La i griega

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Algunos dicen, han dicho, que no hace falta creer para creer. Según ellos, querer creer es suficiente. Así la tradición se impone a la conciencia.

Gente quiso creer que el sol daba vueltas a la Tierra, y eso fue así. Gente con la cabeza rapada y una túnica naranja quiere creer que se reencarnará, y no seré yo quien lo desdiga. Gente creyó durante centurias que los negros eran seres inferiores carentes de alma y gente creyó en dictadores y llenó estadios y coreografió desfiles y esas cosas.

Lo tradicional es querer creer. Es lo que llena las calles y las plazas públicas.

¿Y si hoy no resucitase Jesús?

¿Y si Elvis Presley no vive, mayor y con cierto sobrepeso, en esa isla secreta?

¿Y si Macondo existe en tus sueños cartográficos?

¿Y si, como leí en Mongolia, el hombre que lo hace todo en España, que dice Astrud, fuese Juan Cruz?

¿Y si Juan Cruz ya tuviese escrito su propio obituario por si alguna vez se le ocurre morirse, cosa que dudo?

Credo tu intelligam, creo para comprender. Ay San Agustín que copiaste a mi paisano Averroes: fuiste astuto para intentar conjugar la fe y la razón. Casi lo consigues.

Jesús sigue resucitando. En bucle. ¿Y ahora qué?

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