Caos y destrucción

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Aún no estoy seguro de si esta ha sido una de las semanas más trascendentes en la Historia Contemporánea de España desde los atentados y posteriores elecciones del año 2004. Tampoco lo estoy que no lo vaya a ser la próxima. O la siguiente. O la que venga después. Pero en apenas dos días en España ha empezado a resquebrajarse su sistema jurídico y su supuesta independencia, la Jefatura del Estado como un sistema monárquico inamovible por los siglos de los siglos amén, y el principal partido de la derecha en España, que sigue gobernando el país y varias comunidades de milagro.

Aún sigo atónito a la sucesión de acontecimientos que se han ido sucediendo en minutos, tuit a tuit, conexión de directo en conexión en directo. El caso Cifuentes, la barrera de Letizia y la libertad de Puigdemont se han solapado mientras todo el país veía los telediarios con la boca abierta. Y de los tres casos se derivan consecuencias de muy difícil digestión y, sobre todo, previsión.

La monarquía como sistema monolítico está en riesgo. El comportamiento de la Reina Letizia es el de una persona que no está muy bien de la azotea. Ha perdido a chorros apoyo público y hasta la han abucheado. Ni el Rey Juan Carlos cuando mataba elefantes y se rompía caderas ha perdido tanta popularidad de manera tan rápida. Con la diferencia de que el Rey abdicó, pero Letizia lo tendrá difícil. Los monárquicos le piden a Felipe VI que se divorcie lo antes posible (hoy, el divorcio está así de aceptado por la sociedad), pero Letizia será la madre de la futura reina de España, si es que algún día eso llega a ocurrir. La monarquía se puede perder por el sumidero por estas cosas. Ni un ejército de republicanos podría haber logrado tanto en tan poco tiempo.

El caso Puigdemont y la decisión de un tribunal alemán ha puesto los puntos sobre las íes a la Justicia española. Las decisiones de la Fiscalía General del Estado y de los jueces del Tribunal Supremo encerrando a políticos independentistas en la cárcel sorprendían a muchos juristas españoles, que insistían en que sí, habían cometido delitos, pero desde luego no tan graves. Y que podía acabar pasando lo que ha pasado. Que llegase un juez de fuera y le dijese a España que estaba haciendo una barbaridad.

En Italia hubo un intento de escisión. En los noventa, la Lega Norte declaró la independencia de la República de Padania (todo su Norte) tras organizar un referéndum en el que votaron millones de personas. ¿Qué hizo Roma? ¿Meterlos en la cárcel? No. Hizo como si nada. Y les dijo: señores, no son una república, nadie los reconoce, nosotros tampoco y mañana volvemos a trabajar. Hasta luego, maricarmen. Y a otra cosa. Problema resuelto.

El tema catalán es más complejo que todo eso. Pero una hipotética independencia de Cataluña es imposible sin que fuera te reconozcan como Estado, sin que lo haga desde luego la Unión Europea y sin contar con acceso a infraestructuras básicas. La frustración de no lograrlo para los independendistas sería desde luego un éxito político al largo plazo, ese en el que ahora no pensamos.

Y el caso Cifuentes ha resquebrajado a la Universidad como organismo independiente, ha demostrado que España no es un país donde haya igualdad de oportunidades, y ha expuesto una realidad incontestable: que de momento en este país sale gratis mentir. Y encima hay gente que te aplaude.

Su caso pone en riesgo a todo su partido y también al que ahora iba a salvar a la derecha española, Ciudadanos, que prefiere pensar antes en el interés político, en el mejor momento para hacer cosas, que en el interés general.

Todo lo que venga después solo puede ser caos y destrucción.

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Publicado el
8 de abril de 2018 - 02:38 h
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