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Juan Velasco

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Tres hombres de edad avanzada caminan, paraguas en mano, por una calle del centro, buscando un bar abierto. Se cruzan con un joven que pasea a su perro, como casi todos los días. Lo que cambia es el silencio que acompaña a este cruce rutinario.

Son poco más de las ocho de la mañana. Cualquier otro día, el murmullo de los niños y adolescentes cruzando esa misma calle monopolizaría la banda sonora, que también aceptaría el ruido de los motores de los coches que atraviesan la ciudad.

Este miércoles, sin embargo, apenas había coches, y, desde luego, no había niños, ni adolescentes, ni los padres que muchas veces los acompañan al colegio. La Junta había suspendido las clases el martes, en una medida nada habitual, que ha contribuido a insertar la precaución (y el miedo, por qué no decirlo) en buena parte de la población.

Y eso se nota en unas calles en las que, si eliminas el trajín de los colegios de la ecuación diaria, te muestran una ciudad bastante más silenciosa y pausada. Esa es la Córdoba que ha amanecido este 4 de febrero.

Una Córdoba que esperaba un diluvio que, en las primeras horas, no ha llegado a la capital, pero cuyos vecinos han modulado sus salidas o las han postergado, pendientes de la evolución de la borrasca Leonardo, que amenaza con descargas muy potentes de agua y viento, si se cumplen las previsiones.

El resultado de esta contención de la vida en la calle es una Córdoba que recuerda, salvando todas las distancias, a la de pandemia de la Covid en 2020. Una ciudad asustada ante un evento que es incapaz de asumir en toda su totalidad y que confía en que se vaya con el mismo silencio que ha dejado en las calles en las primeras horas.

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