David Ruz Velasco: “No pienso que Algeciras sea una narcociudad”

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La historia de la primera novela de David Ruz Velasco (Córdoba, 1971) no puede tener más vigencia: la difícil tarea de crecer en un mundo de adultos situado en Algeciras, en medio de lanchas de narcotraficantes y helicópteros de la Guardia Civil; pateras que llegan a la costa y el choque de dos mundos.

Mil kilos de aire (Wanceulen) tiene detrás a un escritor y a un profesor. Y ambos se unen tanto en las páginas de la novela como en el impresionante despliegue de material adicional, virtual e imprescindible con el que ir más allá de esta historia. Un hecho que presenta al autor como alguien realmente interesado por sus lectores. Y si estos son jóvenes, aún más.

P. ¿Cuál es el germen de Mil kilos de aire?

R. Mil kilos de aire nace un poco de la imagen de dos chavales de dos mundos distintos cuyas vidas se encuentran de manera inesperada. Fue la idea de que entre estos dos personajes que no tenían casi nada que ver surgiera una historia que los forzara quizá a cambiar sus puntos de vista. Recuerdo que iba en un ferry a Nápoles en un verano de hace ya algunos años y comencé a escribir. Poco a poco, la trama fue haciéndose más y más compleja conforme iba creciendo. Tengo que decir que me atrapó por completo: no podía parar de teclear en un nuevo portátil que me había comprado. Eran como secuencias de una película que se iban sucediendo a un ritmo rapidísimo. Aparecieron otros personajes, lugares, diálogos que sucedían en mi cabeza... en fin. Disfruté mucho escribiendo Mil kilos de aire porque me parecía estar viviendo la historia de Manolo Santos y Shalim justo a su lado, experimentando en primera persona sus temores, sus ambiciones, el peligro al que se estaban acercando inexorablemente. Escribí en cafeterías, en aeropuertos, en una cuneta con el coche aparcado... aunque parezca un poco raro, era yo el que quería saber qué iba a pasarles. Y la verdad es que no paré hasta poner el punto y final.

P. Algunos medios empiezan a hablar de Algeciras como una narcociudad ¿Eso es mucho decir?

R. Bueno. En todo el proceso de escritura me he documentado mucho. Tengo una gran cantidad de artículos con noticias de incautamientos de hachís en el Estrecho, de cómo la Guardia Civil sobre todo trabajaba en este tema... En realidad, lo que planteo es que, bajo toda esa información, hay gente normal, que vive su vida y que simplemente busca una forma de seguir hacia adelante. No pienso que Algeciras sea una narcociudad o aquella zona del Campo de Gibraltar un narcoestado, como también he leído. Creo que hay tal vez un problema de sensación de impunidad de estas organizaciones criminales, por su gran poder económico y su enorme capacidad logística. Muchas veces he comprobado en artículos periodísticos que la misma Guardia Civil se ha quejado de sus limitados medios y de la falta de efectivos para contener esa presión diaria de los traficantes.

No, no creo que la gente normal esté en esto. Ellos lo sufren, porque entrar en ese mundo sólo trae desgracias, más tarde o más temprano. Y eso todos lo saben.

P. ¿Intuías que el conflicto podía agudizarse justo esta primavera? La editorial debe haberte hecho la ola...

R. Pues tengo que reconocer que no. La novela lleva mucho tiempo reescribiéndose y ha sido una casualidad que precisamente hoy está tan vigente, tristemente. Mi editor, Antonio Wanceulen, está de acuerdo en que ha sido un momento idóneo para la publicación pero no, ha sido una coincidencia. De todas maneras, quizá Mil kilos de aire pueda ofrecer una perspectiva diferente, dentro de la ficción, que se fije más en las personas y menos en la cifras de toneladas incautadas o millones de euros en el mercado negro.

P. Tú novela se dirige a un público joven ¿Leer o morir en la ESO?

R. La verdad es que muchos de mis lectores superan ampliamente esa franja de edad, y la están disfrutando mucho, me dicen. Pero mi novela creo que puede hacer que el público joven sienta lo que es emocionarse con un libro. Querer continuar, divertirse... incluso sufrir. Estoy convencido que uno se engancha a la lectura cuando alguna vez en la vida se encuentra con el libro justo en el momento correcto. Y a nuestros chavales sólo hay que ofrecerles eso. Parece fácil, pero no lo es. Estoy de acuerdo con que hay que leer los clásicos, pero cada texto tiene una ocasión idónea. Y con 15 ó 16 años, tal vez necesiten leer sobre lo que pasa hoy en día, entre otras cosas, claro. Hay que ser conscientes de que competimos con las redes sociales, con la inmediatez. Y, sobre todo, con la interactividad, algo con lo que este maravilloso artefacto que es el libro tiene que lidiar en el siglo XXI.

De todas maneras, en mi blog cuento algo un poco más profundo: por qué no leer es morirse un poco. O vivir menos, que sería más o menos lo mismo.

