Córdoba 2050: un estudio duda que se cultive la vid y el olivo

Un girasol solitario en mitad de un campo afectado por la sequía.
Un informe elaborado por un climatólogo sobre el cambio climático señala que si la temperatura sube entre dos y cuatro grados en los próximos 35 años desaparecerán o menguarán en la provincia cultivos que llevan milenios sembrándose en la zona

El escenario dibujado es para dentro de 35 años. Para entonces, la temperatura media en Córdoba podría haber aumentado entre dos y cuatro grados centígrados. Los inviernos serían muy suaves, la primavera se adelantaría y el verano sería intenso, con olas de calor continuas en las que (como ahora) se superarían con facilidad los 40 grados y con bastante probabilidad las máximas se acercarían a los 50 grados. Con este comportamiento climático, más propio del Norte de África que del Sur de Europa, en la provincia de Córdoba el rendimiento de los cultivos del olivo y la vid (santo y seña de la dieta mediterránea) bajarían a niveles dramáticos y haría, en el peor de los casos, imposible su crianza. Ésta es una de las principales conclusiones del informe ‘Cambio climático en Europa. Percepción e impactos’, elaborado por el climatólogo y experto del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU Johathan Gómez Cantero, para Equo, que se acaba de hacer público.

El estudio dibuja un panorama climatológico en el Sur de España en el que los cultivos que tradicionalmente se han sembrado en la provincia sufrirían en extremo y dejarían de ser rentables. En caso de que la temperatura subiese dos grados de media en los próximos 35 años las consecuencias serían “graves”. En caso de que lo hiciesen cuatro grados, serían “muy graves”. Y muy graves significa que difícilmente se podría seguir produciendo vino y aceite a los ritmos actuales, y que muchos agricultores verían cómo sus tierras dejarían de ser rentables.

Además del calor, el estudio de este climatólogo señala como principal problema futuro el “estrés hídrico” que sufrirán los cultivos del Sur de la Península. Así, señala como una de las consecuencias del cambio climático que además de que hará más calor en verano (y por tanto árboles como los cítricos no podrán resistir temperaturas tan seguidas a más de 40 grados) en otoño e invierno lloverá menos. Y cuando llueva, lo hará con mucha intensidad, lo que en lugar de aliviar la sequía acabará provocando daños, inundaciones y la erosión de la superficie vegetal. Así, se prevé que los recursos hídricos del Guadalquivir sufran una merma de hasta un 33% en los próximos 35 años, en caso de que las emisiones a la atmósfera sigan el ritmo actual y la temperatura continúe avanzando.

El estudio, además, señala que una de las principales consecuencias que ya se está detectando del cambio climático es el aumento de las alergias en primavera. El informe señala que cada vez la floración de las especies vegetales se produce antes y dura más. Esto unido a la contaminación del aire hace que los periodos de alergias aumenten y cada vez afecten a un mayor número de población. También se apunta a un incremento notable de los incendios forestales: a las altas temperaturas se suma la sequedad de la vegetación, que actúa como combustible para que los fuegos, cuando se producen, sean cada vez más virulentos.

En cuanto a la fauna, se ha detectado una presencia cada vez mayor de especies tropicales procedentes del Norte de África. Es el caso de los mosquitos tigre, cuya plaga ha causado estragos en el Delta del Ebro. También se señala a la presencia de especies invasoras, que están afectando de manera grave al ecosistema mediterráneo del Sur de la Península. En cuanto al acceso al agua, el estudio señala que la demanda será cada vez mayor, lo que provocará graves tensiones y que los acuíferos sean cada año más escasos.

No obstante, las conclusiones no son tan apocalípticas. Se trata de una situación, señala, que se puede revertir. Una importante reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente los producidos por la combustión de combustibles fósiles como el carbón o el petróleo, congelaría el proceso de cambio climático y evitaría así que la actual fuese la primera generación en la historia de la humanidad que detectase en tan pocos años el cambio de un clima que hasta ahora tardaba miles de años en producirse. En diciembre, en París, hay una oportunidad: cumbre mundial del clima.

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