Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
Viajamos juntos
El cielo llora sin parar. Así ocurre, durante largos días, desde la noche sin luna del 18 de enero de 2026.
La respuesta de Adamuz es luz de humanidad con las víctimas de la tragedia ferroviaria.
El dolor inconmensurable puede que algo se palie tras constatar la energía de la solidaridad ciudadana y el músculo de lo público, que actúan desde el resorte personal y con el latido organizado de los planes de emergencias.
Unas fuerzas rescatan, otras curan, otras escuchan, otras investigan, otras informan y otras arman la maquinaria de la Justicia.
Sentimos que la sociedad entera abraza. Abrazamos a las víctimas desde el primer segundo. Ahora. Mañana. Siempre.
Abrazaremos en cada actualización y nueva noticia, en cada alta hospitalaria, frente a cada obstáculo, ante las dificultades de personas concretas, frente a la desmoralización o la desesperanza; lo haremos cuando llegue el juicio, en los aniversarios… Tengamos el abrazo disponible. Cada vez que haga falta. También hacia quienes con seguridad se enfrenten a secuelas psicológicas por su participación en un durísimo rescate.
Es tan obvio que vamos en un mismo tren, real y metafóricamente. No es que cualquiera podría haber viajado en los trenes Yryo y Alvia del gravísimo accidente, es que los sentimos nuestros, como herida propia. Viajamos juntos. No creamos otra cosa.
Adamuz, Córdoba, Andalucía, España han mostrado su capacidad solidaria, profesional, institucional ante una dramática y gigantesca emergencia con escasísimos precedentes. Había lecciones recientes sobre cómo hacerlo bien y sobre qué evitar; es decir, en relación a lo que el poder jamás debería hacer, ya que su papel (para eso los hemos puesto) es priorizar a las víctimas y damnificados, trabajar desde la unidad, encontrar las causas de lo sucedido, investigar y, en su caso, depurar responsabilidades desde las instancias que la democracia y el Estado de derecho nos marcan, y comprometerse con hechos, calendario, medidas y presupuesto en aportar soluciones para prevenir en todo lo posible accidentes o catástrofes semejantes.
Los desastres, los sucesos que hieren y matan poseen un tiempo propio, un universo temporal. La adrenalina, por suerte, provoca que el ser humano (personas como el vecino de Adamuz que usó su quad, el adolescente pescador y su amigo, las mujeres y hombres voluntarios de apoyo y primeros auxilios…) desarrolle un trance heroico, de labor valiente, infatigable, cuando la sustancia actúa sobre lo que llamamos un buen corazón, que es mayoritario y generalizado en las personas como el impulso de donar sangre, como tender la mano y ayudar como sea, lo que no resta mérito a los héroes y heroínas de Adamuz.
Otra dimensión, terrible, se abre en medio de las horas y días de incertidumbre, de agónica esperanza en unos casos, de muy compleja aceptación en otros. También ha llegado el duelo: dicen los especialistas que hay que pasarlo y asumirlo con apoyo. Mientras, cuando toque, vendrá el tiempo de una amarga carga administrativa que acarrean las desgracias. Hagamos, por favor, que cada punto del proceso sea lo más llevadero, lo más facilitador; que las víctimas sientan el abrazo y la compañía y que el calor humano de ahora continúe. El apoyo y el pulso deben mantenerse con un horizonte temporal que será largo. Nos esperan la verdad, la justicia, la reparación, la prevención, la atención de por vida a víctimas que van a tener que ir a consultas de fisioterapia, etcétera. Hay que mantener ese dar la mano y esa luz de los teléfonos móviles que se adentraron en el rescate. El Estado ha de hacerlo el primero.
Viajamos juntos. Y lo público, lo común, lo comunitario, es nuestro vehículo, nuestro escenario, nuestra casa en nuestra sagrada democracia. Hay que cuidarlo como lo nuestro más preciado. Porque en ello nos va la vida. El presente y el futuro dependen de nuestras infraestructuras fundamentales, de nuestra sanidad y educación, de nuestros equipos de emergencias y protección civil, de nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad, de nuestros juzgados y sus recursos humanos y materiales, de nuestro apoyo al empleo de calidad y la actividad económica.
La ciudadanía, también a escala planetaria, exige que lo importante se cuide como importante. Queremos estar en la planificación del mundo en paz, justo, cuidado y seguro que es posible, y no solo en las fatalidades y desastres.
La poesía de César Vallejo, su poema “Masa”, en el que desesperadamente se quiere resucitar a los fallecidos en la batalla por el amor que les tenemos, porque son de nuestra familia humana, la poesía de la adamuceña Gata Cattana, ella que escribió No vine a ser carne, y la mirada de Boro, el perro que se salvó, vagó por Sierra Morena, fue recuperado y logró verse abrazado por su dueña, me sirven algo de analgésico y de antidepresivo estos días duros que nos ponen a prueba, nos retratan, y que deben traducirse en mejoras estratégicas, de calado.
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
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