BOLETÍN | La red social
El grupo Volpina se ha descolgado esta semana con un nuevo single que llega acompañado de un videoclip que es, en sí mismo, una declaración de amor a una ciudad en horas bajas.
En el vídeo, dirigido por el músico David Donnier, los miembros del grupo se van de ruta por algunos de los bares modernos de Córdoba. La travesía les da para encadenar cervezas en el Limbo, Los Cuatro Gatos, Barbaridad, El Último Tango, La Boca, el Amapola, el Bassico, el Automático y el Jazz Café. Y también para cerrar el vídeo con una dedicatoria a toda esa gente que, de una manera u otra, mantiene la ciudad en movimiento.
Es un gesto bonito. Quienes nos sentimos parte de ese mismo movimiento nos hemos visto reconocidos en lo que cuentan los chicos de Volpina. Ellos, efectivamente, forman parte de esa gente que hace que pasen cosas en esta ciudad.
También deja un pequeño pellizco comprobar que, más allá de esos nueve bares, poca más oferta de bares modernos o alternativos —o de autor, si se quiere— queda hoy en Córdoba. El Ideal se ha quedado fuera. Y poco más.
Es inevitable pensar —dejando la nostalgia a un lado— que hace poco más de una década esa oferta se multiplicaba por dos solo en el centro. Solo en el eje de las calles Alfaros y Alfonso XIII, sin ir más lejos, llegó a haber nueve o diez paradas clave de la vida noctámbula cordobesa.
Y no era solo una cuestión de ocio. A principios de los dos mil, cuando las redes sociales todavía no habían colonizado el tiempo libre, los bares funcionaban como la única red social que realmente operaba a pleno rendimiento. Allí se quedaba, se discutía, se escuchaba música, se conocía gente y se terminaban armando proyectos, bandas, amistades o noches memorables. El algoritmo era sencillo: aparecer por la puerta con los oídos y los ojos bien abiertos.
Por eso, el homenaje de Volpina, además de bonito, resulta necesario. Porque es difícil no imaginar que todos esos bares han recibido en tiempos recientes -semanas, meses- incontables visitas de la Policía, muchas veces fruto de la ya escasa paciencia de una vecindad que hace tiempo dejó de ver con buenos ojos los pelos de colores, las barbas y las melenas. En parte porque cree que la juventud de ahora es distinta (ya lo contamos aquí: la generación Silbon).
Pienso en ello mientras paso por locales de cofradías que los fines de semana se reconvierten en bares clandestinos por los que la Policía pasa sin levantar la vista del volante. Nadie —o muy pocos, se entiende— se queja del ruido de una marcha cofrade saliendo de un altavoz bluetooth. Molesta más —a la mayoría, también se entiende— el sonido que nace del surco de un vinilo, transportado con cuidado, depositado bajo una aguja y amplificado por un equipo de un bar que, además, lleva limitador por normativa municipal.
Cuidemos a esta gente. Porque, gracias a ellos, todavía pasan cosas.
0