Joaquín Clerch, el músico sensacionalista

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El guitarrista cubano ofrece en el Teatro Góngora un concierto cargado de nostalgia, modificando el programa previsto para honrar a su mentor, Leo Brouwer

Melancolía y andante cantabile. El concierto de Joaquín Clerch inscrito en el ciclo Los Clásicos del Festival de la Guitarra de Córdoba no comenzó el domingo 6 de Julio a las 21.30, como estaba previsto, sino un par de días antes en la memoria sentimental del autor. Cuando, cenando en algún restaurante de la Judería, veía por azar un vídeo de unos niños bailando al son de Un día de Noviembre, la composición de su maestro y amigo Leo Brouwer.

Decía Salvador Pániker que no podía considerarse ateo porque el ateísmo era incompatible con la música de Joan Sebastián Bach. Siempre he pensado que Pániker quiso explicarnos cómo en la música de Bach encontraba algo que era capaz de sobrepasar sus prejuicios, una emotividad más allá de lo razonable y preciso. Y es que cuando nos enfrentamos a una obra musical, inmiscuirse en la sentimentalidad tras la partitura es comprender que la interpretación no es una mera decodificación de símbolos sino también el saber transmitir la emoción tras las notas. Comprender que, en la música, fácil y accesible no siempre significa carente de profundidad o belleza.

Joaquín Clerch es un transmisor de emoción y por ello un músico sensacionalista, tendente a producir sensación, impresión. Pero en su intento de impresionar fuertemente el ánimo emplea en ocasiones recursos efectistas. La línea entre ambos caracteres es difusa, y empapada en la segunda se desarrolló su primera interpretación, inaugurando el concierto la Chaconne de J.S. Bach sorprendentemente deficiente en cuanto a la técnica, y falta del carácter que se esperaría en un músico de su talla.

Tras la Chaconne, sin embargo, volvió a sorprendernos, esta vez con una noticia bachtiana: había decidido modificar el programa del concierto

por motivos sentimentales. Aquellos niños le habían recordado sus años de enseñanza con el maestro Brouwer (del que recibió clases mientras se licenciaba en el Conservatorio de La Habana) y quería rendirle homenaje en la ciudad cuya Orquesta dirigiera tantos años. Abandonó a Bach y nos deleitó, en la destreza de lo conocido, con los Estudios 1, 2, 6, 7 y 20 de Leo Brouwer, y la rememorada Un día de noviembre. Quizá esos niños le recordaron también la película cubana del mismo título (Humberto Solás, 1972), en que se interpreta por primera vez la composición para guitarra, bajo, flauta y percusión. Brouwer la adaptaría años después para guitarra sola, dándola a conocer en su disco De Bach a los Beatles.

Durante la segunda parte Clerch decidió continuar su ejercicio bachtiano modificando el programa en homenaje sentimental. Tras tocar Alfonsina y el mar -en recuerdo de la poeta Alfonsina Storni, que se adentró en el Mar de la Plata en 1938-

eliminó a Piazzola y Ginastera para tocar La Cumparsita. Y en ovación cerrada dio fin a su actuación con una composición de Rafael Hernández -en versión de L. Brouwer- indudable legado para la memoria puertorriqueña e hispanoamericana.

Así, el concierto resultó ser sencillo, nostálgico, esencial. En palabras de Brouwer -sobre Un día de Noviembre-: “Es un tema cinematográfico, fílmico, elemental, hasta comercial si se quiere (…) obviamente, la diferencia con el mundo comercial está en la repetición, justamente para vender a través de ella esa especie de confort seudocultural que hay siempre en estos mundos comerciales”. Funcional pero bella. Sencilla pero a la vez con mucho encanto. Joaquín supo transmitir al público, a través de

una armonía clara, su nostalgia afectiva.

Del sensacionalismo comercial que tanto detestaba Brouwer sí parece desmarcarse Clerch, como estrella del videoclip, o impartiendo lecciones online a través de Youtube. Pero sin duda ha heredado su sensacionalismo sentimental y esa “Nueva simplicidad” tan cargada de historia, memoria, y emoción.

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