SOFÁ, SANDÍA Y MUNDIAL: 3. Verano holandés

El alemán Mario Goetze celebra tras anotar el primer y único gol del partido durante la final entre Alemania y Argentina en el estadio Maracaná de Río de Janeiro, Brasil, el domingo 13 de julio del 2014. Alemania ganó 1-0 para llevarse la victoria en el Mundial. (Foto AP/Víctor R. Caivano)

Admiro a la gente que sabe retirarse a tiempo en una noche de marcha. Que desaparecen antes de pisar el cable. Que dicen "hasta aquí" y vuelven a casa con la dignidad intacta. Yo soy un hombre que bebe muchísimo, y sólo me doy por vencido cuando el alcohol me traba y apenas se me entiende y me flaquean las piernas. La mejor manera de no emborracharse es quedarse en casa viendo una película. Pero me gusta salir. Lo hago sólo a veces, cada vez menos, realmente casi nunca. Pero cuando lo hago soy como Molina debutando con la Selección como extremo. Esas carreras desbocadas, esa torpeza, ese entusiasmo, esa obligada locura.

Hace un tiempo discutí con un camarero del Automático porque yo andaba muy pesado ya y él quería cerrar y me echó como de malos modos y le dije que me hablara con respeto y que no me tocara, que fuera amable y tal y cual de verborrea etílica y tuvimos ahí una movida tonta y grité, desde la puerta, exaltado: "Si vendieras pulevas no estaría pasando esto, pero claro, los pulevas dan menos pasta que los cacharros, ¿verdad?"pulevas. Y me fui satisfecho, con ridículo orgullo, como habiéndole dado una lección, como dejando las cosas claritas. Al día siguiente fui a pedirle disculpas y tan amigos, porque fui un idiota. Ser un idiota son cosas que pasan. Como un hat-trick de Cristiano Ronaldo. Son cosas que pasan. Que te meta tres goles un hortera ególatra esculpido en cera en tu debut en el Mundial. Sí. Son cosas que pasan. Loco estoy porque llegue el partido de Irán para borrar a De Gea y a Portugal de mi cabeza. Ya os advertí sobre los porteros con moño. No dejéis de leerme, que luego pasan las cosas que pasan y os pillan del revés. Ahora que he visto que borrar el pasado no te exime de nada, no pienso ahorrarme ni un sólo miserable episodio de mi existencia. Confesar siempre sirvió para abrirnos las puertas del cielo.

Decía que el alcohol es una mierda. Es divertido pero las resacas a esta edad me duran cuatro días. Quiero dejar de beber durante una larga temporada. Quizá empiece mañana mi peregrinación por el desierto, mi íntima ley seca. Ni vino, que es una mierda también pero está disfrazado de cierta distinción, como Bélgica con esa preciosa camiseta roja de Adidas. A la Selección que entrena Roberto Martínez le tengo un odio indomesticable. Creo que desde aquel México´86 y el penalti de Eloy. Y eso que Pfaff, Preud´homme y Courtois son tres de mis porteros preferidos de todos los tiempos. Ni los gemelos Mpenza pudieron ablandarme. Quiero que pierdan siempre, aunque ayer ganaron cómodos a Panamá. Los centroamericanos andaban muy nerviosos. Fallaron casi todas. Murillo tuvo un mano a mano claro. Controló mal y Courtois se adelantó ligero nublando la portería. El panameño lamentó el error con más tristeza que rabia, desolado y lloroso. Sabiendo que un momento único en su vida había pasado. Como el día que jugamos al Conejo de la Suerte en el recreo y le tocó al de al lado y un beso se me evaporó en los labios.

Otro problema que tengo con el alcohol es que me gusta la Cruzcampo, porque es fresca y suave, y tengo que ir por ahí justificándome cada vez que me la ofrece el camarero y digo sí. La Estrella Galicia me parece un brebaje obtuso. Y luego todas esas cervezas alemanas que parecen potitos de trigo a medio calentar. No es mi guerra. De pequeño recuerdo ir de casa de mis tíos, en Luis Montoto, a Los Arcos. Pasar por la Cruzcampo y quedarme prendado del fuerte olor a cebada al pasar por la fachada de la fábrica. Ahora vivo justo enfrente, pero ya no huele así. No sé si las hacen en otro lado o cambiaron las calderas. Ojalá ese perfume cereal cada mañana al ir al trabajo.

