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Diario del Confinamiento | Velorios

"Mira qué bonita era", Julio Romero de Torres.

Juan José Fernández Palomo

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Una vez leí que la historia de los velatorios se remonta a la Edad Media, en la que la falta de higiene o el uso de utensilios de metales tóxicos o los comas etílicos provocados por beber extraños destilados con lo que tuvieran a mano, provocaba envenenamientos y comas temporales y hacía parecer que personas intoxicadas estuvieran muertas. Para evitar enterrar a un vivo, la familia decidía quedarse en vela para ver si se despertaba, o no, el pariente.

Tal vez no sea muy riguroso el asunto; pero el caso es que velar, se vela.

Al menos, en estas latitudes, la muerte ha ido paulatinamente abandonando nuestros hogares y se ha trasladado en primer término (“primer”: suena irónico ahora que lo escribo) a centros hospitalarios y, después, a los tanatorios, un sector industrial muy

interesante, con su I+D+I, su debate entre lo público y lo privado y todas esas cosas.

Conocí una vez al hijo de un industrial del emergente ramo de las plantas incineradoras para tanatorios a fines de la década de los ochenta y primeros de los noventa: un boom en toda regla. Ese tipo reconocía que, al acabar empresariales, trabajaría y acabaría

heredando la empresa familiar. Hay congresos internacionales y revistas especializadas sobre el asunto. Es bueno, como en todo, saber idiomas hasta para gestionar a los que callan para siempre.

He estado en velatorios –en calidad de persona viva- en varias ocasiones. A veces saludé, me abracé, di un par de besos y me fui. Otras me quedé un rato más, brindé con anís, escuché conversaciones que se me olvidaron y me fui. En otros pocos me quedé más rato porque el finado o la finada eran muy cercanos y yo era, digamos, casi el anfitrión.

Reconozco que un velatorio puede acabar siendo divertido. Para vencer el dolor recurrimos a la anécdota o al chiste de madrugada. Es memorable cómo contaba mi tío riendo y llorando las ocurrencias de mi abuela o cómo le sonó el móvil con la sintonía del himno de

España en el funeral de su hermano.

Lo primero que vi cuando llegué a León, Nicaragua, al caer la noche húmeda y calurosa, fue un grupo de mujeres y hombres sentados en la calle a la puerta de una casa iluminada con velas. Estaban riendo y bebiendo botellines helados de cerveza Toña, vasitos de

ron Flor de Caña y comiendo tamales. “Es un velorio”, nos dijo el menda que conducía el taxi. En León está enterrado Rubén Darío. Su velorio tuvo que ser espectacular.

La Fase 1 nos permite ir a velatorios. Pero no se me agolpen, hermanos, no es necesario.

También podemos echar unos tragos y unas risas sin salir de casa.

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