Diario del Confinamiento | Adulterios

Imagen de unas manos.

Ahora pienso en ellos y ellas, hombres y mujeres que tienen un amor y otro amor. Es posible. Ocurre.

Pienso que están en familia, en pareja, con hijos o no; incluso solos y una baraja para repartir a dos bandas o más. Un alarde.

¿Cómo se hace? ¿Se disimula, se reparten los abrazos domésticos, se esconden en el cuarto de baño, suben a la azotea con el móvil, sacan al perro, la basura, dan un beso a su hija y apagan la luz?

¿Adelgazan, les entra la comida servida con afecto, se desvelan, se rascan la mejilla, se les va la pinza viendo la película de la tele?

Todas las adúlteras y adúlteros reales y posibles tienen mi bendición. Son los que echan de menos una reunión de trabajo, una visita, una excusa, la reunión inventada, enseñar de mal rollo la tarjeta en la recepción del hotel, hacer promesas al principio, olvidarlas después en la ducha.

No sé por qué los dioses –o sus supuestos y adustos representantes- consideran esto pecado, no sé por qué lo censuran y lo castigan. No sé por qué lo asemejan a la posesión yo, que soy de condición desprendido. No lo sé.

Que tengan desde esta humilde página mi más alta solidaridad los adúlteros de palabra obra u omisión; los más secretos y los más visibles, los cautos y los que están al borde de la desesperación.

Comparto vuestro pellizco y vuestra simulación, hermanas y hermanos, hechos de la misma carne y la misma sangre que yo.

Carne y sangre y cerebro y corazón posibles ¿quién primero ha dicho no?

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