Es tentador en el Mundial ir con las selecciones menores, como, pudiendo elegir, tomarse una Steinburg antes que una Franziskaner. Ir con Túnez frente a Inglaterra, por ejemplo. Fue un partido embarullado, extraño. Los ingleses inventaron el fútbol y luego se echaron a dormir. Eran incapaces de jugar fluido. Lo fiaron todo a Harry Kane y les salió bien. Túnez no tomaba ni una sola decisión bien. Defendían apelotonados, salían al contraataque pegados a la cal de la banda, con, a veces, tres futbolistas superpuestos, optando finalmente por temerarios cambios de juego de setenta metros. Una locura. Y aún así, casi empatan. Yo a los ingleses sólo les deseo hondas decepciones. Así que empezar ganando, pese a su mal partido, puede ser como subir por la escalera antes de lanzarse por el tobogán. Espero que los dioses del fútbol escuchen mis siniestras plegarias.

El único equipo humilde al que no soporto es Islandia. Asumo que no es culpa suya, sino vuestra. Me pasó igual con Los Planetas cuando tenía quince años. Gustaban tanto a todo el mundo que me rodeaba que terminé por cogerles manía. Una vez estuve bebiendo cerveza y comiendo pipas en el Amador sin ser consciente de donde estaba. Entraban jóvenes con camisetas de Los Planetas como si aquello fuera el Louvre. Miraban las paredes, las cáscaras en el suelo, tocaban la barra como si fuera mármol de Carrara. Me lo explicó una amiga. Qué era aquello, qué tipo de templo andaba yo vulgarizando allí sentado, ajeno al corazón noventero de una generación. Con el tiempo los escuché. Mucho. Quizá me enganche a Islandia si pasan de la fase de grupos, si van quedando ya menos y uno se agarra al exotismo como a un vaso de gazpacho al llegar a casa del trabajo en verano. A veces pienso que leí demasiadas Rockdelux a los veinte años. Quizá de ahí venga esta ridícula manía al éxito. Incluso al amor de los demás. La única vez que me lancé concupiscente a los brazos del hype fue con Lost, y mirad cómo acabé. Perdidos, la mayor estafa de la historia de la ficción televisiva. Gentuza.

De esta primera vuelta del Mundial me quedo con México ganando a Alemania. Alegrarse de las derrotas de Alemania es una cuestión de higiene futbolística. Son demasiado buenos casi siempre como para no celebrar una mancha en su blanquísima pechera. El Mundial también es el refugio de los miserables. Así me siento, mezquino y gruñón, cuando celebro el dolor futbolístico de los demás. Es un músculo que se endurece Mundial tras Mundial, Eurocopa tras Eurocopa. No viene así, sin más. Lo da Eloy, Cardeñosa, Tassotti, Al-Ghandour, Raúl lanzando a las nubes. El fútbol es un disparate. Casi siempre toca llorar frente a la pantalla.

Recuerdo la final de Brasil´14. La vi en El Laboratorio, un restaurante que llevaban argentinos en el centro de Málaga. Yo iba con ellos. Por oposición a Alemania, claro. Estaba lleno de argentinos, muy locos, muy borrachos, muy divertidos. Yo me pedí una jarra de cerveza -Victoria- y un plato de pasta y me senté en una esquina a ver cómo gritaban a Higuaín. Recuerdo el tanto de Goetze. El fallo en la marca de Demichelis, la mala salida de Romero, el balón cruzado, el gol, y un silencio espeso. Como el prólogo de una explosión. Y luego insultos y lágrimas asomándose furtivas, terribles, plomizas. Pagué los macarrones, las rondas que me había bebido y me fui antes del pitido final. Huyendo de la tragedia como una rata sarnosa. Caminé a casa diciéndome: "qué putada es perder", casi alegrándome del 5 a 1 que nos clavó Holanda en el primer partido del Mundial y que nos hundió para todo el torneo. Pensando, cobardemente, en que mejor caer precipitadamente en el barullo que precede los octavos de final que aquí en la final, delante de todos, cuando ya sólo queda un peldaño para el éxtasis y la inmortalidad. Creo que Holanda ha llegado a la misma conclusión y, harta de perder en momentos únicos, ha preferido aprovechar el verano y ahorrarse otro disgusto.

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19 de junio de 2018 - 16:47 h
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