¡Es el patrimonio!

¿Qué amas u odias de Córdoba? Los compañeros de Ciudad Creativa desarrollaron durante Eutopía una interesante experiencia que ha arrojado unos resultados que se pueden ver en un grafiti en la Cruz del Rastro. A través de encuestas, este experimento sociológico preguntaba a cordobeses y visitantes algo tan simple como qué te gusta y qué no te gusta de la ciudad de Córdoba. Las respuestas han sido sorprendentes (ojo, hay muchos más amores a la ciudad que respuestas de odio), pero a mí me ha llamado una especialmente la atención.

Si hay algo que valoran los cordobeses y también los turistas es el patrimonio histórico de la ciudad y su fuerza simbólica. La Mezquita, la Judería, el casco histórico, Medina Azahara, el Alcázar, la Sinagoga, el Puente Romano asombran a vecinos y visitantes casi por igual. Los cordobeses admiramos el legado que nos han dejado nuestros antepasados a lo largo de los siglos, a pesar de que lo conocemos poco. Los turistas lo admiran aún más, pues muchos vienen de ciudades digamos que menos sorprendentes en cuanto a patrimonio. O simplemente porque no hay lugar en el mundo que tenga un edificio como la Mezquita, que es Catedral también, un ejemplo para arquitectos de medio mundo, etcétera.

Los turistas vienen y vendrán prácticamente solos. El patrimonio cordobés es incontestable. Pero los turistas no vienen por otra cosa extra, más allá de citas puntuales como el mayo festivo y algunos eventos culturales que en Córdoba nunca han sido de masas. Pero vienen y ven apenas una pequeña muestra del patrimonio que esta ciudad puede ofrecer.

Más allá de iluminaciones o visitas nocturnas a Medina Azahara, a espectáculos con fuentes en el Alcázar o con caballos en Caballerizas, que están muy bien, los turistas vienen a contemplar y a descubrir el patrimonio cordobés, que desgraciadamente no es finito pero que parece que nos hemos cansado de descubrir.

Córdoba, como Roma, es una ciudad superpuesta, una superposición de culturas, un inmenso parque arqueológico donde se podría interpretar prácticamente toda la historia de la Península desde los turdetanos hasta la actualidad. Córdoba es una ciudad repleta de edificios históricos de una riqueza extraordinaria, de casas señoriales que en algunos casos o se convierten en hoteles o se vienen abajo, de un yacimiento apenas investigado como es el de Medina Azahara, donde solo se ha excavado un 10%, con un palacio tardorromano arrasado en Cercadilla que pudo ser la envidia de media Europa Occidental, de una huerta de Caballerizas donde hay un patrimonio arqueológico prácticamente virgen, unos solares de Miraflores con la historia de un barrio arrasado en Al Andalus apenas contado, un río escasamente interpretado, una ruta de iglesias fernandinas apenas explotada, un término municipal con parajes como Ategua donde hasta los agricultores aran restos que jamás han sido interpretados...

Córdoba es patrimonio y cultura. Pero en Córdoba apenas se invierte en patrimonio. Quisimos nuestro Guggenheim con un Palacio del Sur para construir en la ciudad lo que existe en todas, sin tener en cuenta que tenemos lo que no hay en ninguna, modernizando el supuesto discurso de Carlos V. Pero o de verdad ponemos en marcha un plan para mantener, restaurar, interpretar y explotar nuestro patrimonio de una manera más seria y rigurosa, incorporando al sector privado (ese que en fines de semana como este y sin poner un duro se está forrando con terrazas y locales llenos) o seguiremos paseando con joyas patrimoniales cerradas como el convento de Santa Clara (¿recuerdan que Caja Madrid iba a invertir dos millones de euros antes de la crisis?) o inmensidades aún por descubrir para el turista y para el cordobés como la Huerta de Caballerizas.

Pero bueno, de momento vienen los turistas y esa parece ser la única cuenta de resultados. Aprovechemos las vacas gordas para que su llegada nos ayude a apuntalar lo que tenemos y todo el mundo envidia.

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22 de octubre de 2017 - 02:01 h
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