Memorias de un alcalde de Córdoba: Herminio Trigo

Herminio Trigo fue alcalde de Córdoba entre 1986 y 1995. Antes, fue la mano derecha de Julio Anguita, cuando éste se convirtió en el primer alcalde del PCE en una capital de provincia de España. Desde Capitulares, Trigo asistió y comandó la “transformación democrática” de una ciudad que a finales de los setenta se despertaba de cuarenta años de franquismo y en la que estaba todo por hacer en el Ayuntamiento. La editorial Almuzara acaba de editar Herminio Trigo. Memorias políticas, un libro llamado a ser clave para entender un periodo fundamental en la historia de la ciudad de Córdoba, escrito en primera persona por quien ostentó el bastón de mando.

Las memorias de Herminio Trigo tienen dos momentos clave, como si fueran un principio y un final, aunque el exalcalde ha querido centrarse mucho en el durante. El principio tiene que ver con la llegada de la democracia. “Llevaba mucho tiempo pensando que las nuevas generaciones, los menores de 40 años, no conocieron la dictadura ni cómo la generación de mayores trajo la democracia y lo que supuso para las ciudades”, explica, yéndose al principio. “Cuando van por los sitios, pasean por la ciudad, y ven las cosas que hay, creen que siempre han estado ahí. Y no, ha habido que hacerlas”, arranca.

El final es muy importante para un Herminio Trigo que avanza que lo que escribe “no le va a gustar a nadie, ni al PP, ni al PSOE, ni a Izquierda Unida”. Trigo fue alcalde “hasta que me echaron”. Una condena en el último año de mandato por una contratación le llevó a dimitir. “Lo cuento con pormenores. El libro puede despertar animadversión”, reconoce. “Cuento lo que pasó. Lo documento. Tuve que luchar contra todos. Me tocó y ya está. Eso se resolvió echándome, claro”, lamenta un alcalde que reconoce que estuvo años sin poder pasar ni tan siquiera por la calle Capitulares.

Pero las memorias aluden mucho al durante, a ese periodo de casi dos décadas en el que “estaba todo por hacer” y en el que “cambió la ciudad”. Una de esas cosas que las nuevas generaciones pueden pensar que siempre estuvo ahí es el Plan Renfe. Córdoba era una ciudad partida por la mitad a causa de las vías del tren, que la dividía al norte y al sur. Más al sur también, el Guadalquivir y sus únicos dos puentes también dividían por tercera vez el casco urbano. “El tren era el problema más grave que tenía Córdoba y el que tardó más en resolverse. Todo eso lo cuento con anécdotas e historias que pasaban, en esa etapa donde la guerra de la estación fue grave para la ciudad”, relata. Fue algo que “transformó la ciudad, la más profunda que ha tenido durante el siglo XX”, asegura.

Una espina clavada

Trigo admite que se marchó de la Alcaldía con “una espina clavada”: la Capitalidad Cultural. Antes de 2016, Córdoba ya lo intentó en 1992, el gran año de España en el mundo. Pero no lo consiguió. Se impuso Madrid. Desde el equipo de gobierno, primero, y desde la Alcaldía, después, Trigo asegura que “la cultura siempre fue una pata muy importante de nuestros gobiernos”. Así, recuerda la recuperación del Gran Teatro, el papel de la Posada del Potro, alude a los nombres de Pedro Roso, Pedro Ruiz o Paco López, a los talleres de poesía, “a los Cuadernos de la Posada, certámenes de literatura, una investigación con premio Díaz del Moral... Eso produjo un cambio cultural en la ciudad, importante. Después vino la orquesta, la producción propia de óperas, y una serie de actividades que la cultura transformó. Logramos llevar la cultura a los barrios”, detalla.

Eran otros tiempos. “Pasamos de una dictadura a la democracia y la gente tenía mucho que decir”, destaca. Fue así como se le dio tanta importancia al movimiento ciudadano, a las asociaciones de vecinos, a la participación y a la construcción de centros cívicos. “Eso fue otra forma de gobernar que no era la habitual”. 

“Intentamos también en esa época proyectar la imagen de Córdoba con la celebración de congresos importantes, con los encuentros abrahámicos, poner Córdoba fuera, conectar, aspirar a la capitalidad cultural en 1992 que no fue posible”, relata, en un balance en detalle que ha tardado 30 años en reposar.

