Diario del Confinamiento | Arrepentimientos

Arrepentimientos.

Me cuenta un amigo un sucedido que ha tenido con la estanquera de su barrio: Entró a comprar tabaco, manteniendo la distancia de seguridad en la escasa cola de la puerta y respetando el cartel de “sólo un cliente en tienda”. Cuando le toca el turno, mi amigo, en un espontáneo gesto de simpatía –o al menos empatía- con la dependienta, le dice: “Estás muy guapa con la mascarilla, te queda muy bien”.

“La he jodido, macho”, me dice. “Creo que en el fondo le he dicho que es mejor que lleve mascarilla. ¡Es como decirle que está fea sin ella, joder! No sabes cómo me arrepiento”.

“Bueno, hombre; no te pongas así”, le dije. “No ha sido tan malo, tal vez la has hecho sonreír”. “No, coño. He estado fatal”.

Pobre muchacho. El arrepentimiento es cosa humana, una comprensión espontánea de los errores que cometemos. Ahora bien, tiene poco arbitraje la cosa.

El arrepentimiento puede salvarnos de la amargura del infierno, cuenta Jesucristo en una parábola que protagonizan un fariseo y un recaudador de impuestos en el Nuevo Testamento (nota para el lector: en Los Testamentos, fariseo significa “muy mala persona” y recaudador, “mala persona a secas”). El recaudador se salva porque se arrepiente y el fariseo no, porque no se humilla, dice el cuento.

Me pregunto de qué tendremos que arrepentirnos cuando todo esto pase.

Pero me acuerdo de un verso de Leonard Cohen que, como Bob Dylan , era judío y ateo –o tal vez politeísta, que es cosa parecida-: “Cuando dicen arrepiéntete, arrepiéntete, arrepiéntete, me pregunto que querrán decir”.

La canción se llama The Future y mi amigo, en tres días, tendrá que volver al estanco.

Etiquetas
stats