Diario del Confinamiento | Ajedrez

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Confieso que he pensado en el juego del ajedrez durante el confinamiento. Pero la posibilidad de quedar con alguien para jugar partidas online me ha dado pereza.

Sin embargo; sí he visto páginas en internet de partidas famosas y leído crónicas sobre ellas. Es curioso, todo en el ajedrez me parece muy normal, familiar y reglado y, a la par, muy loco, muy extraño.

Yo sé jugar al ajedrez. Mal. Recuerdo jugar partidas con el, por entonces, novio de unan compañera de facultad. Era un tipo mayor que nosotros, calvo y pelirrojo –al parecer, se puede ser ambas cosas a la vez- y, ojo, estudiaba para convertirse en meteorólogo.

Jugaba muy bien. Me fulminaba una y otra vez en apenas diez o doce movimientos y me dijo una cosa que entonces me pareció curiosa: “nunca serás bueno jugando al ajedrez; porque no eres suficientemente agresivo”.

Llevaba razón, y lo fui entendiendo. Cierto es que no tengo un carácter agresivo y cierto es también que el ajedrez es un deporte más agresivo de lo que parece, aunque se sude menos. Que también se llega a sudar.

Me lo pasé muy bien un par de veranos jugando al ajedrez junto a una piscina en casa de un amigo. Comíamos un arroz y pasábamos la tarde frente al tablero, en bañador, libando mesurados gintonics. Éramos felices. Inventamos las partidas como si fuera un torneo de tenis a cinco sets. Había que ganar tres de dos. Él jugaba bien y solía ganar las dos primeras; pero fumaba porros, se relajaba y le daba la risa, y yo ganaba las tres restantes y me llevaba el “torneo”. Resistencia y paciencia frente a agresividad.

Al escritor Borges le gustaba el ajedrez. Al menos como juego de signos, ideal para sus cosmogonía literaria. Cuando uno lee los cuentos de Borges no entiende porque no le concedieron el Nobel. Cuando uno lee sus poemas, sí lo entiende. Escribió muchos poemas muy malos.

Sin embargo recuerdo un soneto suyo sobre ajedrez; creo que acababa más o menos así:

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza¿Qué Dios detrás de Dios la trama empiezade polvo y tiempo y sueño y agonía?”

Borges se llamaba Jorge y era argentino. Como el Papa. Ese terceto cobra ahora un sentido curioso.

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