Los pequeños ingresados en el Reina Sofía también vuelven al cole: así aprenden día a día

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El inicio del curso escolar no es el mismo para todos. Unos viven la noche de antes con nerviosismo al pensar que dentro de horas verán de nuevo a sus compañeros. La compra de libros, mochilas o material escolar ya les hace ver que septiembre está aquí. Pero la vuelta al cole no es sinónimo de alegría para todos. Las múltiples enfermedades que afectan a los más pequeños de la casa y a los adolescentes les pueden hacer vivir largas estancias en el hospital. En vistas de que esto ocurra, el Reina Sofía cuenta con tres profesores que ya se han preparado para desarrollar el nuevo curso escolar dentro del recinto hospitalario. “¡Mamá, que no voy a perder el colegio!”, exclama una menor recién ingresada nada más enterarse que el hospital cuenta con un colegio.

Los nombres de quienes encarnan el amor a la enseñanza son Francisca Garrido, José Mata y Juan Expósito. Este último es el pionero de lo que se conoce como Aula Hospitalaria, coloquialmente denominada como el colegio del hospital, ubicado en la segunda planta del Materno Infantil. La creación de este servicio fue fruto de un convenido firmado en 1988 entre la Delegación de Educación de la Junta de Andalucía y el Servicio Andaluz de Salud. El objetivo no era otro que evitar que el internamiento prolongado de los niños en edad escolar no influyera negativamente en su escolarización ni en su desarrollo emocional. En palabras del profesor Mata, “lo que se busca es que el niño normalice su estancia en el hospital y que no se aleje del mundo escolar”.

Juan recuerda cómo, en 1988, el personal sanitario se mostraba extrañado por la apuesta de la Junta de Andalucía de desarrollar las aulas hospitalarias. Argumentaban que dichos centros eran única y exclusivamente para curar a los pequeños. Pero personas como este profesor decidieron apostar por que el hospital fuera más que eso. Él es el único que en la actualidad disfruta de esta plaza ya que sólo se convocaron en dos ocasiones. Tanto Francisco como José tienen su plaza en otros centros escolares pero por decisión vocacional pidieron su traslado al hospital.

En sus inicios, este colegio tan especial sólo contaba con la profesionalidad de Juan. Cuenta que en aquellos años eran muchos más los niños que estaban hospitalizados, lo que dificultaba la labor de enseñanza. A ello hay que añadir las visitas continuas que debía realizar a los centros escolares para solicitar las tares de los pequeños, además de buscar material. “No había tiempo para nada”, señala.

Con los tres profesores, las ramas principales del conocimiento están cubiertas: mientras que Juan y Paqui son amantes de las Ciencias, José lo es de las Letras. Además, los idiomas Inglés y Francés están cubiertos por este tridente gracias a los conocimiento de José y Paqui. La dinámica escolar para cada niño depende exclusivamente de su estado físico. La profesora explica “que hay días en que los menores no están para nada pero, al día siguiente, ya están bien”. Si el estado de salud es bueno, los menores y adolescentes se trasladan hasta el colegio y allí, los tres profesores ofrecen sus clases magistrales: ya sea en grupo o individuales.

Si, por el contrario, los niños no pueden salir de sus aulas y es posible dar clase, uno de los maestros se traslada a su habitación mientras que los dos restantes continúan en el colegio. De sus enfermedades, los profesores apenas saben nada por decisión propia. “Queremos que en esta sala sólo entren niños, no enfermos”, enfatiza Juan.

En una estancia u otra, los profesores siguen la programación que ha establecido cada centro escolar para cada niño y que ha sido facilitada por el mismo colegio. El tiempo de ingreso del menor también es un hándicap a la hora de recibir clases. Dependiendo de si su estancia es corta, media o larga, las tareas se adaptan a dicho período de tiempo. A lo largo del pasado curso escolar, 1.232 alumnos recibieron clase, de los que 978 fueron de estancia corta; 161, media; y 39; corta. Estos últimos suelen corresponder a menores ingresados en la planta de Oncología infantil ya que sus largos tratamientos interrumpen de manera considerable su ritmo escolar.

Estos profesores no sólo enseñan a los menores ingresados en el Materno Infantil, sino que también permiten que continúen sus estudios los alumnos de Bachiller y de grados formativos. De esta forma, y durante el pasado curso, los alumnos de Educación Infantil fueron 309, los de Primaria, 587; lo de Secundaria, 327; los de Bachiller, seis; y los de grados formativos, dos. Una vez que abandonan el hospital, otros profesores continúan con las enseñanzas gracias a la atención domiciliaria.

Tras décadas en funcionamiento, estos profesores han visto y escuchado de todo. Y siempre gratificante. Cuando los menores se recuperan y regresan al hospital para las revisiones, el colegio es una de las estancias más visitadas. Hay otros a quienes les cuesta entender que en el hospital vayan a poder estudiar, pero lo consiguen. También hay otros que sólo concibe como colegio aquello que han visto en el hospital, al que llaman El colegio de Juan. Y también hay otros que intentan que sus padres los escolaricen en este cole, donde los menores olvidan durante unas horas qué les llevó al hospital.

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