Diario del Confinamiento | Una visita inesperada

Un saltamontes en un celindo.

Lo primero que habría que decir es que el título de esta página del Diario no es muy afortunado si partimos del hecho de que, en estos días, cualquier visita que recibamos será bastante inesperada, sorprendente y, en cierto punto, amenazante o inquietante.

Hay que aprender a titular. Me acuerdo de Pérez Galdós, por ejemplo, que escribió una historia protagonizada por dos mujeres de nombres Fortunata y Jacinta y la tituló “Fortunata y Jacinta”. Es posible que le pusiera el título al terminar de escribirla y se dijera: “Así, ya está, no me voy ahora a comer la cabeza”.

El caso es que esta mañana, en mi terraza, he recibido la visita de un saltamontes. Estaba posado sobre la rama de la celinda, una planta que está ahora muy mona pero que el invierno lo pasa de forma austera y raquítica como un faquir.

“Hola, soy Bob”, me dijo el saltamontes. “Me llamo así en honor a Bob Beamon, el atleta que alcanzó con 8´90 metros el récord de salto de longitud en las Olimpiadas de México 68”.

“Pero tú también saltas en altura”, le repuse.

“Claro; mira mis patas traseras. Lo que pasa también es que el español es un idioma muy exagerado; en inglés, por ejemplo, nos llaman grasshoppers, los que brincamos por la hierba, que es volar más bajo”.

“Entiendo”.

“Pero, vamos, que lo nuestro es más la distancia que la altura; mira mis primas las langostas, que arrasaron todo Egipto hace más de dos mil años”.

“Ah, sí, he leído algo de eso”.

“Coño, claro, aquello fue un suceso famoso. Se ganaron una página en la Biblia, que era entonces el Chronicle con más tirada”.

Me fui un momento a la cocina a apagar la cafetera y cuando volví a la terraza, Bob ya se había pirado. Supongo que de un brinco.

Qué cabrón. Me acordé de aquello que decían mis tías cuando nos despedíamos de su casa: “Las visitas gusto dan, pero es cuando se van”.

Frase un pelín grosera, creo.

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