Por respeto a ti, por respeto a mí

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En abril de 2017, el veterano actor italiano Giovanni Mongiano se disponía a salir al escenario para interpretar su espectáculo, un monólogo de casi hora y media llamado Improvisación de un actor que lee. Mongiano era un actor modesto, aunque con muchos años de tablas, y ese día le tocaba conquistar al público de Gallarate, un pueblo de la Lombardía con poco más de 50.000 habitantes. "Maestro, no sé cómo decírselo pero… no hemos vendido ni una sola entrada y no hay nadie", le dijo apurada la taquillera junto al encargado del teatro, que ante tal bochorno propuso suspender la función y cerrar las puertas. "De eso nada. Voy a subir al escenario y el espectáculo se hará igualmente", respondió Mongiano, quien ante un patio de butacas completamente desierto recitó todo su texto hasta la última coma, sin importarle que no hubiera nadie para escucharle y aplaudirle. "Nunca me había ocurrido, pero hay que hacer la función. Siempre les enseño a los jóvenes que aspiran a ser actores que no importa cuánta gente haya en la sala. Se trata del respeto al público, al teatro y a ti mismo, a tu profesión", señaló el actor, quien reconoció que "ya había cobrado y podía haberme ido tranquilamente, pero no podía hacerlo". Su imagen interpretando la obra sin público se convirtió en un gesto "provocador y simbólico" acerca del amor y respeto a un trabajo.

Mongiano podía haberse quitado de en medio y no hubiera pasado nada. Una carrera decadente, un pueblo de mala muerte, un teatro vacío… Nadie se hubiera enterado y la repercusión habría sido inexistente, pero el actor tenía un compromiso con su público, con su profesión y sobre todo consigo mismo, con su sentido de la excelencia, con su necesidad de ofrecer su mejor versión en todo momento sin importar quién o cuántos estén viéndolo. Con eso le bastaba.

Estos días me he acordado de Mongiano porque hoy tuve la tentación de no escribir, igual que la tuve hace dos semanas justo antes de irme a la playa. Seamos sinceros: estamos en agosto y probablemente estés de vacaciones, tirado en la tumbona o en el chiringuito, de viaje, en la feria de tu pueblo o disfrutando del dolce far niente mientras apuras tus últimos días de descanso. La lectura de prensa desciende enormemente en estas semanas en las que hay poco que contar y muchas ganas de desconectar, y además este blog no da noticias, con lo que su sentido de la actualidad es nulo. ¿Entonces, para qué escribir este artículo? "Venga ya, si en verano no lo va a leer nadie", he oído más de una vez estas semanas, y puede que sea verdad (es muy fácil, sólo hay que ver las estadísticas de visitas a la web). Pero escribo porque al igual que Mongiano, tengo un compromiso con CORDÓPOLIS, contigo y, sobre todo, conmigo mismo.

Y eso que igual que el actor podía haberse escaqueado y no lo hizo, yo podía haber hecho lo mismo. Al contrario que Mongiano, que tenía cubierto su caché fuera quien fuera al teatro, yo no cobro ni un duro por esta colaboración y si hubiese pedido una prórroga de unas semanas sin tener que mandar el artículo la hubiese tenido sin duda. Lejos de ser económica, mi relación con este periódico está basada en la amistad y el agradecimiento. Por eso es más pura. Ellos me invitaron a escribir este blog y les respondo haciendo una de las pocas cosas que sé hacer bien, dándoles las gracias por abrirme esta ventana y siendo puntual a una cita autoimpuesta.

Por eso dejé escritos dos artículos antes de irme de vacaciones y por eso escribo éste recién llegado de la playa, aún con arena en las zapatillas y pocas ganas de volver a la rutina. Escribo porque te tengo un enorme respeto, y eso que no te conozco. Con que sólo haya una persona esperando este artículo de los lunes me siento obligado a no faltarle a la cita y a hacerlo bien, a ofrecerle un texto interesante y a ser posible de calidad. Ahora más que nunca, en plenas vacaciones, que alguien dedique cinco minutos a leer un artículo merece todo el respeto, el reconocimiento y la dedicación del que lo escribe.

Así que escribo por respeto a ti y a tu tiempo, pero sobre todo por respeto a mí mismo, a mi sentido del deber y a mi compromiso con la excelencia. "Haz siempre lo mejor" es uno de los cuatro acuerdos de los que habla Miguel Ruiz en su libro, y quizás el más importante. Consiste en ofrecer siempre la mejor versión, da igual la situación, el escenario o cuál sea el público. No es ser mejor que nadie ni ser perfecto, es dar el máximo en cualquier circunstancia, cantando hoy como si fuera el último concierto de tu vida sin importar cuánta gente vino a verte. Ese respeto a ti mismo y a lo que haces hará que siempre estés satisfecho contigo mismo y te permitirá ir por la vida con la cabeza alta sin importar el resultado, porque salga bien o salga mal siempre serás consciente de que lo has dado todo. Y es que no hay sensación peor que no lograr un objetivo y saber que te faltó algo por dar, que hubo algo que te dejaste en el tintero y que ya es demasiado tarde para arrepentirse.

Obviamente, a Mongiano le hubiese gustado tener el teatro lleno y una ovación de minutos al final de la obra, pero eso no estaba en su mano y tampoco lo necesitaba para dar su mejor versión. Lo que dependía de él era hacer una interpretación impecable y marcharse a casa con la satisfacción del deber cumplido. Porque cuando la excelencia se entrena día a día se convierte en un hábito y termina convirtiéndose en una parte de tu identidad, como la del veterano actor, un hombre que por respeto a su trabajo y a sí mismo no sabía hacer las cosas mal o a medias, sino que tenía la irremediable necesidad de hacerlas lo mejor posible. Eso no significa que esté bien ni garantiza el éxito, pero te permite dormir con la conciencia tranquila y acaba irremisiblemente por acercarte a ese resultado que tanto deseas y que tanto te mereces. Por respeto a los demás, pero sobre todo por respeto a ti.

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Publicado el
18 de agosto de 2019 - 14:05 h
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