Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Historias de un desalojo en la Sierra de Córdoba sitiada por el fuego: “Sabíamos que podía pasar y aun así nos pilló por sorpresa”

De izquierda a derecha: Rafa, Guille y su padre Andrés, y Rocío, tres vecinos desalojados por el incendio en la Sierra de Córdoba

Juan Velasco

Cerro Muriano (Córdoba) —
25 de julio de 2026 15:09 h

0

Un incendio que pasa de ser una notificación en un grupo de WhatsApp a una amenaza que puede destruir tu vivienda en cuestión de minutos. Eso es lo que han vivido centenares de vecinos de las urbanizaciones más altas de la barriada de Cerro Muriano, en plena Sierra de Córdoba, después de que este viernes, un incendio en un camión cargado de paja, haya puesto en jaque sus casas, sus vidas y las de sus seres queridos, incluidos esos animales que, se hable con quien se hable hoy, son parte de muchas familias.

Este sábado, casi 20 horas después del inicio de uno de los fuegos más peligrosos que ha vivido la Sierra de Córdoba en los últimos años, todo parecía mucho más calmado. Los habitantes de Cerro Muriano, curiosamente, están acostumbrados a los incendios, ya que no hay verano que no arda el campo de tiro de la base militar Guzmán el Bueno X (la última vez fue hace poco más de un mes). Sin embargo, el de este viernes 24 de julio, parecía distinto desde el principio. Desde que las primeras imágenes comenzaron a circular por aplicaciones de mensajería y a llegar a las urbanizaciones más pegadas al foco del incendio.

Así, Rocío, Rafa y Andrés y su hijo Guille, cuatro vecinos de la zona que tuvieron que abandonar sus casas poco rato después de que saltara la noticia, coinciden todos al contar que, en cuestión de minutos, tuvieron que decidir qué meter en el coche, dónde llevar a los animales, a quién avisar. Y, sobre todo, asumir que la casa podía no seguir allí al volver. Finalmente, el fuego no alcanzó las viviendas de ninguno de los cuatro, e incluso los vecinos han podido regresar en las últimas horas. Pero la noche ha dejado imágenes y recuerdos difíciles de olvidar.

Andrés y Guille, desalojados por el fuego de la Sierra de Córdoba

“Empezad a recoger lo importante”

En la urbanización La Mocha, Andrés recuerda que todo comenzó incluso antes de las tres de la tarde. Los mensajes de WhatsApp empezaron a multiplicarse casi al mismo tiempo que las primeras noticias sobre un camión ardiendo en la N-432, la carretera nacional que une la capital con el norte de la provincia y Extremadura, y que cada día laborable, a esa hora tiene un tráfico pesado por la salida de centenares de vehículos de la base militar.

Cerro Muriano es una localidad peculiar, además. La mitad pertenece administrativamente a la capital cordobesa -que es donde se ha localizado el incendio- y la otra mitad al pueblo de Obejo. Y estaba de Feria, que empezó el miércoles. Los vecinos, una comunidad muy activa y organizada, ya habían vivido situaciones similares, así que los avisos no tardaron en ir de móvil en móvil hasta que comenzaron a ir de puerta en puerta: “Empezad a recoger lo que creáis que es de valor porque hay que salir”.

Andrés se preocupó cuando comenzaron a pasar patrullas de la Policía Local recomendando prepararse para un posible desalojo. Desde su vivienda, situada en una de las zonas más elevadas de la urbanización, podían seguir perfectamente el avance del incendio. “Veíamos cómo el fuego iba subiendo hacia Torre Árboles y acercándose a la ermita a una velocidad impresionante por culpa del viento”, explica.

La familia tuvo que improvisar un plan. Son cinco personas, dos perros grandes y una gata. Mientras la madre y la hija marchaban hacia Córdoba, Andrés y su hijo Guille llevaron a los animales propios hasta un lugar seguro en casa de los abuelos, en el mismo Cerro Muriano. Pero su historia aún no había terminado.

Imágenes tomadas por Rocío cuando abandonaba su casa este viernes.

Una finca olvidada

Más o menos a esa hora, Rocío estaba en su finca de La Balanzona con tres amigos, no demasiado pendientes de los teléfonos. A diferencia de otros vecinos, nadie llamó a su puerta. Lo contaba este sábado, visiblemente cansada tras pasar la noche en Córdoba sin pegar ojo y subir al pueblo de nuevo a primera hora de la mañana con la intención de poder volver a su casa, en la que vivió con su marido hasta que él falleció hace unos años.

Rocío cuenta que ella tuvo que salir corriendo cuando empezó a notar cómo el humo invadía la finca. Lo hizo por iniciativa propia. En el camino se cruzaron con una patrulla de la Guardia Civil, que les pidió incluso que avisaran por teléfono a otras dos personas que seguían en la zona para que abandonaran inmediatamente el lugar.

Su principal preocupación este sábado seguían siendo los animales que había dejado en la finca. “Dejé la puerta abierta por si los perros tenían que salir huyendo”, explica mientras esperaba autorización para acceder de nuevo a la propiedad y comprobar que todo sigue en pie. Algo que finalmente ha podido hacer en torno al mediodía.

Pero antes de ello, no podía evitar confesar su frustración por la falta de información durante buena parte de la emergencia, pidiendo a los periodistas que, si tenían novedades se las trasladaran a su móvil. Horas después, tras volver momentáneamente a su finca acompañada por la Policía Local, ya se mostraba más tranquila y confiada en que lo peor había pasado.

