La esencia del instante

Hermandad de la Misericordia | ÁLEX GALLEGOS

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Apenas unos segundos dura. Quizá alcance un minuto. Pero poco más sigue. Se va como viene. Es una porción mínima de tiempo. Menos para un reloj que avanza sin la más mínima contemplación. Las manecillas de la vida nunca se detienen. Y lo que es peor, aceleran cuando uno desea que pararan. Veloz pasa. Es sólo un momento. Y sin embargo, es imperecedero. Sin necesidad de cámara. El objetivo es la retina. Tanto como la grabadora es el oído. Basta únicamente mantener en plenitud los sentidos. Es de tal forma como lo que supone un suspiro en la existencia cobra manera de eterno. Es una imagen. Es un aroma. Es un sonido. Es un todo que se desvanece capaz de, a la vez, perdurar. La esencia del instante.

Un instante es el de la calle Buen Pastor. Unos cuantos minutos son nada más. Es la victoria contra la adversidad del espacio. Parecía imposible, como siempre. Pero no lo era, como cada Miércoles Santo. Lentamente y no sin esfuerzo, el magnífico paso de misterio sobre el que el Señor recibe la bofetá de Malco cruzó la puerta de San Roque. Ya estaba en la calle Jesús del Perdón, imagen a la que no perdían de vista quienes habitan en la residencia anexa al templo. La ilusión borraba las arrugas de sus viejos rostros. Poco después el trono de caoba se perdía entre las estrecheces del corazón de la Judería. Lo hizo también al rato la Virgen del Rocío y Lágrimas. Al final de su tránsito, María recibió una intensa lluvia de pétalos que regaló otro momento inolvidable. Con el baile de palio, con crestería única.

Otro instante tuvo lugar muy lejos de allí. Tanto que ni siquiera la ciudad era cercana. Es la realidad que cada año vive la hermandad de las Palmeras. A la misma hora, las cinco y media de la tarde, arrancaba también el Miércoles Santo en el periférico barrio. Centenares de vecinos, como es habitual, aguardaban la apertura de las puertas de la parroquia de San Antonio María Claret. Tras la salida del cortejo el Santísimo Cristo de la Piedad pisó las calles entre el calor de su gente y con la Madre de sereno dolor a sus pies. Bella imagen la de la Virgen de Vida, Esperanza y Dulzura Nuestra. Inició la corporación entonces su extenso camino hasta la Mezquita Catedral en un trayecto que no termina hasta bien entrada la madrugada del Jueves Santo. El fervor popular tomó a pulso de voluntad y sacrificio primero el centro de Córdoba y después la Carrera Oficial. Un momento fue esta estación que quizá, así lo pretende la cofradía, sea la última del actual Crucificado debido a su mal estado.

Es probable que en 2019 el nuevo titular, cuya hechura corresponderá a Antonio Bernal, recorra ya la ciudad. Será un instante, como el que se dio en la Real Parroquia de San Lorenzo a idéntica hora. Porque el Miércoles Santo tenía un comienzo múltiple, con tres citas dispares. Del hechizo del andar entre calles de pared con pared a la bulla, y de ésta a la solemnidad. La que una vez más demostró, y destiló con riqueza, Jesús del Calvario. El Señor del pómulo amoratado, con túnica rasa de color morado, partió del fernandino templo tras una complicada salida. Otra vez el impedimento de las dimensiones. Cuando el pórtico de la iglesia, tras superar el dintel, los costaleros ofrecieron una delicada revirá para poco a poco abandonar la plaza de uno de los barrios de mayor solera de Córdoba. Tras él caminó, también elegante, la Virgen del Mayor Dolor. El paso de palio hubo de detenerse unos minutos nada más arrancar su marcha debido a un contratiempo en una trabajadera, el cual quedó solventado. El retraso en el desfile cayó en el olvido enseguida. La seriedad mandaba.

Y de nuevo la bulla para otro instante. Blanco encalado, Cristo de los Faroles, rincón mágico… la plaza de Capuchinos reunía a una multitud. A las seis y cuarto había de iniciar su recorrido por la ciudad el Señor de la Humildad y Paciencia. El nutrido cortejo de su hermandad se hizo camino al andar, como dijera el poeta, entre una riada de personas. Después, Jesús aparecía en ese misterio del caballo que tiene un paso tan característico como siempre esperado. Si no, cualquiera observe los Jardines de Colón cuando la luna es el hilo de oro del bordado para el cielo de la ciudad. Minutos después estaba Ella ante la puerta, que había de cruzar con su blancura, con esa Paz y Esperanza que tenía que, un año más, repartir a su pueblo en un Miércoles Santo que era un momento en esta Semana Santa. Pero sempiterno gracias a la fuerza de la memoria. La Paloma de Cerrillo escapó de la íntima calleja que conduce a Conde de Torres Cabrera con las voces de la escolanía de la cofradía. Un instante nada más, un instante que es para siempre.

Como instante fue el vivido en la Basílica Menor de San Pedro. De allí, pila bautismal del más grande de los imagineros cordobeses de todos los tiempos, Juan de Mesa y Velasco, había de partir el Cristo de la Misericordia. Imponente figura ante un templo que no lo es menos. El día se resistía aún a ir para dejar su lugar a la noche. Sobrio en su andar como acostumbra, buscó el paso del Crucificado la plaza de la Corredera. Otra imagen. Otro aroma. Otro sonido. Como el de la dulce Virgen de las Lágrimas en su Desamparo, con el suave morado de su palio sobre Ella. El Miércoles Santo era ya pleno de sensaciones. Unas muy dispares a las otras, como es tradicional y sucede además todos y cada uno de los días de la Semana Santa cordobesa. Imborrable es su riqueza. Como el momento, ese momento que puede ser cualquiera.

Un momento como el silencio. La mudez auto exigida en San Basilio, en pleno Alcázar Viejo. Donde geranios y gitanillas dan alma a la ciudad cada primavera, flor de marzo hubo esta vez. El murmullo cesó cuando Jesús de la Pasión, Saeta para Él, comenzó el emocionante recorrido por su barrio. Las miradas se perdían entre el blanco de los muros y las macetas. El Señor con caminar elegante, siempre adelante y con mecida casi imperceptible, sólo requirió dos chicotás para encaminarse a Enmedio. La música acompañaba en una conjunción perfecta, extraordinaria. Sucedió también al paso de la Virgen del Amor, como el amor de San Juan. El discípulo junto a la Madre, la Madre con sus vecinos, los vecinos con una hermandad con sello propio. Tras cruzar el Arco de las Caballerizas Reales había de arrancar definitivamente el viaje a la madrugada. La luna sí coronaba ya el manto oscuro. Era, como es y será, la esencia del instante.

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