En la mente de Herta Müller, archivera de palabras

Herta Müller. | ÁLVARO CARMONA
La premio Nobel de Literatura inaugura Cosmopoética con un recital de su poesía visual y recordando su rebeldía ante la dictadura de Ceaucescu

Herta Müller cogió unas tijeras. Se sentó a la mesa con un pequeño montón de revistas. Le gustaba el papel. Su tacto. El olor a tinta. Pero lo que más le impresionaban eran las palabras impresas. Su fuente. Su grafía. Su color. Le encantaba su individualidad y su forma de relacionase con otras. “De donde yo venía había un solo periódico y en Alemania había tantas revistas. Era una pena tirarlas y perder todas aquellas palabras. Así que empecé a recortarlas”. Herta Müller, de raíces alemanas y pasaporte rumano había huido del régimen comunista de Ceaucescu en 1987. En Berlín comenzó a jugar con las letras y esas tijeras con las que de niña soñó, cuando quería convertirse en peluquera. “Pero en vez de cortar el pelo, corté palabras”.

Los entrecomillados pertenecen a la inauguración, en la noche de este sábado, de Cosmopoética, en el Teatro Góngora. Porque Herta Müller ha sido la protagonista. Porque es escritora. Porque es poeta. Porque ganó el premio Nobel de Literatura en 2009. Y porque ha compartido con todos los asistentes la huella que dejan sus tijeras y esa escena de su casa berlinesa en sus obras. Presentada por el periodista Jesús Vigorra, la autora de 61 años ha recitado los poemas que, en forma de collage de recortes de palabras, escribe como si fuesen mensajes anónimos: con la tipografía que le regalan las imprentas y las rotativas. “Cuando llegué a Alemania empecé a mandarlas como si fuesen postales a mis amigos. Luego empecé a almacenar las palabras. A ordenarlas alfabéticamente. Las atesoraba”, explicó.

Herta Müller sospecha que ese archivo deriva de su tiempo en Rumanía, cuando vivía acosada por la Securitate, la policía secreta del régimen. En cualquier momento podían llegar. En cualquier momento podían detenerla. En cualquier momento podían entrar en su casa, arramblar con sus pertenencias, sumergirse en su privacidad. “Pero lo que no podían hacer era entrar en mi mente. Mi mente era mía. Lo que guardaba en mi memoria solo me pertenecía a mí”. Y ahí guardaba sus escritos y los escritos de otros, memorizados. Y aunque los interrogadores trataron de entrar en su sesera, en la cuna de sus ideas, ella nunca se lo permitió. Y jamás colaboró. “La literatura no elimina el miedo, aunque ayuda a controlarlo. No creo en Dios, pero en los interrogatorios, yo repetía poemas enteros en mi cabeza como si estuviese rezando. En una letanía. Eso me ayudaba. Ellos no podían entrar allí”.

Su mente era su mundo. El mismo en el que se había refugiado de pequeña en los campos de Timisoara, cuando cuidaba las vacas que pastaban en los prados de una comunidad germana varada en Rumanía que había sufrido los estragos del final de la Segunda Guerra Mundial: trabajos forzados en la Unión Soviética; sospechas por el posible pasado nazi de parte de ellos. Y silencios. Infinitos silencios. “Nadie hablaba, nadie decía nada. No había nada que hacer, ver o leer. Éramos pobres. Así que me pasaba horas enteras sola. Saludaba a las personas que viajaban en los trenes que pasaban. Hablaba con las plantas. Les cambiaba los nombres, me los inventaba, casaba a unas con otras. Miraba las nubes, veía a mis familiares muertos allí en el cielo y me preocupaba cuando el viento se los llevaba. ¿Por qué haría eso Dios? Todos sabían qué papel jugaban en aquel mundo: las plantas, las vacas, los muertos. Menos yo. Eso me hacía infeliz. Y por eso empecé a escribir”.

Herta Müller es menuda. De grandes ojos azules, piel muy blanca y un cuidado corte de pelo bañado en tinte negro. Rehuye las cámaras. No le gustas los flash. Es tímida. Y como buena tímida de verdad, habladora. Y se expresa en imágenes. En metáforas. Incluso en la conversación. “Es mi herencia rumana, porque el rumano es mucho más metafórico que el alemán”. Anoche estuvo locuaz en el Teatro Góngora. Y se presentó con un perfecto acento diciendo: “Buenas tardes”, antes de sentarse y empezar su recital. Antes de inundar de imágenes un patio de butacas lleno que sí pudo entrar en la mente de Herta Müller. Al menos, un rato.

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