David Jiménez descubre su dimensión desconocida

FOTO: DAVID JIMÉNEZ
El fotógrafo ofrece una conferencia en Blow Up sobre cómo construir un mundo

Cuando ayer el fotógrafo David Jiménez viajaba a Córdoba en AVE, lo hacía leyendo un libro de relatos de Philip K. Dick. Como al autor estadounidense, al fotógrafo español también le interesan los juegos que plantea la percepción de la realidad, los extraños bucles, casualidades, ecos y reflejos que vislumbra el oído y resuena en las pupilas. David Jiménez citó anoche a Dick en el transcurso de una conferencia abierta, titulada Construir un mundo, que impartió en Blow Up, la escuela de fotografía que acaba de abrir el artista cordobés Andrés Cobacho.

A Philip K. Dick le gustaba jugar. Aunque no siempre fuese divertido para el autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? -germen de Blade Runner- o de El hombre en el castillo. A Jiménez también le gusta convertir su estudio en un espacio de recreo. Y plantearle unas reglas abiertas y laxas al curioso que se asome a su universo de imágenes en blanco y negro. Fotografías que gustan de juntarse con otras, disponerse en el espacio, dialogar en el vacío, crear tensiones y equilibrios, incluso donde no hay imagen.

Jiménez contó que ayer, a más de 250 kilómetros por hora, leyó un cuento de Dick en el que éste confesaba que, en un par de ocasiones, algunos detalles que relata en sus cuentos paranoicos, terminaron ocurriéndole de verdad. Jiménez lo puso de ejemplo para ilustrar cómo el inconsciente y la casualidad -buscada o no- también interpretan un rol fundamental en su obra.

Y así como en sus relatos, el escritor de Ubik exploraba los planos de la realidad; y los infinitos estratos que se ocultan tras ella -sus ilusiones, engaños, dudas e incertidumbres- le servían para crear múltiples interpretaciones -que no son sino reconstrucciones finales que dan forma a mundos paralelos- él hace algo parecido con las imágenes. Las fotografías de David Jiménez son el libro de instrucciones de su mundo en construcción.

Y tal vez, su mejor manual sea la publicación de Infinito, la obra a la que Jiménez confiesa tener “mayor cariño” y estar más satisfecho. Un libro de más de cien páginas cuya concepción nace de uno de esos felices accidentes que tanto gustaban a Philip K. Dick. “Un día estaba a punto de tirar un par de fotocopias de fotos mías que había escaneado. Cada foto estaba doblada por la mitad, como en un libro. Y cuando lo abrí, la mitad de una fotografía se oponía, dialogaba, con la mitad de otra. El efecto fue increíble. Y me dije: 'Alto, aquí puede haber algo'”. Y tanto que lo había. Era el principio de un mundo nuevo. El suyo. Uno de tantos.

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