La Roja, una navaja suiza
La Roja cura los males. Y no es que opere cual extintor ante la alerta naranja y el horizonte infernal de los 42 grados. Ni cual goma de borrar restando volumen a la factura de la luz, o como gazpacho fresquito cuando no sabes qué echarte al gaznate. Es más que eso: lo sabemos, lo sentimos. Porque la Roja, esta eficaz construcción de acción y excelencia futbolística, de ser equipo y desacomplejada diversidad, funciona como una navaja suiza de factibles esperanzas multiuso contra las fuerzas que pretenden gobernar el mundo (cuando lo mangonean) mediante eso tan viejo y pertinazmente practicado por el poder que es negarse a hacer y obligar a hacer.
La vida y la realidad que compartimos están tejidas en parte del hartazgo decepcionante de comprobar cómo alguien poderoso o investido de obligación y responsabilidad institucional o contractual se ríe de nosotrxs cuando cuestiones reclamadas mil veces siguen postergándose. Ejemplos hay por todas partes: lacras enquistadas, solares vacíos como muelas infestadas de caries, obras hidráulicas sin hacer, estrategias sin prioridad contra el calentamiento global y la prevención de incendios y el calor extremo, carreteras que deben ser autovía, puntos negros de seguridad vial, vacantes médicas sin cubrir, edificios abandonados, la ansiada electrificación clave para la industria, el rescate de los cines de verano, soluciones al atasco descomunal en los exámenes prácticos del carnet de conducir, rehabilitación, sin pausa y con suficientes fondos, del casco histórico, todos ellos, esperando a Godot.
Se ríen también en nuestra cara cuando las dos velocidades se aplican en detrimento de la iniciativa que necesita o beneficia a algún sector empobrecido o históricamente maltratado por las administraciones. Algunos temas resultan prioritarios y se les extiende la alfombra roja. Otros se encallan y se recubren de la enfermedad casi mortal de la dejadez, el cutrerío, la desmemoria, la irrelevancia, la insuficiencia presupuestaria, la cesión castrante y mortuoria a la ultraderecha, la solemne declaración de imposibilidad.
A su vez, el poder, esa clase de poder como el de Trump, no solo anula o retrasa lo que nada le importa y pone en el carril de los vehículos lentos actuaciones que vienen bien a la mayoría, sino suele empeñarse, con enorme éxito, en visitar precipicios para despeñar a la humanidad. Así, se empecina en acometer algo que nadie ve claro, que nadie quiere y que es objetivamente destructivo (carrera armamentística, laminación de la democracia desde dentro, bendición de actitudes machistas y misóginas, amputación de la cooperación internacional al desarrollo…) Y tristemente, eso constituye el 50% de la máxima expresión del placer para sujetos que no deberían estar donde están, y a los que no deberíamos permitirles hacer lo que hacen, empezando por una UE que parece maniatada.
El otro 50%, y fácil es adivinarlo, es frenar, impedir, oponerse a acciones positivas para el bien común, y hacer como que no se ha oído lo que la ciudadanía exige y clama al cielo, o montar el numerito de que “no se puede” o de que sus presuntos enriquecimientos ilícitos, ilegalidades y corrupciones son munición del adversario. Por otro lado, ese poder desprecia las recomendaciones de entidades y personas de prestigio y alta cualificación sobre la necesidad de anticiparse y pertrecharse frente a cambios en el clima, en la demografía, en el escenario de la salud y las epidemias…; o son negacionistas o son poneparches. De hecho, esconden la cabeza ante los riesgos de la IA, protegen a los gigantes de su país (me refiero a EE.UU.) y no mueven un dedo, ni un brazo absolutamente desinteresado (pues China está gobernada por partido único, el comunista del agradable y hábil Xi), para pactar globalmente al respecto. Alimentan y ceban un mundo de guerras crónicas, de destrucción ambiental, de contaminación irreversible. Todo, aliñado con salidas de pata de banco, desfachatez, desvergüenza, chulerías de “mira cómo le quito la tarjeta roja”, orgullo de tener lenguas y redes sociales ferozmente enemigas de la diversidad, abiertamente racistas, homófobas, xenófobas. Con persecución implacable en los ICE contra la población migrante en EE.UU., con inquisitoriales procesos contra quienes critican al emperador, contra quienes son solidarios con causas como la del pueblo palestino. Con capas de oscuridad y opacidad sobre la situación de minorías originarias, de realidades de empobrecimiento y conflicto en lugares como Afganistán, hacia a pueblos como el saharaui. Y, encima, insultan alegremente, viéndose impunes y aplaudidos por su intoxicada gente.
Bajo este carcajearse sin pudor, ¿qué hay? Pues no considerar a todas las personas como iguales e integrantes de pactos entre individuos, pactos sociales, pactos democráticos, sino la idea de que unas élites son superiores frente al resto de personas manipulables, pisoteables, engañables, descartables, según su equivocada valoración.
Hace tiempo, la lectura de Bartleby, el escribiente, de Melville, me dejó el desasosiego de asistir a una multifacética resistencia pasiva de ficción, la de un empleado de una oficina de Wall Street, que siempre contesta al encargo de un trabajito el archiconocido “Preferiría no hacerlo”, y no hay quien le haga hacer. Ni hace ni se marcha el tío. Pero, claro, lo realmente terrorífico es que quienes más tozudamente se niegan a hacer algo no somos las gentes sin cargos ni poderes que deseamos ejercer en un momento dado nuestra libertad de no obedecer, de disentir, sino que quienes constituyen una roca inamovible con su “no”, con su “sí”, con su “ya”, con su “nunca jamás”, con su “son escoria, que se aguanten”, son quienes acumulan megatones y megatones de poder.
Lo desesperante en Bartleby posee su antídoto en la Odisea, la epopeya del regreso casa, de la fe incombustible, del viaje transformador como seres humanos, simplemente humanos; de la consagración literaria de la hospitalidad, la xenia, el acogimiento sin preguntar el origen. Un antídoto al que acercarse sin el prejuicio o el temor inoculados por el hecho de que nos hagan creer que este clásico no lo vamos a entender porque es una obra para mentes catedráticas y tal. Un antídoto también disponible en la versión cinematográfica recién estrenada de Nolan, en la que, a pesar de que la duna blanca de Dajla debería reivindicar los derechos saharauis, su calidad es arrebatadora y su Helena negra molesta a Elon Musk.
Te elevas un poco del suelo y ya no dominan los discursos de “eso no se hará en la vida” o del silencio administrativo y su realidad estancada, desierta de actuaciones. Y ya no se perfilan grabadas a cuchillo las cosas que sí o sí van a salir, que han de hacerse con urgencia porque los poderes fácticos lo quieren, sino que escuchas cómo laten proyectos que avanzan por el camino seguro del trabajo bien hecho, planificado, concertado y que hace sentir felices a sus integrantes.
Por eso, que existan islotes de acción individual y colectiva como la Roja, en los que el talento, el mérito, la ilusión, la libertad para hacer y organizar, la autenticidad y el compañerismo e incluso las meditaciones de Marco Aurelio tienen su sitio, alegra el día y es una navaja suiza multiusos para crear, cuidar y pulir, en equipo, todo lo bueno que nos dé la gana.
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
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