P. ¿Cómo seducir a un adolescente o joven para que lea?

R. Primero, los profes debemos ser lectores. Si te gusta leer, si te apasiona, lo vas a transmitir. Lo vas a poner en lo más alto en las prioridades. Tristemente creo que tantos profes nos fijamos demasiado en los otros libros: los de texto. En contenidos que olvidarán rápidamente, en reflexiones excesivamente teóricas sobre el lenguaje y la literatura que, obviamente, tienen muy poco impacto en ellos. He comprobado por mi experiencia docente que ellos se enganchan si eres capaz de mostrarles la magia, la fuerza de un buen texto. Sólo debes creértelo tú como docente. Y poco a poco, se van interesando. Quizá no todos, pero sí muchos de ellos querrán descubrir qué es lo que te motiva tanto.

P. Tantas fichas sobre léxico, geografía, personajes y contextualización ¿han sido como escribir otra novela?

R. Ja, ja, casi... Te refieres a mi web, claro. Precisamente por lo que he dicho antes de seducir a los jóvenes y de la interactividad de los libros, me puse manos a la obra. Me sorprendió muchísimo que casi ninguna novela tiene hoy una web que amplíe los contenidos del libro. Sólo encuentras webs de venta de las propias editoriales con una sinopsis y una reseña del autor, poco más.

Me parece que en el mundo digital en el que vivimos no exista esa opción que algunos están ya denominando literatura transmedia. Son espacios en los que el libro crece con contenidos extra, ofreciendo incluso nuevas tramas o un desarrollo independiente de personajes secundarios. Permiten, además, participar en foros, comentar, preguntar al autor o incluso en un juego muy interesante, a los propios personajes... Esto por una parte atrae mucho a los jóvenes, pues hablan su lenguaje digital y, por otro, salvan el escollo de interacción limitada que tiene un texto escrito.

De esta manera, conseguimos que el libro siga vivo con nuevas aportaciones, con mapas, referencias a películas, reflexiones sobre los temas que se plantean... Se crea una especie de comunidad de lectores intercomunicados a través de la web. Creo sinceramente que ése es un camino de futuro para la literatura de hoy.

Por otra parte, las secciones con fichas de lectura son una apuesta personal por poner la literatura en el centro de la enseñanza de la Lengua en los colegios. Pienso que gran parte del curriculum, si no todo, se puede abordar a través de textos literarios, periodísticos, publicitarios. Hacerlo más práctico. En vez de dar las las cuatro características de, por ejemplo, los tipos de narrador en una novela... ¿por qué no leer cuatro inicios brillantes de tantos libros que directamente se explican por sí mismos? Mataríamos dos pájaros de un tiro, entender la teoría desde la misma fuente y, además, interesarnos por esos textos.

La web de Mil kilos de aire está en continua expansión. Pronto subiré una propuesta didáctica para el uso de esta novela a lo largo de un trimestre en en último ciclo de la ESO. Estoy muy contento porque ya varios colegios de Cordoba lo van a usar en sus aulas el próximo curso. Eso es muy emocionante para mí, además de un desafío. Iré por estos centros a hablar de leer, escribir y de los temas que plantea la novela: la inmigración, el mundo del narcotráfico, la necesidad de madurar...

P.  Cuaderno, gafas, mapa y pasaporte ¿Material imprescindible para cualquier lector?

R. Bueno, me gustaría pensar que quien lea Mil kilos de aire se va a quedar enganchado a la novela y va a querer saber más. Si lo pienso, creo que a mí me encantaría poder bucear con profundidad en un libro que me hubiera gustado. De hecho, busqué y busqué en internet otras cosas sobre mis novelas favoritas y no encontré nada. Creo que los autores pueden dar todavía un poco más a sus lectores una vez que cerremos la última página. Se lo debemos.

P. ¿Cuántos de tus alumnos han perdido la costumbre de pasar las páginas en papel?

R. Creo que la mayoría. Les resulta cada vez más ajeno el tacto del papel y más cercano el gesto sobre las pantallas. Pero no pienso que sea sólo a los jóvenes, somos todos en general los que nos hemos habituado tan rápidamente a que nuestra lectura sea en otros dispositivos. De todas maneras, pienso que en este cambio lo que debemos ver es una oportunidad. Estoy convencido de ello; hay que adaptarse.

P.  ¿Ganarías más lectores exaltando esa estética narco que tanto atrae?

R. No. En mi novela no hay una estética narco, ni lo pretende. La historia de narcotráfico es una excusa para hacer que un grupo de personajes evolucionen empujados por los peligros que entraña este mundo. Ninguno de ellos quiere estar ahí. Creo que lo que valoran mis lectores es la experiencia personal de cada uno de ellos, el humor, la emoción que sienten hasta el final.

P. Películas como El Niño y series como Narcos han contribuido a darles un carácter peliculero a este tipo de delincuentes. ¿Es cierto que algunos jóvenes del Campo de Gibraltar tienen complejo de Pablo Escobar y muchos quieren ser narco de mayor?

