'Última cena'. Salvador Dalí

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Es curioso, en algunos penales de los Estados Unidos al condenado en el corredor de la muerte le ofrecen elegir cuál será su última cena antes de someterse a la inexorable descarga eléctrica o a la morbosa inyección letal. Y se la suele zampar en silencio.

En los Evangelios, sin embargo, el más famoso condenado a muerte de la Historia es el que parece invitar a cenar a doce amigos un poco antes de alcanzar el cielo desde un palo clavado en el suelo.

La Última Cena, de Salvador Dalí, está en una pared de la National Gallery de Washington, capital -dicen- de la Democracia, no muy lejos del monumento a Lincoln.

Jesús, bien afeitado, explica algo a doce personas que parecen aburridas o tal vez abatidas. Frente a él, sobre la mesa iluminada por el sol del amanecer a través del ventanal, hay un vasito de duralex (sic lex) con algo de vino barato y un mollete de pan partido por la mitad. (O la cena ha sido frugal o se ha prolongado hasta el alba y ya sólo queda eso sobre la mesa).

La estancia parece estar en medio de un dodecaedro con sus doce caras pentagonales transparentes. Parece un escenario de película de ciencia ficción de autor o, según el término de reciente invención, “retrofuturista”; pero no es más que la representación espacial del número de oro, de la proporción áurea. La cosa es bastante seria, se trata del símbolo platónico del universo, la fórmula de la belleza y, como sospechábamos, una especie de ecuación religiosa.

En la Historia del Arte, la representación de la Última Cena ha discurrido por tres temas principales: el anuncio de la traición y la discusión de los apóstoles; el melancólico adiós al líder cercano y, la que elige Dalí: la mística institución del sacramento. Es decir, vino que es sangre y pan que ahora es carne (¿magia o química?).

Cada vez que miro este cuadro, en el que el paisaje de cualquier playa catalana del Universo se transparenta y se funde con el cuerpo de Jesucristo, tengo la sensación de que Dios es un alquimista ateo.

También de que Dalí no está en la primera división de la Pintura, pero era muy bueno diseñando escenarios; aunque él, para resumir y presumir, decía de sí mismo que era, directamente, un genio.

Y no olvido que el papa Francisco estudió química antes de ingresar en el seminario.

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