Diario del Confinamiento | Postal desde la Mezquita

Un buzón frente a la Mezquita.

Querido/a guiri:

Ojalá estuvieras aquí (Wish you were here, sí, es el mejor disco de la Historia, lo escucho ahora).

Estoy en la Mezquita de Córdoba, estoy prácticamente solo, son las diez de la mañana. Esto es espectacular. Acaba de terminar la misa de las 9 y media. Sí, en la Mezquita se celebra la liturgia cristianocatólica, por eso es tan peculiar este sitio. Los fieles han abandonado el templo, eran pocos y ahora me cruzo con algún sacerdote que también sale del recinto. A uno de ellos le asoma la barba bajo la mascarilla, tiene gafas también, creo que tiene nombre de calle, me suena. Tal vez sea exorcista. No todos los curas son exorcistas, para eso hay que hacer un máster, creo.

Estoy solo en un enjambre de arcos y columnas, esto debe inspirar a los arquitectos modernos, a Sobejano o a sus nietos, qué sé yo. El suelo está muy pulido. Debajo hay muertos, alguna placa así lo indica. Aquí los muertos tienen nombre de varón, hombres de fe o de letras o de las dos cosas o de ninguna, muertos no más.

Hay dispensadores de hidrogel en algunos rincones. Debe ser el agua bendita de estos tiempos. Pienso en ello mientras me lo aplico en las manos y en el cuello, me persigno con cierta heterodoxia.

Me apetece bailar entre columnas, rozarlas una a una, simular un beso en el mármol, abrazarlas y rechazarlas. Me gustaría botar una pelota de baloncesto spalding oficial y escuchar el sonido de mis zapatillas nike air jordan resbalando en este suelo.

Quisiera tantas cosas. Quisiera que estuvieras aquí, de mi mano, con la máscara.

Querido/a guiri: debes venir, debes ver esto como yo lo veo. De aquí no debes salir, no querrás hacerlo. No hay alrededor tiendas donde comprar imanes para tu frigorífico, no hay refrescos ni franquicias.

Debes venir y morir aquí. Yo pisaré tu lápida todas las mañanas que amanezcan en la tierra y honraré tu memoria que brillará por siempre como un diamante.

Ven. No tardes.

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