La columna de Góngora se oculta tras el carnaval turístico

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El pintor e ilustrador de Cántico Miguel del Moral rescató a principios de los años sesenta una columna de la casa de Góngora en la plaza de la Trinidad. Cuando las palas del desarrollismo asolaron la última morada del poeta del Siglo de Oro, el pintor se hizo con una de las columnas del patio de don Luis y la puso en guardia de su estudio, en la calleja de la Hoguera. En su fuste mandó labrar: “Soy de don Luis de Góngora. Año 1627”.

Hoy la columna continúa en la misma esquina de la casa-estudio del pintor, una morada que quedó como un libro abierto, tal y como la dejó el propio Miguel al morir en 1998. La basa, el fuste y el capitel miran a la calle Deanes y a la portada de la que fue la casa en la que habitó y murió un contemporáneo de don Luis, el Inca Garcilaso de la Vega. La diferencia es que el barrio de la Judería cordobesa dista de ser el barrio blanco, silencioso, íntimo y secreto, primo hermano de uno de Fez, en el que vivió del Moral. Ahora todo es color, ruido, tiendas y tabernas, la mayoría de de dudoso gusto, para turistas. La cultura parece que ha dejado de formar parte de la oferta turística de la ciudad como demuestra elocuentemente el cartel rojo y gualda con los menús de la Taberna El Burlaero que cada día se planta delante de la columna de Góngora. Y las manos falaces arrasaron vergeles, escribía Pablo García Baena en su poema Córdoba, (...) mientras te disfrazaban percalinas para un siniestro carnaval turístico.

El poeta más joven de Cántico, y único superviviente del grupo, se quejaba amargamente en una entrevista reciente en Cordópolis de que algo así se permitiera con nuestro patrimonio. “Eso si viviera Miguel, bueno, bonito era, pondría al dueño del restaurante...”, exclamaba el poeta.

En el artículo 36 de las Ordenanzas y Reglamentos Municipales de Córdoba, dentro del capítulo XI de Publicidad en casco histórico, se dice en su apartado primero que “queda taxativamente prohibida la instalación de soportes publicitarios cuyos elementos sean de acero, aluminio, etc., que no tengan un tratamiento o pintado adicional acorde con los materiales tradicionales, así como los materiales plásticos y los rótulos luminosos”. Un paseo rápido por la Judería y el casco histórico permite al caminante ver cómo se vulnera taxativamente dicha norma. Una ordenanza que añade en su apartado cuatro que “sólo podrá establecerse por cada local o establecimiento un rótulo mural o, en su caso, uno de bandera”.

Muchos ciudadanos, tanto cordobeses como del mundo, nunca han entendido ni entenderán el desdén con el que la ciudad trata a la publicidad, rótulos, cartelería e invasión comercial que atenta ya no solo contra la estética, la atmósfera y el paisaje urbano de un casco histórico Patrimonio Mundial, sino directamente contra ese patrimonio. El “falso histórico” que supone la columna de Góngora, no datada arqueológicamente, pero cuyo rescate de la casa de la Trinidad del poeta por el pintor Del Moral y su posterior inscripción le otorgan una teatral y romántica historia, y la vulgarización comercial de la Judería son las dos caras de la moneda de un tesoro que se desangra por las alcantarillas de calles como Deanes, Céspedes, o Velázquez Bosco.

El estudio de Miguel del Moral es una joya. Un oasis en un lugar que ha dejado de ser precioso en la Judería. El tiempo se ha detenido en su interior. En su patio, en cuya fuente beben los pájaros, hay esculturas arqueológicas, y su interior se llena de los particulares y ambiguos efebos que solía retratar el pintor. Todo ello en una atmósfera ahora solitaria pero muy cuidada, que mezcla lo divino y lo pagano. Hay quien ve la casa, incluido el propio García Baena, como el lugar adecuado para instalar la sede de una futura Fundación dedicada a Cántico, un proyecto que ha vuelto a retomarse, según palabras del poeta en su reciente entrevista en Cordópolis.

¿A quién pediremos noticias de Córdoba?, se preguntaba Pablo en aquel poema que dedicó a Carlos Castilla del Pino. Porque las piedras que amabas a la tarde han sido derribadas (...) y el capitel rodó sobre la ortiga.

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