R. Pues supongo que habrá de todo. Pero seguro que son una minoría insignificante entre todos los chavales de la zona. Lo que pasa es que salen mucho en los medios y les gusta hacerse ver. Esta situación ya la conozco más personalmente por lo que sucede en Nápoles, donde he pasado muchos veranos. Allí la Camorra siempre quiere aparentar más poder del que a veces tiene, para amedrentar, para atraer nuevos incautos hacia sus filas. Este tipo de delincuencia progresa sólo cuando hay miseria y cuando el Estado mira para otro lado. Si hay servicios sociales como escuelas, hospitales, parques, calles seguras... la gente opta por expulsar a los camorristas, que sólo traen violencia y degradación.

Eso mismo es lo que pienso que debe suceder en el Campo de Gibraltar, donde hay tanto desempleo y los jóvenes buscan una oportunidad. Es el Estado el que debe dar esas posibilidades de futuro y no dejar que sean los delincuentes los que les ofrezcan un negocio que seguro será ruinoso para ellos y sus familias, tarde o temprano.

P.  ¿Qué enseña esta novela sobre la droga, más allá del narcotráfico?

R. Es curioso, pero ninguno de los personajes fundamentales de la novela usan la droga. Es más, los dos narcotraficantes, de una manera u otra, desprecian a los drogadictos, ni siquiera los entienden.

En Mil kilos de aire hay reflexiones sobre el tema, claro. Pero no he pretendido dar una solución de buenos y malos, sino entender un poco cómo cada uno ha llegado a ese punto en sus vidas. Manolo y Shalim descubren rápidamente la brutalidad de ese mundo y, junto con todos los demás, sólo buscan una salida de él.

P. El hecho de que la población del Campo de Gibraltar tome las calles para decir basta ya ¿Significa un antes un después en este conflicto?

R. Significa que nadie en realidad se cree el cuento del lujo y la impunidad que los narcotraficantes quieren vender a la sociedad. Las cárceles están llenas de ellos, y los cementerios. Y los que aún no están ni en un sitio ni en otro, sólo es cuestión de tiempo. De eso hablan muy claramente Khaled y el Negro, los dos traficantes de mi novela. Son muy conscientes de que tarde o temprano, les tocará a ellos. Es una vida que en realidad nadie quiere. Y eso la gente lo sabe: los padres y madres de estos jóvenes no desean ese futuro para sus hijos, es lógico.

P. ¿El Estrecho es una callejuela de agua que separa dos mundos cada vez más alejados?

R. Simplemente pienso que vivimos de espaldas. Y nos alimentamos de prejuicios, de miedos al otro. En Mil kilos de aire hay un capítulo que es de mis favoritos: Manolo, algecireño de pro, pisa por primera vez Marruecos y se da cuenta de que, estando tan cerca, nunca se había interesado en lo más mínimo por conocer lo que había al otro lado del Estrecho. Y no tardará mucho en darse cuenta de que, en realidad, somos lo mismo. Y más parecidos de lo que él pensaba. Con su humor característico, creo que Manolo Santos, este hijo de guardia civil, da en la tecla: nos une mucho más de lo que nos separa.

P. ¿Sueñas con ver tu novela convertida en película?

R. Uf. Eso es mucho decir. Pero alguno de mis lectores me han comentado que la han vivido como en una película. Y te confieso que así fue sucediendo en mi mente cuando la escribí. Me encantaría. Hace un tiempo hice un curso de guión cinematográfico y me pareció súper difícil lo de hacer una película, aparte de costoso a nivel económico. En fin, si llega a las manos de algún productor, creo que podríamos dar una visión diferente de este tema. ¡A ver si hay suerte!

P. De ser así, ¿quién te gustaría que la dirigiese?

R. Bueno, Daniel Monzón ya hizo El Niño, y quedó espectacular, la verdad. No sabría decirte, pero hay un director muy inteligente, que destila humanidad y humor, y que creo que podría hacer cualquier cosa que se propusiese. Es Javier Fesser. Sé que no es su género, pero como te digo, alguien con esa mente puede enfrentarse a lo que quiera. Además, creo que su forma de entender el mundo interior de los niños y adolescentes es realmente interesante.

P. ¿Has vendido más novelas a través de Amazon o en librerías?

R. Mi editor me dice que hemos vendido hasta en Gran Bretaña en Amazon... Y en la Feria del Libro de Córdoba, casi se acaban los ejemplares que mandaron. La verdad es que no sé, es demasiado pronto, hace apenas un mes que salió a la venta. Pero creo que se ha despertado bastante interés en los medios de comunicación y eso ayuda a que la gente se acerque a la novela.

P. Un pronóstico para acabar. Eres filólogo y llevas 20 años enseñando inglés y literatura ¿La siguiente generación de este país manejará por fin el inglés?

R. Es un hecho que los chavales hablan cada vez mejor inglés. Y tengo que decir que los profes cada vez hablan más inglés en las aulas. Yo lo hago al 100%. Si a eso le añadimos las estancias en el extranjero, las becas Erasmus... pues sí. Manejaremos el inglés, no hay duda. Mis alumnos son mejores cada año.

P. ¿Y su adicción a la literatura?

R. Leer es vivir más. Y repito, sólo hay que tener la suerte de encontrar el libro justo en el momento correcto. Eso te cambiará la vida. No podrás dejarlo.

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