto, ha sido Venom, una película del universo Marvel, símbolo de estos tiempos en los que el séptimo arte ha acabado convertido en un mero pasatiempo que se olvida mientras buscas la siguiente película en tu plataforma favorita.

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