Sebastián Montes: el imaginero de las emociones

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Junto a la plaza Vizconde hay un local sin ningún signo exterior que lo identifique como algo especial. Pero nada más cruzar la puerta uno sabe que ha entrado en un lugar distinto. Un distribuidor profusamente decorado con todo tipo de elementos te da la bienvenida. El torrente visual es tan apabullante y las pequeñas cosas que lo conforman, tan numerosas, que uno no sabe lo que está viendo. Pero si gira a la derecha, se abrirá un espacio mucho reconocible. Un taller. Y a tenor de la figura sin brazos que lo domina, de torso retorcido, pelo revuelto y gesto dramático, estamos en el dominio personal de un imaginero de Semana Santa: el taller de Sebastián Montes.

Visitar a un imaginero a pocos días del Domingo de Ramos significa visitar a un hombre tranquilo. O, al menos, más tranquilo que hace unas semanas, cuando ultimaba todos los encargos que ha sacado adelante desde que, a partir del último Domingo de Resurrección, las hermandades comenzasen a trabajar en los preparativos de la siguiente Semana Santa.

A pesar de su juventud -nació en Villa del Río en 1982- Sebastián es un veterano. Desde el final de su adolescencia lleva dando forma a cristos, vírgenes y santos con sus manos. Su obra puebla muchos pasos de Semana Santa y se reparte por toda España. Las imágenes de Nuestro Padre Jesús del Prendimiento de Sanlúcar de Barrameda, Nuestra Señora de los Dolores, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena de Villa del Río o Nuestra Señora del Rosario de Fátima de la Basílica del Juramento de San Rafael de Córdoba, son solo algunas de ellas.

Formado en la Escuela de Arte Mateo Inurria, donde estudió con la profesoraSusana Gómez, discípula del imaginero sevillano Francisco Buiza, Montes entró como aprendiz en el taller del imaginero Antonio Bernal, al que considera su principal maestro. La obra de Montes es reconocible por la expresividad de los rostros y cabellos de sus figuras. La obra de Montes se ha abierto paso en los pasos de Córdoba desde que se estrenase con el misterio de La Agonía y con el de la Entrada Triunfal, más conocido como La Borriquita, que hoy tiene programado procesionar desde la parroquia de San Lorenzo.

Con Sebastián recorremos las calles desde su estudio de artista hasta la parroquia donde el paso que él completó espera para cumplir su estación de penitencia. Los fieles recorren la nave central donde este paso y otros aguardan. Sebastián no mira sus obras de La Borriquita con los ojos de la devoción sino con los del experto. Se fija en los pequeños detalles. Resopla con algunos, tuerce el gesto con otros. Al final, entorna las cejas, resignado. “Yo ya no me cojo berrinches”, dice con media sonrisa.

El arte de la imaginería está sometido a los rigores propios de una iconografía secular, cuando no milenaria, pero termina dependiendo de un único autor, de una única mente, que siempre va a dejar su particular huella. “Los imagineros reconocemos las obras de unos y otros al instante”, dice mientras observa el resto de los pasos. A pesar de la impronta, la propia esencia de la Semana Santa, supone la cesión de las imágenes por parte de sus padres. Las hermandades serán las responsables últimas de cuidarlas, preservarlas y, cuando se acerque el día, disponerlas en el paso, vestirlas si procede y darle los últimos retoques. Y a todo ello, el escultor solo puede asistir como un convidado de piedra. Como un espectador más.

Y como un espectador más, los artistas pasan desapercibidos entre la gente. Muy pocos reconocen a Montes mientras este se reencuentra con las caras y cuerpos que él esculpió en madera y luego policromó. “Los imagineros tenemos que ser humildes, no tenemos que ser los protagonistas”, señala el joven creador. Él ha pasado, como muchos, por la experiencia de escuchar comentarios del público, en directo, al paso de sus obras. Lo lleva con estoicismo y hasta con humor. Muy diferente a los primeros años, cuando no se atrevía a salir de casa la tarde en que a sus imágenes les tocaba recorrer las calles.

En breve, Sebastián Montes volverá a su estudio y comenzarán a llegar los encargos. Por norma, tiene hueco para cuatro figuras y unas tres o cuatro restauraciones al año. El resto de las peticiones pasarán a engrosar la lista de espera que todo imaginero de prestigio como él guarda. Y de su mente, volverán a salir los dibujos abocetados que tras pasar por el barro, darán forma final en talla a las imágenes más importantes de las hermandades y cofradías de Semana Santa.

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