“Hicimos muchas cosas, sobre todo equipamientos”, agrega. Ahí estuvo el Palacio de Deportes de Vista Alegre, las pistas de atletismo del Fontanar o las salas deportivas de la ciudad. “Es que no había nada”. “Se potenció mucho el deporte y la práctica deportiva en la ciudad”, destaca.

“¡Trasladamos la Feria!”, recuerda también, “un hecho fundamental para la ciudad” que sacó una fiesta que se celebraba en los Jardines de La Victoria hacia El Arenal. “Fue un trabajo importante y muy serio”.

Herminio Trigo le dedica también un capítulo “a un jardín al que le tengo mucho cariño” y que se ejecutó en su Alcaldía: El Jardín de los Poetas.“Aquello era las Costanillas, la parte más despreciada de la ciudad. Lo convertimos en un sitio absolutamente genial. Le tengo mucho cariño. Tiene un mural de Pepe Duarte, nada menos”, se enorgullece.

Trigo detalla también “muchas anécdotas”. “No es un libro exhaustivo, pero lo más importante está dentro”, asegura. “Menciono a mucha gente, esto era una cuestión que de unos aprendí, otros colaboraron conmigo, fue gente que lo importante era formar un equipo. Me gustaba. Sabía que la base de todo éxito era eso. Los equipos fueron todos de ese nivel. Eso hizo posible que pudiéramos hacer lo que hicimos”, destaca.

Alcalde de clase obrera

Volviendo al principio: “Empiezo el libro con mi infancia. Quería dejar claro en este libro que es un poco mi autobiografía autorizada. Quería dejar claro de dónde vengo”. Herminio Trigo fue el primer alcalde “que procedía de la clase obrera, de la trabajadora”. “Llegué a base de esfuerzo familiar a poder estudiar, a adquirir conocimientos y las circunstancias me llevaron a ser alcalde. Eso quería dejarlo constar. Me parecía importante. Quizás desconocido para mucha gente”, asegura.

“La memoria siempre tiene un problema. Deja en el cajón del olvido las cosas malas, molestas y perjudiciales. La última es imposible de olvidar. Fue una herida que estuve varios años sin poder pasar por la puerta del Ayuntamiento. Lo que yo sufrí con aquello no lo podía ablandar ni pasar por el Ayuntamiento”, rememora Herminio Trigo, volviendo al final.

“Pero el resto: aprendí. Te dejabas la cabeza en conseguir algo, cuando lo conseguías, había otra esperando. Disfrutar, solo disfruté con Renfe, la inauguración de la estación. Lo demás te juro que no”, asegura a preguntas del periodista sobre si le daba tiempo a saborear aquellos pequeños éxitos de las inauguraciones. “Eran tantas las cosas que había, no me daba tiempo a disfrutar”. 

Herminio Trigo tuvo una carrera política muy ligada a Julio Anguita. “Hicimos vidas paralelas muchos años”. Se conocieron antes de la política. “Los dos nos caímos del caballo en Montilla”, recuerda, antes de la muerte de Franco. “Veníamos del Frente de Juventudes, dictadura pura y dura, nuestra formación era cristiana, católica, y franquista. Ya teníamos problemas de fe importantes. Descubrimos otro mundo: que existía la democracia, que existía la participación ciudadana. Empezamos a leer libros que nos facilitaban, libros nuevos, que no conocíamos. Eran libros prohibidos. Empezamos por leer a Miguel Hernández, a los poetas prohibidos. Son libros que nos apañamos a través del Ruedo Ibérico, en París. Empezamos a abrir una ventana”, recuerda, en aquellos años duros previos a la Transición. 

Y cita un nombre: Rafael Balsera, director del colegio Gran Capitán. “Hicimos amistad con él. Era un liberal. Serlo en la época de la dictadura, era ser rojo. Un hombre muy culto, nos suministraba libros, historia, clásicos del marxismos. Escondidos en el campo nos los pasábamos”, rememora. De hecho, recuerda que en Montilla había “una célula carlista”, dirigida por el conde de la Cortina, de Alvear. “Publicaban una revistilla llamada Qué pasa. En esa revista era antifranquista total. Tenía cuatro hojas, no más. Empezamos a leer cosas muy desconocidas, pero con sentido. Eso nos ayudó a descubrir ese mundo”, relata, sobre como Anguita y él acabaron finalmente dando un paso adelante. “Yo estaba en el PCE ya, pero en lo mío, en la cultura, en el cine, en otras historias. Cuando ponen a Julio de cabeza de lista, tira de mí”, explica. 