Rafa, desalojado por el fuego de la Sierra de Córdoba

“Volví solo para sacar al perro”

Rocío había contado su historia en la puerta del Centro Cívico de Cerro Muriano, donde han pasado la noche 12 de las 276 personas que abandonaron sus casas por el avance del fuego. En el interior de este espacio, atendido cariñosamente por voluntarios de Cruz Roja y Protección Civil, dormía a la sombra Pancho, un mastín de cuatro años propiedad de Rafa, vecino desde hace más de 20 años de Villa Sanjurjo.

Rafa y su mujer estaban terminando de almorzar cuando la Guardia Civil llegó avisando del desalojo. Cuenta que él llegó a escuchar la fuerte explosión del camión, si bien pensó que procedía del campo de maniobras militar, algo habitual en la zona. Poco después descubriría que era el reventón del camión cargado de paja que originó el incendio.

Al principio, como todos, no creyó que el fuego pudiera llegar hasta Villa Sanjurjo. “Lo veía muy lejos”, recuerda el hombre, que atiende al periódico con su perro al lado, y con un ánimo muy bueno, el de alguien que también ha podido ya comprobar que su casa sigue en pie. La misma casa que, de hecho, abandonó para volver a los pocos minutos. “Yo ya me estaba yendo, pero pensé: como luego no nos dejen volver, el perro se queda solo. Así que me di la vuelta y fui a por él”.

Aquella decisión puede que le salvara la vida al mastín -la mayoría de los perros que se ven atrapados en incendios mueren por inhalación de humo-. También le ha permitido lo que no ha podido hacer hasta ahora en sus cuatro años de vida como perro de parcela: pasar la noche en la misma habitación que Rafa y su esposa, que han conciliado el sueño mucho menos que el animal.

“Yo no he dormido casi nada, pero no puedo tener más palabras de agradecimiento. Nos dieron una sala para nosotros solos por el perro, comida, agua y todo lo que necesitábamos”, relataba Rafa, que con humor dice que, tras bromear con su esposa con que iba a acabar bajando a la Feria, finalmente tuvo que hacerlo obligado por un incendio que pasó justo por detrás de su vivienda. “Es un milagro. Si el viento cambia un poco, aquello arde entero. Tenemos los pinos pegados a las casas”, remata.

Guille, tras rescatar a Bimba y sacarla de la zona del incendio en bicicleta.

Epílogo: el chaval de 15 años que rescató a Bimba

Los árboles que rodean la casa de Andrés y Guille están también pegados a la propiedad, que la familia tiene como segunda residencia -algo tan cordobés que data, según contaba Antonio Muñoz Molina, de la Córdoba de los Omeyas-. El padre y el chaval habían dejado a sus perros y al gato a salvo, pero tenían que volver a la vivienda en La Mocha a por otras cosas.

Además, se habían enterado de que un vecino había bajado a Córdoba por la mañana antes de que se iniciara el fuego y no había podido volver, dejando sola a su perra Bimba. Así que Guille cogió una mochila, saltó la valla de la vivienda y encontró al animal completamente asustado. “Intenté cogerla, pero estaba muy nerviosa. Al final la metí en la mochila, me la puse en el pecho y salimos de allí”, relata el joven, que reconoce que vivió todo lo acontecido como si fuera un juego. De hecho, Guille cuenta que le gustaría ser militar y bromea con que este viernes, su padre, su tío y él habían formado la UME, la “Unidad Mochera de Emergencias”.

Mientras Guille rescataba a la perra su padre terminaba de recoger las últimas cosas en casa. Apenas salió al exterior, uno de los agentes le ordenó abandonar inmediatamente la urbanización. Así que Andrés y Guille, habituados a andar por los mismos montes y pinares que estaban recorriendo las llamas, bajaron esta vez en bicicleta. El fuego ya estaba muy cerca y era la forma más rápida de abandonar la zona. “Íbamos cuesta abajo y Bimba iba disfrutando del paseo en bici con la lengua fuera”, recuerda entre sonrisas, después del susto.

Terreno quemado por el incendio en la Sierra de Córdoba

“Las llamaradas estaban a unos 300 metros. Ya no había tiempo para nada más”, cuenta Andrés, que es pianista y profesor en el Conservatorio, así como nieto del que fuera médico de Cerro Muriano durante muchos años. Quizá por ello, no tarda en alabar el trabajo de los funcionarios públicos que han hecho frente al incendio. “Es impresionante ver el trabajo que hacen. Los helicópteros no paraban de coger agua. Después hemos sabido que durante la madrugada incluso realizaron fuego técnico para proteger la zona”, explicaba Andrés.

Quien conoce bien la sierra sabe que el riesgo siempre ha existido. Y, aun así, el fuego es tan impredecible que cogió por sorpresa a la mayoría de vecinos de esta localidad, acostumbrada a las explosiones y a los incendios. Un núcleo poblacional que ha pasado una de las peores noches que se recuerdan, pese a que la suspensión de la Feria no haya evitado que en algunas casas haya habido festejos con la boca pequeña, en los que el alcohol ha calmado al miedo ante la posibilidad de que un cambio de viento destrozara uno de los tesoros más desconocidos de Córdoba: su sierra.

“Siempre hablamos de que algún día podía pasar. Somos una caja de cerillas. Hay que trabajar el monte durante el invierno porque cuando llega un incendio como este ya es demasiado tarde”, concluye Andrés, antes de volver a casa de su padre con su hijo Guille, comenzando un nuevo repliegue táctico de la Unidad Mochera de Emergencias.

Etiquetas
stats