RESEÑA

Épica de la intemperie

Ejemplares de 'El pastor y la huella'

Cuatro amigos se desplazan hasta Zuheros para trabajar como temporeros en la recogida de la aceituna. Empieza para ellos un tiempo de descubrimientos, de aventura, de juventud dispuesta a todo. Lo que encuentran, sin embargo, es, en primer lugar, la dureza del campo, el hambre y la enfermedad; después, cuando empiezan a adaptarse al mundo campesino y para Juan, el joven protagonista, se abre un horizonte de esperanza y amor, cae sobre ellos, sin previo aviso, el hachazo homicida de la Guerra Civil. Una detención ilegal, un fusilamiento contra el muro de un cementerio y una huida desesperada convierten al joven en uno más de tantos desaparecidos, fantasmas en vida durante y después del conflicto, cuya odisea de supervivencia es el núcleo de esta potente novela de Fran Camacho (Córdoba, 1979), su ópera prima en narrativa, por la que recibió el XX Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba.

Con un tono directo y contenido, tenso y cortante por momentos, subrayando más la crónica de las acciones que el análisis psicológico de las emociones (como lo haría un Cormac McCarthy), Fran Camacho perfila la épica difusa de una vida truncada por la guerra, planteando los límites morales entre la cobardía y la resistencia antibelicista –no se trata de un maqui, sino de un pobre chaval sin recursos ni ideas políticas–, y que termina en una bajada a los infiernos de la violencia, la miseria y la soledad.

Basándose en la historia real de un tío abuelo del autor, aunque en clave de ficción, el relato se detiene en algunos episodios de singular dureza, desde una matanza indiscriminada al inicio de la contienda hasta las escenas de penuria que afronta el protagonista en su calvario por la Sierra Subbética, aprendiendo a sobrevivir a la intemperie o en cuevas, comiendo gazapos o roedores y bebiendo hasta los propios orines frente al hambre y la sed extremos. La ayuda puntual de un cabrero, que terminará delatándolo debido a las torturas a las que se ve sometido, y la compañía de un perro (el Pastor del título), serán los únicos apoyos en esta hazaña tantas veces contada, pero que no por ello deja de impactar.

Estructurada en cuatro partes, la novela avanza en un continuo presente histórico de manera fragmentaria y libre, en capítulos breves, a base de saltos temporales y bien pensadas elipsis, con una gran atención al detalle realista y haciendo uso de un lenguaje preciso en lo que se refiere al contexto rural (badil, picón, zalea, coscoja, taramas), aunque sin alardes innecesarios y sin obstaculizar una lectura que resulta en todo momento natural y fluida. Destacan las descripciones de especial crudeza, como cuando el protagonista y su perro no han tenido más remedio que comer murciélagos, casi quemados en una fogata para disfrazar el sabor, y después empiezan a notar la presencia de los mismos gusanos en sus heces y en el ano, de los que se defienden también de forma precaria.

Más centrales son, no obstante, los momentos emotivos de la trama, en los que la desgracia de la existencia se vuelve insoportable; momentos de alcance local y universal, cosidos a veces con un cierto lirismo, que obligan también al lector a cuestionarse el valor real de la vida, el precio de determinadas decisiones y los reveses del destino. Algunos giros sorprendentes del final de la novela, que conviene no adelantar, mantienen la tensión hasta la última página y amplían la perspectiva sobre una época trágica de nuestro pasado no tan lejano, del que debemos seguir aprendiendo mucho todavía.

Con Pastor y la huella, Fran Camacho ha escrito una primera novela de gran solvencia narrativa, rotunda, tierna y descarnadamente humana, y se ha convertido en un autor al que seguir la pista en próximas entregas. Muy recomendable.

Juan Manuel Romero es poeta, ganador del XXVII Premio de Poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina

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