Preguntado sobre las diferencias del ayer y el hoy, Trigo reflexiona: “Para gobernar una ciudad, tienes que saber qué quieres. un proyecto de ciudad. Entre las cosas que quieres hacer, no tienes toda la razón”. “Los vecinos son los que realmente hacen ciudad. La hace el Ayuntamiento con los ciudadanos. Hay que saber qué hacer. Recabar opinión y rebatir propuestas. Eso hace que tengas idea de la ciudad más real”, recomienda. 

Cuando el PCE llegó a la Alcaldía de Córdoba en 1979, las prioridades eran muy diferentes. “Lo primero era darle vehículos a la policía y construir un parque de bomberos para que no estuvieran en una nave del parque Cruz Conde. Era tanto lo que había que hacer, que lo primero fue acudir a los problemas más urgentes”. “Después, ya está lo más importante”, detalla.

En aquellos años, los actores principales de la ciudad “no esperaban tener que negociar con los comunistas. No estaba en su credo”. Pero “la dictadura se había acabado”. “Tuve que enseñarle a muchos empresarios a ser empresarios”, asegura.

“Quedaron cosas. Las ciudades nunca se acaban”. Su asignatura pendiente, la Capitalidad. “Conseguí el casco histórico patrimonio de la humanidad. Pero no la capitalidad cultural. Teníamos todas las de perder. Lo intentamos lo que pudimos”, asegura.

Memorias políticas sale a la venta esta semana. Ya se puede comprar por internet. Con prólogo de Antonio Barragán, Herminio Trigo lo presentará “más adelante” en la República de las Letras. Y antes de despedirse, confiesa con un verso de Pablo Neruda a modo de resumen: “Confieso que he vivido”.

Herminio Trigo fue alcalde de Córdoba entre 1986 y 1995. Antes, fue la mano derecha de Julio Anguita, cuando éste se convirtió en el primer alcalde del PCE en una capital de provincia de España. Desde Capitulares, Trigo asistió y comandó la “transformación democrática” de una ciudad que a finales de los setenta se despertaba de cuarenta años de franquismo y en la que estaba todo por hacer en el Ayuntamiento. La editorial Almuzara acaba de editar Herminio Trigo. Memorias políticas, un libro llamado a ser clave para entender un periodo fundamental en la historia de la ciudad de Córdoba, escrito en primera persona por quien ostentó el bastón de mando.

Las memorias de Herminio Trigo tienen dos momentos clave, como si fueran un principio y un final, aunque el exalcalde ha querido centrarse mucho en el durante. El principio tiene que ver con la llegada de la democracia. “Llevaba mucho tiempo pensando que las nuevas generaciones, los menores de 40 años, no conocieron la dictadura ni cómo la generación de mayores trajo la democracia y lo que supuso para las ciudades”, explica, yéndose al principio. “Cuando van por los sitios, pasean por la ciudad, y ven las cosas que hay, creen que siempre han estado ahí. Y no, ha habido que hacerlas”, arranca.

El final es muy importante para un Herminio Trigo que avanza que lo que escribe “no le va a gustar a nadie, ni al PP, ni al PSOE, ni a Izquierda Unida”. Trigo fue alcalde “hasta que me echaron”. Una condena en el último año de mandato por una contratación le llevó a dimitir. “Lo cuento con pormenores. El libro puede despertar animadversión”, reconoce. “Cuento lo que pasó. Lo documento. Tuve que luchar contra todos. Me tocó y ya está. Eso se resolvió echándome, claro”, lamenta un alcalde que reconoce que estuvo años sin poder pasar ni tan siquiera por la calle Capitulares.

Pero las memorias aluden mucho al durante, a ese periodo de casi dos décadas en el que “estaba todo por hacer” y en el que “cambió la ciudad”. Una de esas cosas que las nuevas generaciones pueden pensar que siempre estuvo ahí es el Plan Renfe. Córdoba era una ciudad partida por la mitad a causa de las vías del tren, que la dividía al norte y al sur. Más al sur también, el Guadalquivir y sus únicos dos puentes también dividían por tercera vez el casco urbano. “El tren era el problema más grave que tenía Córdoba y el que tardó más en resolverse. Todo eso lo cuento con anécdotas e historias que pasaban, en esa etapa donde la guerra de la estación fue grave para la ciudad”, relata. Fue algo que “transformó la ciudad, la más profunda que ha tenido durante el siglo XX”, asegura.

