Stop Desahucios: La sociedad toma la iniciativa

Aunque el número de desahucios ejecutados en nuestra provincia durante el primer semestre del presente año se ha incrementado en un 45,5%, a pesar de que semanalmente se producen entre cuatro o cinco nuevos casos de familias que han sido advertidas de desalojo por impago, ha tenido que ser la presión social y un lamentable suceso, como la muerte de la concejal socialista de Baracaldo, los que han impulsado que esta problemática pueda ocupar el primer puesto en la Agenda Pública de nuestras instituciones política y sociales. Ciertamente, no culpo en exclusividad a estas últimas de la triste realidad que vivimos pero, no obstante, sí que las hago responsables de una sospechosa pasividad para reducir o aliviar sus efectos. Se han escrito ríos de tinta sobre la posible dación en pago del inmueble, sobre el abono de alquileres sociales o, incluso, sobre la modificación de la anacrónica Ley Hipotecaria que, a este respecto, constituye una normativa injusta e insolidaria para el individuo. Respecto a este último apunte, creo oportuno recordar que, tal como ya indiqué en una artículo precedente, España es el único país de la Unión Europea donde, en el supuesto de ejecución de una hipoteca, la persona afectada, además de perder todo derecho sobre el inmueble que servía de garantía, sigue manteniendo la deuda derivada del préstamo bancario. En definitiva, podemos afirmar que mucho se ha debatido sobre este asunto pero ninguna propuesta en positivo ha llegado a ver la luz.

Si bien la Constitución española reconoce que los partidos políticos manifiestan la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política (artículo 6) o que las organizaciones sindicales y empresariales contribuyen a la defensa de los intereses económicos y sociales que le son propios (artículo 7), ha tenido que ser la ciudadanía la que ha llevado la iniciativa en la protección de un derecho como el disfrute a una vivienda digna y adecuada el cual, todo sea dicho de paso, también viene recogido en nuestra Carta Magna. Por tanto, quiero aprovechar la oportunidad que me brinda esta blog para felicitar a todas las personas que han participado activamente en el movimiento Stop Desahucios y les animo para que, dentro de la legalidad y bajo el mismo espíritu de responsabilidad, continúen en su lucha, ablandado así la dureza de oído que permanece implantada en el corazón de determinados individuos.

En cierta ocasión, un compañero contertulio en un programa radiofónico me dijo que los movimientos sociales, una vez consolidados y con independencia de su origen, "son con como un torrente de agua desbordado que arrasa con todo, sin distinguir entre  mármol o granito, y depuran las imperfecciones y podredumbres del sistema al que afectan". Ojalá su afirmación se cumpla al cien por cien. Al menos, por el momento, he de reconocer que un movimiento social como Stop Desahucios va dando sus frutos a pesar de las reticencias de la clase política y de la indiferencia de otras organizaciones sociales que están más preocupadas de sus finanzas que de la verdadera defensa de sus presuntos ideales. Ante este abandono, una ciudadanía huérfana de liderazgo se ha visto obligada a organizarse unilateralmente para ocupar el vacío dejado y ha conseguido que sus reivindicaciones sean, en primer lugar, debidamente atendidas y, seguidamente, por el bien de todos, espero que también satisfechas.

El movimiento Stop Desahucios  ha sido punta de lanza y un ejemplo de lo que habrá de venir si el mandato constitucional recogido en los artículos anteriormente citados queda vacío de contenido. En cualquier caso, no toda plataforma social goza de mis absolutas simpatías ya que, desgraciadamente, son numerosos los casos en los que el lobo se viste con piel de cordero y bajo las siglas de una organización aparentemente aséptica encontramos una fuerza política, sindical o empresarial que la utiliza como tapadera para emponzoñar el debate público, sirviéndose de ella para lanzar sobre sus oponentes los dardos envenenados que no pueden ser proyectados en primera persona so pena de perder el beneplácito de la opinión pública.

Una democracia no perece por el fracaso de sus partidos políticos u organizaciones sociales aunque sí puede quedar debilitada por ello. No es deseable esta situación pero, como consuelo, me quedo con que la ciudadanía, fundamento y base de aquélla, sigue viva y activa por lo que el futuro, sea cual fuere, es aún halagüeño y permite soñar con que, como decía mi compañero, el torrente que ya ha nacido siga fluyendo con tal ímpetu que ayude a reflexionar a quien corresponda y, si ello no es factible, que arrase entonces con todo aquello que nos lastra.

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15 de noviembre de 2012 - 07:00 h
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