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Dos jóvenes cordobeses en el Milán de las mascarillas

Germán, a la izquierda, y Ricardo, a la derecha, estos días en Milán.

Ángel Ortiz

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Ricardo López-Crespo, Riki, estudia Ingeniería Agroalimentaria y del Medio Rural en la Universidad de Córdoba. Este año disfruta, o disfrutaba, de una beca erasmus en Milán, el importante centro financiero del norte de Italia, foco de todos los medios de comunicación en la última semana a causa del brote de Covid-19 que ha sacudido los alrededores de la ciudad lombarda.

“Cuando empezó a salir lo del coronavirus en China nos lo tomábamos a guasa, a broma”, cuenta Ricardo al otro lado del teléfono. Sin embargo, estando con unos amigos, se entera de que el virus ha aterrizado en Milán, el paso previo a una psicosis colectiva. “Creíamos que era un caso aislado y que no iba a pasar nada, pero nos empezamos a asustar cuando vimos que se suspenden partidos de la Serie A y las universidades empiezan a mandarnos correos suspendiendo las clases indefinidamente”. El brote comienza a alterar la normalidad de la sociedad italiana, en general, y milanesa, en particular, afectando directamente a los estudiantes españoles que allí residen. Además, las discotecas y los bares permanecen cerrados y apenas salen de casa.

El detonante se produce cuando, durante un botellón, el sanedrín de la amistad durante un erasmus, un amigo recibe un correo en el que le cancelan un viaje con destino Venecia para asistir a los famosos carnavales. A escasas cinco horas de que parta el autobús se paraliza una actividad marcada en rojo en el calendario para un buen puñado de jóvenes erasmus y de todo el mundo. La patronal hotelera de la ciudad del Véneto describe estos días un sector al borde del colapso.  “Ahí paso de la guasa a la no tan guasa”, nos comenta Ricardo.

La preocupación comienza a crecer en los padres de Ricardo, que asisten como espectadores a la propagación del virus a través de los medios de comunicación, mientras su hijo está allí, en el epicentro de la noticia. “Nuestros padres nos empezaron a decir que volviéramos”, nos cuenta. Esta decisión – “que fue dura” – se produce espontáneamente el domingo, cuando “empezó a ponerse la cosa más fea, por las noticias difundidas a través de los medios de comunicación”.

Sus dos hermanos mayores y sus primos, que este próximo fin de semana iban a visitarle, suspenden su viaje al mismo tiempo que Ricardo y sus amigos ya miran vuelos de vuelta a España, que empiezan a escasear mientras los precios suben exponencialmente. Es el precio del salvoconducto para salir de un lugar infectado de discotecas y bares cerrados, periodistas, cámaras de televisión y un virus más condescendiente que la gripe común, pero nuevo.

Ricardo y sus amigos volvieron a España el martes por la noche, deseando regresar al lugar de donde se iban: “no sabemos cuándo, si en dos o tres semanas, dos meses o si, a lo mejor, ya se acabó”.

Otro caso similar es el de Germán Muñoz, que paseaba por las abarrotadas calles del centro de Milán, ciudad en la que trabaja desde hace unos pocos meses, el sábado por la tarde cuando recibió un whatsapp de un amigo: “se está liando en el norte de Italia, hay 80.000 personas puestas en cuarentena y cientos de personas infectadas”, nos cuenta que le puso, “exagerando un huevo la situación”. Asomaban más mascarillas de la cuenta ya entre los turistas y los milaneses, sin embargo, su sensación era de absoluta normalidad.

Empiezan a llegar muchísimos mensajes al móvil de Germán, informándole de lo que está pasando en el lugar donde vive. Él sigue tranquilo y el domingo vuelve a pasear por las calles de la ciudad, que sigue ajena a la histeria exterior. Aunque es “entre el domingo por la tarde y el lunes por la mañana” cuando se rompe la normalidad y “estalla la situación”, cuando se producen las primeras muertes. “Empezó a correrse la voz y la palabra muerte comenzó a hacer ruido”, nos relata este joven cordobés de 25 años que trabaja en asesoría de banca.

Su madre lo llamó el lunes por la mañana para que corriera al supermercado a conseguir provisiones. Ricardo nos cuenta, también, que es el lunes por la mañana cuando se producen las cotas máximas de tensión, ante la incertidumbre de la situación. No obstante, la Bolsa de Milán registró el lunes una fuerte caída de un 5,5%. Germán afirma que “el lunes por la mañana si fue mucha gente a los supermercados, pero por la tarde, aunque se veía más gente de lo normal, sí había normalidad”.

“Cunde el pánico, las empresas empiezan a decirle a los trabajadores que no vayan a trabajar y se ve menos gente en las calles”, es el panorama de Milán el lunes, una ciudad donde las mascarillas han subido hasta un 700% su valor, como un antídoto físico imprescindible para sobrevivir aunque, realmente, sirva para poco.

Opina Germán que más que por miedo, la gente extranjera que trabaja en su sector está volviendo por la propia política de las empresas, “cuya prioridad es preocuparse por los empleados; a ellos [los directivos de las empresas] les llegan noticias del exterior, exagerando la situación”, opina.

El propio Germán, aunque pidió quedarse en Italia, vuela hoy dirección Madrid, donde la empresa lo ha destinado, en principio, durante las dos próximas semanas. Él dice que corre más peligro montándose en el avión, compartiendo aire con doscientas personas, que quedándose allí. “Está la cosa para que alguien se ponga a toser y me pongan en cuarentena”, dice bromeando. O no.

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