Una espina clavada

Trigo admite que se marchó de la Alcaldía con “una espina clavada”: la Capitalidad Cultural. Antes de 2016, Córdoba ya lo intentó en 1992, el gran año de España en el mundo. Pero no lo consiguió. Se impuso Madrid. Desde el equipo de gobierno, primero, y desde la Alcaldía, después, Trigo asegura que “la cultura siempre fue una pata muy importante de nuestros gobiernos”. Así, recuerda la recuperación del Gran Teatro, el papel de la Posada del Potro, alude a los nombres de Pedro Roso, Pedro Ruiz o Paco López, a los talleres de poesía, “a los Cuadernos de la Posada, certámenes de literatura, una investigación con premio Díaz del Moral... Eso produjo un cambio cultural en la ciudad, importante. Después vino la orquesta, la producción propia de óperas, y una serie de actividades que la cultura transformó. Logramos llevar la cultura a los barrios”, detalla.

Eran otros tiempos. “Pasamos de una dictadura a la democracia y la gente tenía mucho que decir”, destaca. Fue así como se le dio tanta importancia al movimiento ciudadano, a las asociaciones de vecinos, a la participación y a la construcción de centros cívicos. “Eso fue otra forma de gobernar que no era la habitual”. 

“Intentamos también en esa época proyectar la imagen de Córdoba con la celebración de congresos importantes, con los encuentros abrahámicos, poner Córdoba fuera, conectar, aspirar a la capitalidad cultural en 1992 que no fue posible”, relata, en un balance en detalle que ha tardado 30 años en reposar.

“Hicimos muchas cosas, sobre todo equipamientos”, agrega. Ahí estuvo el Palacio de Deportes de Vista Alegre, las pistas de atletismo del Fontanar o las salas deportivas de la ciudad. “Es que no había nada”. “Se potenció mucho el deporte y la práctica deportiva en la ciudad”, destaca.

“¡Trasladamos la Feria!”, recuerda también, “un hecho fundamental para la ciudad” que sacó una fiesta que se celebraba en los Jardines de La Victoria hacia El Arenal. “Fue un trabajo importante y muy serio”.

Herminio Trigo le dedica también un capítulo “a un jardín al que le tengo mucho cariño” y que se ejecutó en su Alcaldía: El Jardín de los Poetas.“Aquello era las Costanillas, la parte más despreciada de la ciudad. Lo convertimos en un sitio absolutamente genial. Le tengo mucho cariño. Tiene un mural de Pepe Duarte, nada menos”, se enorgullece.

Trigo detalla también “muchas anécdotas”. “No es un libro exhaustivo, pero lo más importante está dentro”, asegura. “Menciono a mucha gente, esto era una cuestión que de unos aprendí, otros colaboraron conmigo, fue gente que lo importante era formar un equipo. Me gustaba. Sabía que la base de todo éxito era eso. Los equipos fueron todos de ese nivel. Eso hizo posible que pudiéramos hacer lo que hicimos”, destaca.

Alcalde de clase obrera

Volviendo al principio: “Empiezo el libro con mi infancia. Quería dejar claro en este libro que es un poco mi autobiografía autorizada. Quería dejar claro de dónde vengo”. Herminio Trigo fue el primer alcalde “que procedía de la clase obrera, de la trabajadora”. “Llegué a base de esfuerzo familiar a poder estudiar, a adquirir conocimientos y las circunstancias me llevaron a ser alcalde. Eso quería dejarlo constar. Me parecía importante. Quizás desconocido para mucha gente”, asegura.

“La memoria siempre tiene un problema. Deja en el cajón del olvido las cosas malas, molestas y perjudiciales. La última es imposible de olvidar. Fue una herida que estuve varios años sin poder pasar por la puerta del Ayuntamiento. Lo que yo sufrí con aquello no lo podía ablandar ni pasar por el Ayuntamiento”, rememora Herminio Trigo, volviendo al final.

“Pero el resto: aprendí. Te dejabas la cabeza en conseguir algo, cuando lo conseguías, había otra esperando. Disfrutar, solo disfruté con Renfe, la inauguración de la estación. Lo demás te juro que no”, asegura a preguntas del periodista sobre si le daba tiempo a saborear aquellos pequeños éxitos de las inauguraciones. “Eran tantas las cosas que había, no me daba tiempo a disfrutar”. 

