Conciliar en estado de alarma: malabarismos para ir al trabajo y dejar a los hijos en casa

Los hijos de Carmen y Francisco juegan en su casa.

Desde que el Gobierno decretara el estado de alarma por la crisis sanitaria del coronavirus, guarderías, colegios e institutos echaron el cierre y todos los menores llevan confinados en casa junto a sus familias desde mediados de marzo. Desde entonces, muchos padres y madres que deben salir a trabajar fuera de casa están teniendo que hacer verdaderos malabarismos para conciliar su tarea profesional con el cuidado de sus hijos, que ya llevan cinco semanas en casa.

Carmen y Francisco conforman una de esas parejas a las que el estado de alarma les está poniendo verdaderamente a prueba. Ambos son profesionales sanitarios que han acudido a su trabajo en primera línea desde el primer día del confinamiento. Ella, como enfermera en las Urgencias extrahospitalarias en el centro del Sector Sur de la capital cordobesa. Él, también enfermero, en los quirófanos con intervenciones programadas en el Hospital Reina Sofía. Ambos tienen dos niños, de 2 y 5 años, y en este tiempo han tenido que hacer un auténtico sudoku con sus horarios para no dejar a los pequeños solos.

“Lo compatibilizamos porque yo tengo guardias de 24 horas y después tres libranzas”, explica Carmen. “Mi marido se acogió hace año y medio a una reducción de un tercio del horario, para descansar los días que yo trabajo”. Con ese panorama, la salida de Carmen de una guardia a las 8:00 se produce a la misma hora a la que Francisco debe estar ya en su puesto. Y, ahora, con los dos niños en casa, han debido buscar la fórmula para que ese solapamiento de horarios no haga que los pequeños se queden solos. “Antes tiraba de la familia, pero ahora en esta situación no podemos. Así que yo pido a los compañeros salir un ratito antes y así llego a casa y le doy el relevo a él, que se marcha corriendo” al hospital.

El panorama que se le presenta a Carmen a su llegada a casa pasa por “todo un ritual” de medidas preventivas e higiene para evitar cualquier riesgo de contagio a su familia. Aunque ya dio negativo en la prueba del coronavirus, su entrada en casa la hace desde la cochera de la vivienda, donde se quita la ropa y limpia todo -calzado, móvil, llaves- antes de entrar en casa “directa a la ducha”. Luego, después de 24 horas de guardia, le esperan dos activos niños de corta edad.

Esta pareja da gracias, al menos, de que el confinamiento les ha pillado recién mudados a su actual vivienda, donde los niños tienen un patio para jugar y la casa cuenta con dos plantas con más espacio. Eso ayuda, cuenta Carmen, a que los niños jueguen y, aunque su hijo de 2 años aún es pequeño para darse cuenta de lo que sucede, el mayor, a sus 5 años, “sí que es consciente y quiere ver ya a sus amigos”.

Una casa comunicada con la familia y un cuñado maestro

Ylenia y Juan Antonio conforman otra de esas parejas que son ejemplo del malabarismo de la conciliación en el estado de alarma. Ella es directora del Centro de Alzheimer del municipio de Alcaracejos y, junto a toda la plantilla de trabajadoras, lleva confinada en este centro desde el inicio de la pandemia, para asegurar que el virus no entrara allí y afectara a los mayores que cuidan. En su casa, sus tres hijos de 4, 9 y 12 años, están a cargo de su marido que, si bien durante las dos semanas de medidas más restrictivas del confinamiento sí ha estado en casa, ahora tiene que salir a trabajar en la empresa de construcción de la que es gerente.

La solución que ha encontrado esta pareja para atender a sus hijos debidamente la han encontrado en su familia. Su vivienda “está comunicada con la de mis cuñados”, explica Ylenia, y cuando su marido ha levantado y dado el desayuno a los tres pequeños antes de irse a trabajar, los críos pasan a la casa de la familia, donde “por suerte, mi cuñado es maestro” y durante este tiempo está teletrabajando desde casa.

A su cuñado le toca entonces ejercer de maestro doblemente: “Él lógicamente teletrabaja y además, se queda al cargo de los niños” mientras estos hacen sus tareas: los tres de Ylenia y Juan Antonio, y dos primos más, hijos de sus cuñados. “Hay que estar muy encima de ellos con las tareas, supervisando todo”, señala Ylenia que sigue toda la rutina de sus hijos como puede a distancia, a través del teléfono, mensajes y vieollamadas. “Ellos están bien, no se aburren, juegan, se hacen compañía unos a otros”, se reconforta esta madre. “Tengo la seguridad y la confianza de que están bien”.

Además, también por suerte, el puesto de su marido en la empresa de construcción y el tenerla en la misma localidad hace que “pueda flexibilizar su horario y, en un momento dado, acercarse a casa y echarles un vistazo” a los pequeños. “Ante cualquier emergencia, sé que él está ahí”.

Una abuela joven como tabla de salvación

El malabarismo de la conciliación en estado de alarma riza el rizo cuando afecta a padres o madres que viven solos con sus hijos. Es el caso de Davinia y su hijo Marco, que acaba de cumplir 4 años. Ella, periodista, ha tenido que acudir presencialmente a trabajar a la redacción de su periódico desde el inicio del confinamiento. Y, evidentemente, su hijo está sin colegio desde entonces.

Su tabla de salvación durante todo este mes ha sido su madre, una de esas superabuelas jóvenes, a la que Davinia lleva todas las mañanas temprano a su nieto mientras ella trabaja. “Tengo que levantarlo pronto y cruzarme media ciudad. Es una locura cada mañana”, dice para explicar el recorrido que hace desde la zona de El Brillante en la que vive hasta el piso de su madre en Fátima, para llegar después al centro de la capital a su trabajo.

La abuela del pequeño -que aún no ha cumplido los 60-, se hace cargo de él mientras Davinia trabaja cada día de 8:00 a 15:00. “Mi madre tuvo que cerrar el establecimiento de hostelería con el estado de alarma. Por eso está en casa y, al menos, puedo tirar de ella”, explica mientras señala cómo a sus hermanos, por ejemplos, los tiene lejos -en Madrid y en La Carlota- para poder contar con ellos en el día a día.

“Todo fue tan de repente, el estado de alarma, la vorágine...que me he ido adaptando sobre la marcha”, cuenta, con arreglo a las posibilidades que tenía a su alcance. Y, todo ello, siempre con la preocupación del contagio, de salir y entrar de la calle, de no coger ni transmitir el virus. La mascarilla, los guantes y la higiene son las armas con las que lleva su día a día en el trabajo y en la calle, para que ni al llevar ni al recoger a su hijo haya peligro alguno para él ni su madre.

“Todo se hace raro”, reflexiona después de estas cinco semanas ya de estado de alarma. Aunque ella haga todo lo posible por que su hijo lo note lo menos posible. “Acaba de ser su cumpleaños”, recuerda. Y es que este 6 de abril tan especial, al cumplir 4 años, en su casa no faltó la tarta con velas, los regalos comprados por Amazon con previsión dos semanas antes y las videollamadas de sus amigos del cole y sus profesoras. Felicidades.

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