'Cristo flagelado'. Georges Roualt

.

Algunas de las obras de George Rouault compartieron pared con las de Matisse o Derain en la famosa exposición del Salón de Otoño de París, en 1905. Eran tiempos de bohemia y rupturas, tiempo de las vanguardias europeas en un continente que no es que se formara para la guerra, sino que acogía guerras para formarse una identidad.

Las cosas se ponían tan salvajes que un crítico de arte, Louis Vauxcelles, llamó a aquella mítica muestra “jaula de fieras”, de ahí el nombre de “fauvismo” con el que acabó en los libros de historia el movimiento de los expresionistas franceses. Más de un siglo después todavía no tengo claro si las “fieras” eran los cuadros o los pintores.

Rouault no era ni un bohemio ni un salvaje; pero era extraño como su obra. Este cristo flagelado pertenece a una serie de madurez que agrupó bajo el nombre común de Miserere, donde no sólo hay temática estrictamente religiosa, sino también retratos de personajes marginales, mendigos, payasos y... ¡jueces!

En vida, aunque vendió mucho y bien, a Rouault no se le entendió nunca. No era amigo de los grupos, tenía profunda convicciones cristianas pero, a la vez, se le tachaba de ser bastante misántropo. No debería importarnos, sus obras hablan por él y son, de alguna manera, piadosas. Reflejan un amor desolado por los modelos que elige y los pinta con luminosos añiles y amarillos, con los contornos muy marcados porque de pequeño fue aprendiz de un maestro vidriero, por eso sus cuadros parece que dejan pasar una luz que está detrás y, a su vez, iluminan a quien los contempla, un poco como los iconos bizantinos.

Su obra la gestiona una fundación que lleva su nombre y preside su nieto y casi toda se puede ver en el Pompidou de París, pero viaja mucho: hace unos años pasó por la sala que la Fundación La Caixa tiene en La Pedrera, en Barcelona y también estuvo en el Bellas Artes de Bilbao.

Su legado podría ser más grande, pero Rouault, al final de su vida, le ganó un largo y farragoso pleito al famoso marchante Volard, que le devolvió casi un centenar de pinturas, muchas sin acabar porque el autor tardaba mucho en abandonarlas o terminarlas (que es la misma cosa). Ni corto ni perezoso, George Rouault se percató de que no iba a tener tiempo vital de acabar esos cuadros y, con un alto sentido moral de la autoría del artista, se encargó personalmente de quemarlos para que nadie pudiera manipularlos y/o lucrarse con ellos tras su muerte.

Con un par.

Etiquetas
stats