Herminio Trigo tuvo una carrera política muy ligada a Julio Anguita. “Hicimos vidas paralelas muchos años”. Se conocieron antes de la política. “Los dos nos caímos del caballo en Montilla”, recuerda, antes de la muerte de Franco. “Veníamos del Frente de Juventudes, dictadura pura y dura, nuestra formación era cristiana, católica, y franquista. Ya teníamos problemas de fe importantes. Descubrimos otro mundo: que existía la democracia, que existía la participación ciudadana. Empezamos a leer libros que nos facilitaban, libros nuevos, que no conocíamos. Eran libros prohibidos. Empezamos por leer a Miguel Hernández, a los poetas prohibidos. Son libros que nos apañamos a través del Ruedo Ibérico, en París. Empezamos a abrir una ventana”, recuerda, en aquellos años duros previos a la Transición. 

Y cita un nombre: Rafael Balsera, director del colegio Gran Capitán. “Hicimos amistad con él. Era un liberal. Serlo en la época de la dictadura, era ser rojo. Un hombre muy culto, nos suministraba libros, historia, clásicos del marxismos. Escondidos en el campo nos los pasábamos”, rememora. De hecho, recuerda que en Montilla había “una célula carlista”, dirigida por el conde de la Cortina, de Alvear. “Publicaban una revistilla llamada Qué pasa. En esa revista era antifranquista total. Tenía cuatro hojas, no más. Empezamos a leer cosas muy desconocidas, pero con sentido. Eso nos ayudó a descubrir ese mundo”, relata, sobre como Anguita y él acabaron finalmente dando un paso adelante. “Yo estaba en el PCE ya, pero en lo mío, en la cultura, en el cine, en otras historias. Cuando ponen a Julio de cabeza de lista, tira de mí”, explica. 

Preguntado sobre las diferencias del ayer y el hoy, Trigo reflexiona: “Para gobernar una ciudad, tienes que saber qué quieres. un proyecto de ciudad. Entre las cosas que quieres hacer, no tienes toda la razón”. “Los vecinos son los que realmente hacen ciudad. La hace el Ayuntamiento con los ciudadanos. Hay que saber qué hacer. Recabar opinión y rebatir propuestas. Eso hace que tengas idea de la ciudad más real”, recomienda. 

Cuando el PCE llegó a la Alcaldía de Córdoba en 1979, las prioridades eran muy diferentes. “Lo primero era darle vehículos a la policía y construir un parque de bomberos para que no estuvieran en una nave del parque Cruz Conde. Era tanto lo que había que hacer, que lo primero fue acudir a los problemas más urgentes”. “Después, ya está lo más importante”, detalla.

En aquellos años, los actores principales de la ciudad “no esperaban tener que negociar con los comunistas. No estaba en su credo”. Pero “la dictadura se había acabado”. “Tuve que enseñarle a muchos empresarios a ser empresarios”, asegura.

“Quedaron cosas. Las ciudades nunca se acaban”. Su asignatura pendiente, la Capitalidad. “Conseguí el casco histórico patrimonio de la humanidad. Pero no la capitalidad cultural. Teníamos todas las de perder. Lo intentamos lo que pudimos”, asegura.

Memorias políticas sale a la venta esta semana. Ya se puede comprar por internet. Con prólogo de Antonio Barragán, Herminio Trigo lo presentará “más adelante” en la República de las Letras. Y antes de despedirse, confiesa con un verso de Pablo Neruda a modo de resumen: “Confieso que he vivido”.

Herminio Trigo fue alcalde de Córdoba entre 1986 y 1995. Antes, fue la mano derecha de Julio Anguita, cuando éste se convirtió en el primer alcalde del PCE en una capital de provincia de España. Desde Capitulares, Trigo asistió y comandó la “transformación democrática” de una ciudad que a finales de los setenta se despertaba de cuarenta años de franquismo y en la que estaba todo por hacer en el Ayuntamiento. La editorial Almuzara acaba de editar Herminio Trigo. Memorias políticas, un libro llamado a ser clave para entender un periodo fundamental en la historia de la ciudad de Córdoba, escrito en primera persona por quien ostentó el bastón de mando.

Las memorias de Herminio Trigo tienen dos momentos clave, como si fueran un principio y un final, aunque el exalcalde ha querido centrarse mucho en el durante. El principio tiene que ver con la llegada de la democracia. “Llevaba mucho tiempo pensando que las nuevas generaciones, los menores de 40 años, no conocieron la dictadura ni cómo la generación de mayores trajo la democracia y lo que supuso para las ciudades”, explica, yéndose al principio. “Cuando van por los sitios, pasean por la ciudad, y ven las cosas que hay, creen que siempre han estado ahí. Y no, ha habido que hacerlas”, arranca.

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