Costas Cotsiolis, insondable

Costas Cotsiolis | TONI BLANCO
Crónica de un homenaje sentido a Leo Brouwer

Tal vez por no ser tan conocido en nuestro país excepto por los especialistas, tal vez por exceso de plazas reservadas, tal vez por ser un día entre semana y coincidir con una semifinal del mundial de fútbol, el caso es que anoche quedaron libres bastantes plazas en el patio de butacas del Teatro Góngora.

Costas, puntual, comenzó con un Barrios templado, reflexivo y limpio (Choro da saudade) y expresivo y de potentes armónicos en su Mazurka apassionata. La sala empezó a alcanzar temperatura con una auténtica deconstrucción del tango La muerte del ángel (Piazzolla) producto de un arreglo muy personal de Brouwer. Regalada y preciosista en su parte central, de gran fuerza y contrastes en sus extremos. La transcripción de la Milonga del ángel de B. Benitez y obra original también de Piazzolla obró como la tranquilidad en el ojo del huracán a la espera del acontecimiento principal de la noche, terminando con los prolegómenos.

Y llegados a este punto, comenzó el auténtico homenaje a Leo Brouwer, asistente de honor entre el público, gran compositor cubano afincado durante tantos años en Córdoba. Cotsiolis alternó las más melódicas y cantables obras (Canción de cuna y An Idea) con piezas mucho más densas. Su Elogio de la danza podría ser el elogio por antonomasia. Pese a la amplificación del sonido, es envidiable su técnica para obtener una riqueza tímbrica con la que deleitó los oídos de los asistentes al interpretar tanto el Elogio como Tarantos, una obra más compleja aún que la anterior.

El concierto llegó a su punto culminante con la Sonata del Decamerón Negro, obra dedicada por L. Brouwer al propio Costas Cotsiolis. En ella puede escucharse al maestro cubano más puro: modal, en algunos puntos casi renacentista, con lazos hacia la musicalidad melódica sudamericana, y siempre contemporáneo, especialista en obtener de la guitarra la policromía sonora que muy pocos compositores son capaces de articular. Cotsiolis es de los pocos intérpretes que es capaz de conseguir con naturalidad esa riqueza de colores, timbres y texturas.

El público aplaudió durante mucho tiempo a intérprete y compositor, que se levantó entre los asistentes para agradecerle al guitarrista griego su titánico homenaje.

El concierto finalizó con una obra de Domeniconi, Koyunbaba suite op. 19, más asequible que la parte brouweriana, de intensa melodía en su primer movimiento y con una ganancia textural increíble en el más interesante de los movimientos, el cuarto.

El público agradeció la actuación aplaudiendo de pie al finalizar, obligando al maestro a salir a saludar después de haber ocultado su guitarra entre bambalinas. Una lástima que no hubiera bises, pero hay que señalar que la casi hora y media de concierto fue ejecutada sin descanso.

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